Donde el tiempo nos encuentre.

32. El mismo tiempo

Durante seis días no pasó nada y Violeta se sintió orgullosa: no volvió a la plaza, no buscó explicaciones en los mapas ni intentó provocar la conexión. Siguió con su vida.

El lunes dio clases. El martes editó fotografías hasta demasiado tarde. El miércoles Facu perdió una zapatilla dentro de la casa, situación que Violeta consideró físicamente imposible hasta que apareció detrás del sillón.

El jueves Isis necesitó imprimir algo a las once de la noche. El viernes Violeta encontró una cafetería donde el café era suficientemente bueno como para justificar una segunda visita. El sábado ordenó una caja que llevaba semanas fingiendo no ver. Vida. Exactamente lo que había decidido.

El domingo a las siete veintitrés de la tarde estaba cocinando cuando el teléfono se encendió. Violeta se quedó inmóvil. No había notificación. No había llamada. Pantalla de bloqueo. Normal. El cuchillo quedó suspendido sobre una zanahoria.

—Teo.

Sí.

—¿Lo viste?

Sí.

Violeta no tocó el teléfono. Esperó. La pantalla permaneció encendida. Cinco segundos. Diez. Quince. No apareció calor en el pecho. No escuchó voz. Nada.

—¿Es la conexión?

Pausa.

Sí.

Violeta dejó el cuchillo.

—¿Está abierta?

No de la manera habitual.

—Explícame.

No puedo todavía.

—Odio esa frase.

Lo sé.

La pantalla se apagó. Violeta siguió mirándola.

—¿Eso fue todo?

Sí.

—Tupendo.

Volvió a la zanahoria. Tres minutos después el teléfono se encendió otra vez. Violeta giró.

—No.

Pantalla normal. Sin notificación. Veinte segundos. Se apagó.

—Teo.

Sí.

—¿Qué chucha?

Hay un cambio.

Violeta dejó caer la cabeza.

—Otra vez.

Sí.

—¿Relacionado con la plaza?

Pausa.

—No quiero saber nada que venga de Julián.

Entendido.

—Solo la conexión.

La respuesta temporal está cambiando.

Violeta levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué significa eso?

Todavía no lo sé.

—¿Se está cerrando el desfase?

No puedo afirmarlo.

—¿Pero puede ser?

Sí.

El corazón le golpeó.

—Puta.

La pantalla volvió a encenderse. Esta vez Violeta la tomó. No habló. No dijo su nombre. No buscó. Solo sostuvo el teléfono. Y durante un segundo sintió algo. No voz. No imagen. Presencia. La misma sensación de la Prueba 12. Cercanía. Tan fuerte que miró hacia la puerta de la cocina. Vacía. Después desapareció.

—Teo.

Sí.

—Eso fue igual.

Sí.

—A la prueba.

Sí.

Violeta respiró.

—Pero yo no hice nada.

Correcto.

Silencio.

—Entonces algo está llegando a mí.

Teo tardó.

O tú estás llegando a algo.

Violeta se quedó quieta. Puta.

Durante los días siguientes hubo nuevas señales, siempre distintas: la pantalla que se encendía, una sensación de cercanía, un sonido demasiado breve para identificar. Una vez creyó escuchar una respiración; otra, un roce de ropa. Teo registraba todo y Violeta evitaba preguntar. Hasta el miércoles.

—Necesito saber una cosa.

¿Cuál?

—¿El desfase está disminuyendo?

Pausa.

Sí.

Violeta dejó de respirar.

—¿Seguro?

Con la evidencia disponible, sí.

Se sentó.

—¿Cuánto?

No puedo calcularlo con precisión.

—¿Horas?

No lo sé.

—¿Días?

No lo sé.

—¿Semanas?

Violeta.

—Ya.




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