Una helada y violenta cascada de agua golpeó su rostro de golpe.
Alex despertó con un sobresalto, tosiendo y ahogándose mientras intentaba incorporarse. Sin embargo, sus movimientos fueron frenados en seco: tenía las manos y el torso fuertemente atados a una silla de metal. Para empeorar las cosas, una gruesa venda negra le cubría los ojos, dejándolo en completa oscuridad.
A su alrededor, el eco del local y el olor a harina rancia y humedad le confirmaron exactamente dónde estaba: en el almacén trasero de la panadería. Pero lo que más le heló la sangre fueron las voces. Varias personas hablaban a su alrededor, murmurando con un acento duro y en un idioma completamente ajeno al español. Ruso.
—¿Dónde estoy? —exigió saber Alex, con la voz temblando entre la rabia y el desconcierto, tirando de las cuerdas—. ¿Quiénes son ustedes?
Una risa seca y ronca resonó frente a él.
—Por fin despiertas, Alex... Estábamos esperando pacientemente a que volvieras en ti para poder reunirnos contigo —respondió un hombre en un español forzado pero perfectamente entendible.
El pánico se apoderó de sus entrañas, y su mente volví a dispararse hacia la dueña del local.
—¡Marcela! —gritó Alex, desesperado, forcejeando con la silla—. ¿Dónde está Marcela? ¡¿Qué le hicieron, malditos?!
Un golpe seco, un revés con la palma abierta, impactó de lleno en su mejilla, arrancándole un quejido de dolor.
—Guarda silencio, maldito. Aquí solo hablas cuando se te dé la orden —espetó el agresor con furia.
Inmediatamente, otro de los hombres le puso una mano firme en el hombro al que acababa de golpear, apartándolo con calma y tomando la palabra con un tono extrañamente pausado y calculador.
—Hey, tranquilo... Quédate quieto, yo me encargo de él.
El sujeto se inclinó un poco hacia Alex, bajando la voz:
—Escúchame bien, chico. Tranquilo. Tu amiguita está bien. No quería colaborar al principio, se ponía muy nerviosa, pero luego entendió las cosas y se portó bastante bien.
—¡Malditos, le hicieron algo! ¡Juro que si le tocaron un pelo...! —bramó Alex, retorciéndose con impotencia sobre la silla.
—Te dije que está bien, deja el drama —lo cortó el ruso con tono cortante—. Relájate.
El hombre dio un par de pasos alrededor de la silla, haciendo crujir el suelo de madera, antes de inclinarse de nuevo a su oído y sentenciar:
—Sabemos perfectamente quién eres... Y sobre todo, sabemos muy bien que eres muy cercano a la familia de Alcatraz y a sus hombres de confianza. Así que más vale que cooperes si quieres salir de aquí con vida.
El hombre se inclinó aún más hacia él, apoyando las manos en el respaldo de la silla y exhalando un aliento cargado a tabaco y vodka barato.
—Sabemos perfectamente que mañana habrá una reunión secreta entre la familia Alcatraz y la familia Bratva de Yurinof... —susurró el ruso con una frialdad que helaba la sangre—. Sabemos que tú eres la pequeña "mascota" de Alcatraz, el pilotito en el que está apostando tanto dinero y futuro. Si te cortamos las manos... no podrás conducir una moto nunca más en tu vida. Por eso necesitamos que nos des información detallada sobre todos sus miembros, los movimientos de Alcatraz y sus debilidades.
Alex tragó saliva con dificultad, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su labio partido. La realidad de la situación lo golpeó con crudeza: sabía perfectamente que esa gente era despiadada, que operaban sin código y que, le dijera lo que le dijera, su destino ya estaba sellado. No planeaban dejarlo con vida para que pudiera hablar.
Con el poco valor que le quedaba, levantó la barbilla bajo la venda y respondió con voz ronca pero firme:
—Tú... tú me vas a matar igual, hable o no hable...
El ruso soltó una carcajada seca, sin gracia.
—¿Así que no nos diras nada por las buenas? ¿Tendremos entonces que hacerte hablar a la mala?
Alex cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes. En su mente pasaron las imágenes de Samy tendiéndole la mano, la severidad pero el respaldo de Alcatraz, la valentía de Natacha, e incluso el camino que apenas empezaba a construir junto a Takeshi y su Sensei Akuma. No podía hacerlo. No podía ensuciar todo lo que creían en él.
—No puedo... —susurró Alex con determinación, negando con la cabeza—. No puedo traicionar a la gente que me dio su apoyo y confió en mí.
—Necesito solo que me hables de la ubicación exacta de la mansión de Alcatraz, su gente de confianza... todo lo que sepas. No es tan difícil, muchacho —insistió el ruso, perdiendo la paciencia al ver la resistencia del joven.
Alex se mantuvo en absoluto silencio, cerrando los labios herméticamente.
El ruso se enderezó de golpe, haciendo rechinar la madera bajo sus botas. La paciencia se le había agotado por completo.
—Bueno... tú te lo quisiste buscar —espetó con desprecio.
De inmediato, el sonido de los golpes comenzó a resonar en el almacén oscuro. Puñetazos brutales y secos impactaron en las costillas, el abdomen y el rostro de Alex, una y otra vez, mientras el dolor le estallaba en ráfagas insoportables por todo el cuerpo. Entre patadas y golpes, el ruso se inclinó hacia su oído con una amenaza final:
—Después de que te mate... iré a buscar a tu familia y los mataré a todos uno por uno.
El ruso lo agarró fuertemente del pelo, tirando de su cabeza hacia atrás con violencia y obligándolo a arquear la espalda sobre la silla de metal.
—¿No nos dirás nada entonces? —siseó el ruso con una furia contenida, acercando su rostro al de Alex—.
¿Prefieres morir por esa escoria antes de abrir la boca?
¿Ni aunque la vida de tu propia familia esté en juego? Muchacho, puedo hacer que esto sea rápido... o puedo hacer que sea una agonía eterna. Todo depende de ti.
A pesar de las lágrimas mezcladas con sudor y sangre que le recorrían las mejillas, y del dolor punzante que le destrozaba cada centímetro del cuerpo, Alex se negaba a ceder. Apretó los dientes con tanta fuerza que sintió el sabor metálico inundarle la boca.