La tensión en la oscuridad del salón de reuniones de la mansión era insoportable. Alcatraz se mantenía de pie junto al cadáver de su último guardia, con el corazón martillándole en el pecho y la mente procesando una sola pregunta que lo atormentaba: ¿Cómo mierda sabían que el búnker estaba aquí si se suponía que era un secreto absoluto? Nos estaban esperando.
Una de las tres siluetas oscuras dio un paso al frente, rompiendo el silencio sepulcral. Con un movimiento deliberado, el hombre se quitó la capucha negra que cubría su rostro, dejando al descubierto una mirada cargada de un odio añejo y rencoroso.
—No te acuerdas de mí, ¿verdad? —siseó el desconocido con una sonrisa helada—. Supongo que es normal; en ese entonces yo era solo un niño asustado... Pero yo sí me acuerdo muy bien de ti, Alcatraz. Aunque, viéndote ahora, créeme que ya ni siquiera te odio. Solo me das una profunda lástima: haber llegado a esta maldita edad para terminar muriendo aquí, solo y acorralado.
Alcatraz entrecerró los ojos, intentando escarbar en su memoria entre miles de rostros de enemigos masacrados a lo largo de décadas de guerra.
—No sé qué cara de imbécil crees que tengo, ni qué planes de mierda tengas en la cabeza... pero te juro que mis hombres y yo los vamos a cazar y a matar a todos y cada uno de ustedes, malditos rusos de porquería.
El desconocido soltó una carcajada seca, desquiciada y carente de humor.
—¿Todavía sigues con eso? No me jodas... ¿En serio me vas a decir que todavía no sabes nada de lo que está pasando afuera?
Alcatraz frunció el ceño, sintiendo una punzada de inquietud que intentó ocultar bajo su fachada de piedra:
—¿De qué mierda hablas? Explícate.
El ruso dio otro paso al frente, disfrutando cada segundo de la tortura psicológica:
—Tu preciado policía, Ramiro, ya está hecho cenizas; cayó derechito en nuestra trampa explosiva. Tu sicario más confiable, ese maldito de Petrovish, junto a tu nieta, acaban de volar en pedazos por otra bomba hace apenas unos minutos. Y por si fuera poco, tus supuestas manos derechas y tu adorado nieto Nolan van ahora mismo camino a una trampa mortal en el puerto... Están completamente solos.
La revelación cayó como un mazo de hierro sobre el pecho de Alcatraz. El peso de los años pareció desplomarse sobre sus hombros; el shock lo dejó inmóvil, con los ojos vidriosos y la respiración cortada al asimilar la aniquilación sistemática de toda su sangre y su imperio.
—No... No puede ser... —murmuró el viejo patriarca con un hilo de voz.
La ira ciega reemplazó al terror. Con un rugido gutural, Alcatraz levantó el brazo con la pistola dispuesta a vaciarle el cargador en la cabeza al maldito ruso.
Pero sus reflejos, mermados por la edad y el impacto emocional, fueron demasiado lentos.
El desconocido actuó con una velocidad felina, levantando su propia arma y disparando un segundo antes. El fogonazo iluminó la sala y un proyectil impactó de lleno en el antebrazo derecho de Alcatraz, destrozándole los músculos y arrancándole un grito de dolor. La pistola cayó de sus dedos inertes contra el suelo, tintineando en la oscuridad mientras la sangre comenzaba a mancharle la manga de la camisa.
—¡Maldito... maldito, me disparaste! —bramó Alcatraz, presionándose el brazo herido mientras la sangre brotaba a borbotones entre sus dedos y caía al suelo.
El ruso se inclinó ligeramente hacia él, con una sonrisa helada reflejada en los ojos.
—Sí... Y si todavía no sabes quién soy, te lo diré con gusto
—siseó el hombre, dando un paso más—. Yo soy Vladimir... de la familia Tambov. ¿Te acuerdas ahora, viejo?
Alcatraz quedó de piedra. El dolor del disparo pareció desvanecerse un instante, reemplazado por un terror helado que le recorrió la espina dorsal.
—¿Eres... eres de la antigua familia Tambov? Pero si todos fueron aniquilados aquella noche... ¿Cómo demonios sigues vivo?
Vladimir soltó una risa amarga y carente de alma.
—Me salvé de milagro cuando era niño, el día en que tu maldito sicario Petrovish entró a sangre y fuego en la finca de mi familia y masacró a todos de manera atroz. Se veía que lo disfrutaba... A mi madre, como último acto de desesperación, le dio tiempo de ocultarme en un pasadizo secreto bajo el suelo, pero no pudo hacer nada para salvar a mis hermanos pequeños.
El ruso apretó los dientes, haciendo que los nudillos se le pusieran blancos alrededor del arma.
—A mí me sacó de los escombros Yuri Malokov. Él se convirtió en mi mentor, me cuidó, me enseñó todo lo que sabía sobre este maldito mundo y me abrió los ojos para mostrarme quién era el verdadero responsable de la masacre de mi familia. Tú te alistaste con los altos mandos de la Bratva en aquel entonces: les diste el visto bueno para que masacraran a los nuestros a cambio de quedarte con el control de las rutas comerciales y el oro de la bóveda de mi padre.
Vladimir sacudió la cabeza, exhalando una bocanada de puro resentimiento acumulado.
—Yuri y yo planeamos esta venganza durante años. Al principio estábamos solos, muy mermados, sin dinero, sin influencia como en los viejos tiempos... sin absolutamente nada, salvo nuestro maldito deseo de verte arder. Pero, en medio de la nada, apareció alguien más que tenía exactamente los mismos intereses que nosotros. Nos tendimos la mano y formamos una alianza secreta por un único y hermoso objetivo en común: arrancarte todo lo que amas, destruir tu imperio pedazo a pedazo y eliminarte de la faz de la tierra.
Las piernas le fallaron por completo. El peso de la culpa, la sangre y la traición se le vino encima, y Alcatraz cayó de rodillas contra el suelo frío del salón, con el brazo ensangrentado y la respiración agitada.
—Maldición... No puedo creer todo lo que está pasando —balbuceó el viejo capo, con la voz quebrada por la rabia y la impotencia—. Mis hombres, mi imperio... Todo, absolutamente todo lo voy a perder por culpa de esta mierda...