El frío suelo de cemento estaba manchado de sangre fresca. El topo yacía tendido boca abajo, retorciéndose en un estertor de agonía pura con las dos manos clavadas firmemente al piso por el filo del cuchillo que las atravesaba de lado a lado.
Como si fuera poco, Petrovish tenía una rodilla apoyada con todo su peso directamente sobre las costillas del criminal, presionando con saña mientras le aplastaba el torso.
—Ahora sí... ¿Vas a hablar por las buenas, o necesitas que me ponga todavía más rudo? —le siseó Petrovish al oído, inclinándose con una sonrisa sádica y apretando un poco más la rodilla.
El topo escupió sangre, emitiendo un quejido ahogado e intermitente mientras el aire le escaseaba en los pulmones.
A pocos pasos, Natacha observaba la escena con el rostro de piedra, cruzada de brazos. Al ver que el hombre empezaba a ponerse morado por la falta de oxígeno, intervino con voz firme:
—Petrovish, suéltalo un poco... No lo vayas a matar todavía. Lo necesitamos vivo y consciente para que nos dé los nombres.
Petrovish la miró de reojo, soltando una risa corta y despectiva, aunque levantó ligeramente la barbilla.
—Por favor, Natacha... ¿Acaso crees que este es mi primer trabajo en la vida? Sé perfectamente hasta dónde apretar para que respire, pero no te preocupes... tú mandas, seré un poco más suave.
Dicho esto, Petrovish aflojó la presión de la rodilla, permitiendo que el traficante tomara una bocanada de aire desesperada y ruidosa.
Natacha se arrodilló junto al herido, quedando a su altura. Su mirada era un tajo de hielo puro.
—Muy bien, topo... Ahora puedes hablar —le dijo Natacha con calma, mientras el hombre seguía gimiendo de dolor, retorciéndose por las manos destrozadas—. Así que deja de llorar y de hacer tanto drama, que te aseguro que esto pudo haber ido mucho peor. Pero voy a ir directa al grano: necesito información, y la necesito ya.
Natacha levantó la vista hacia su compañero y le indicó con un gesto de la barbilla:
—Quítale la rodilla de las costillas por completo... así podrá hablar mejor y sin escupir más sangre antes de tiempo.
Natacha se incorporó ligeramente y le hizo una seña rápida a su compañero.
—Petrovish, saca el teléfono. Muéstrale la foto del sospechoso que logramos captar a lo lejos en las cámaras cuando se lo llevaban a la van... El que tiene el tatuaje grande en el brazo, estilo manga —ordenó con voz cortante.
Petrovish asintió de inmediato. Sacó el aparato del bolsillo, deslizó la pantalla hasta dar con la imagen ampliada y se la plantó justo frente a los ojos al topo, quien seguía gimiendo tirado en el suelo con las manos atravesadas por el cuchillo.
—Ves qué fácil es llevar la fiesta en paz, topo —le dijo Petrovish con una sonrisa cínica, sacudiendo ligeramente el teléfono—. Ahora que ya somos "amigos"... ¿me vas a decir si lo has visto por aquí?
El topo enfocó la vista en la pantalla con desesperación. Al reconocer el rostro y el característico tatuaje del sujeto, el color se le terminó de escapar del rostro. Comenzó a sacudir la cabeza con terror, intentando zafarse.
—No... no puedo... Si les digo algo, esa gente me va a matar. Me van a despellejar vivo —balbuceó el criminal con los ojos abiertos de par en par por el pánico.
Natacha se inclinó un poco más hacia él, imperturbable ante su desesperación, y le ofreció un trato con voz gélida:
—Escúchame bien: puedes elegir entre morir desangrado aquí mismo en los próximos diez minutos, o hacer un trato con nosotros. Nos dices el nombre del imbécil que buscamos, te dejamos aquí amarrado para que no puedas correr a avisarles a tus jefes... y, cuando terminemos con esto, a lo mejor hasta volvemos y te soltamos. Es tu única opción.
El topo tragó saliva, sintiendo el dolor punzante en las manos y sabiendo perfectamente que, de una u otra forma, su vida pendía de un hilo. Midiendo sus escasas alternativas, terminó por derrumbarse.
—Está bien... —cedió el traficante con un hilo de voz, rindiéndose a la presión—. Yo... yo intentaré ayudarles.
Natacha dio un paso al frente, acortando la distancia con el criminal y exigiéndole respuestas con la mirada fija en sus ojos.
—Entonces dime... ¿Quién es él?
El topo respiró agitadamente, intentando calmar el dolor punzante en sus manos antes de hablar.
—Él es ruso... No sé exactamente a qué familia de la Bratva pertenece, pero se sabe que llegó al barrio hace unos seis años. Empezó a aceptar trabajos clandestinos: sicariato, robos, contrabando de droga... Es una persona sumamente letal. Pero lo peor es que él solo sigue órdenes de alguien mucho más influyente; es ese superior quien nos pasa los trabajos a nosotros a través de él, aunque a ese pez gordo jamás le hemos visto la cara.
Natacha asintió lentamente, procesando cada palabra.
—De acuerdo... ¿Y sabes cuál es el nombre real de ese ruso?
—Sí... Se llama Yuri Malokov, pero todos aquí lo conocen por su apodo: el Masha —respondió el traficante con un quejido.
Petrovish se cruzó de brazos, interviniendo de inmediato con una sonrisa fría.
—¿Y sabes dónde se le puede encontrar normalmente? ¿Cuál es su madriguera?
—El Masha se la pasa la mayor parte del tiempo en un bar de mala muerte bebiendo con los matones de su organización —contestó el topo, apretando los dientes—. Bebe hasta emborracharse.
—¿Cómo se llama el puto bar? —preguntó Petrovish con urgencia, inclinándose hacia él.
—Se llama... Bar Neptuno. Está en la zona vieja del puerto
—espetó el criminal, cerrando los ojos con fuerza esperando el golpe final.
Natacha se enderezó, dándole una última mirada de desprecio al hombre tirado en el suelo.
—De acuerdo. Hiciste lo correcto al hablar. Ahora, mantén la boca cerrada. Te vendaremos las manos para al menos frenar un poco la hemorragia, mi compañero te dejará bien atado aquí para que no puedas ir a alertar a nadie, y los niños a los que venías persiguiendo vendrán a soltarte cuando nosotros les demos la orden.