Resilence

Capitulo 44: Sala de Operaciones

Las pantallas de la sala de mando de Ramiro parpadeaban con un sinfín de transmisiones de cámaras de seguridad, mapas digitales y datos cruzados. El aire olía a café frío y a la tensión acumulada de horas sin dormir. Los agentes tecleaban con desesperación en sus terminales, intentando raspar cualquier rastro digital que los acercara al paradero de Alex.

Ramiro caminaba de un lado a otro detrás de las estaciones de trabajo, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Se detuvo detrás de uno de los analistas principales y le sopesó una mirada severa.

—Dime, ¿cómo va el rastreo de la van en las cámaras de la ciudad? ¿Tenemos alguna ruta confirmada tras salir de la zona del secuestro? —inquirió Ramiro, exigiendo respuestas claras.

El agente ajustó sus gafas, tamborileando los dedos con frustración sobre el teclado antes de responder:

—Ya mapeamos prácticamente toda la zona y cruzamos los ángulos de las principales avenidas, jefe... pero hay un problema. La van desaparece repentinamente en esta sección de aquí, justo a la altura del Parque Casino de la Reina. Es como si en esa parte exacta del vídeo se hubiera cortado la señal o se la hubiera tragado la tierra.

Ramiro apretó los labios con molestia, inclinándose sobre el monitor.

—¿Y han revisado las calles siguientes, los callejones aledaños, las salidas traseras? ¿Absolutamente nada?

—Negativo, señor —confirmó el agente con pesar—. Es un punto ciego perfecto. La van entra al perímetro del parque y jamás vuelve a salir en el radio de las cámaras exteriores.

Ramiro se frotó la barbilla, calculando las opciones con frialdad.

—Muy bien... Olvídate de las cámaras principales por un momento. Quiero que peines metro a metro cualquier posible acceso subterráneo, estacionamiento o almacén abandonado cerca del Parque Casino de la Reina. Ese es nuestro punto A de búsqueda; tiene que haber un sitio allí donde se puedan ocultar sin levantar sospechas.

—Entendido, jefe. Me pongo en marcha con eso ahora mismo —respondió el operador, reanudando la búsqueda con mayor intensidad.

Justo en ese instante, al otro extremo de la sala, un segundo agente levantó la mano de manera apresurada, agitando un expediente digital en su pantalla.

—¡Jefe! ¡Encontré lo que me pidió sobre el objetivo! —exclamó el analista llamando la atención de todos los presentes.

Ramiro cruzó la sala a zancadas y se paró detrás de su escritorio, con los ojos fijos en la pantalla.

—Excelente... A ver, dime qué tienes.

El agente giró un poco el monitor para mostrar los registros oficiales e historiales recuperados de los bajos fondos:

—Basándonos en el nombre que nos proporcionó Natacha, Yuri Malokov. Los registros confirman que llegó al país hace seis años. Fue detenido y fichado en tres ocasiones distintas por porte ilegal de armas y robo a mano armada. Lo deportaron a Rusia una vez, pero de alguna manera logró burlar los controles y volvió a entrar al país con documentos falsos. No hay mucha información reciente sobre sus movimientos exactos, pero los archivos militares de inteligencia apuntan a que fue soldado de operaciones de la antigua Unión Soviética y que, en su momento, formó parte de una célula armada leal a una familia de la Bratva que supuestamente ya fue erradicada hace años.

—Buen trabajo, agente. Has hecho en minutos lo que a otros les toma días —le reconoció Ramiro con un atisbo de aprobación en la voz.

En ese exacto momento, el teléfono satelital que tenía sobre el escritorio comenzó a vibrar con estrépito. Ramiro miró la pantalla, leyó el nombre que parpadeaba y sintió un nudo frío en el estómago. Alcatraz.

—Mierda... Todavía no tengo lo que quiere oír —bufó en voz baja antes de deslizar el dedo para responder y llevarse el aparato a la oreja—. Señor... dígame.

Del otro lado de la línea, la voz de Alcatraz sonó como un trueno seco, cargada de una presión insoportable:

—Espero que me tengas buenas noticias, Ramiro. Ya he esperado demasiado tiempo, y mi paciencia no es infinita.

Ramiro tragó saliva, manteniendo la compostura ante la furia latente del patriarca.

—Jefe, estamos avanzando. Natacha y Petrovish ya consiguieron identificar a uno de los principales implicados, un ruso llamado Yuri Malokov, y van directo a su guarida para sacarle información. Por otro lado, el rastreo de la van nos dio una pista en el Parque Casino de la Reina; estamos peinando la zona, pero necesito un poco más de tiempo para...

—¡MALDITA SEA, RAMIRO! —bramó Alcatraz, interrumpiéndolo con un grito que hizo temblar el altavoz

—. ¡NO TENGO TIEMPO! ¡NECESITO SABER QUÉ ESTÁ PASANDO, POR QUÉ SE ATREVIERON A ACTUAR ASÍ CONTRA UNO DE LOS NUESTROS Y CON QUÉ PUTO PROPÓSITO! ¡EXijo respuestas YA!

—Sí, señor, lo entiendo perfectamente —se apresuró a decir Ramiro, apretando el teléfono con fuerza—. Estoy haciendo todo lo humanamente posible, pero mover toda la red clandestina de Madrid en horas no es sencillo. Le juro que le tendré respuestas en poco tiempo, jefe.

Hubo un silencio tenso al otro lado, roto solo por la respiración pesada y furiosa del viejo capo antes de dictar su sentencia final:

—Eso espero, Ramiro. Yo confío en ti... pero mi paciencia tiene un límite muy corto. No me falles.

—Sí, señor. Entendido —respondió Ramiro con un hilo de voz antes de que la línea se cortara con un pitido seco.

El agente dejó caer el teléfono sobre el escritorio, se dejó caer pesadamente en la silla y se frotó las sienes con ambas manos, sintiendo un agotamiento brutal.

—Maldita sea... Estoy hecho mierda y todavía no tenemos respuestas claras —se lamentó en voz baja, mirando la taza de café frío sobre la mesa—. Necesito cafeína... No, a la mierda el café, necesito un buen trago de whisky para que baje este estrés.

Antes de que pudiera levantarse a buscar la botella, uno de los analistas de la sala se levantó de su asiento y corrió hacia él a toda velocidad, agitando una tablet en el aire.



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En el texto hay: mafia, deportes, sangriento

Editado: 23.09.2026

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