La noche madrileña pesaba como plomo sobre el asfalto industrial cuando la caravana de camionetas oscuras de Nolan redujo la velocidad. El convoy se deslizó con sigilo por el acceso principal hasta adentrarse en el patio de una vieja fábrica abandonada y lúgubre, cuyas paredes de concreto agrietado parecían exhalar la tensión del momento.
A través de las ventanillas, Samy y Borja observaron que el lugar ya estaba ocupado; varias camionetas todoterreno de los Bratva se encontraban estacionadas en semicírculo frente a la entrada principal.
Borja ajustó el cuello de su chaqueta, examinando el panorama con cautela antes de mirar a su compañero de asiento.
—Al parecer los rusos ya están todos aquí... Menuda recepción. ¿Qué te parece esto, Samy? —preguntó en un susurro tenso.
Samy tragó saliva, sintiendo un nudo frío en el estómago que no lograba disimular, y se frotó las manos con inquietud.
—Tenemos que andar con pies de plomo. El patrón dejó muy claro que esto debe salir impecable... pero, para ser sincero, tengo un mal presentimiento. Estoy bastante preocupado.
Nolan, sentado en el asiento delantero, se giró hacia ellos con una sonrisa de suficiencia, irradiando una confianza casi insultante.
—Relájense, muchachos. Quédense tranquilos, que todo va a salir exactamente como lo planeamos... Miren, ya llegamos. Vamos a bajarnos y a hacer negocios.
Las camionetas frenaron en seco levantando una ligera polvareda. Las puertas se abrieron al unísono y el grupo descendió con las manos cerca de las armas ocultas. De inmediato, la fría luz de unos reflectores improvisados los delató, siendo interceptados por dos matones rusos armados con metralletas y con la mirada fija en ellos.
—Déjenlos pasar... Entren a la fábrica. Adentro hay más hombres que los guiarán hasta la sala de reuniones —espetó uno de los rusos en un español roto y autoritario.
Nolan asintió con una calma imperturbable, flanqueado de inmediato por Samy y Borja. Antes de cruzar el umbral, Nolan giró la cabeza hacia el resto de sus subordinados que se quedaban junto a los vehículos.
—Ustedes quédense aquí afuera vigilando los carros. Mantengan los ojos abiertos y estén atentos a cualquier contingencia —les ordenó.
Dicho esto, los tres cruzaron las puertas metálicas corroídas por el óxido. Una vez dentro de la inmensa y oscura nave industrial, dos soldados rusos más los aguardaban en las sombras para hacerles señas y guiarlos a través del laberinto de maquinarias obsoletas hasta el corazón de la fábrica, donde la cumbre estaba a punto de comenzar.
Las suelas de los zapatos de Alcatraz resonaban con eco en los pasillos de su propia mansión, tragada por una oscuridad casi absoluta. Corría a toda velocidad flanqueado por sus dos últimos guardias personales, abriéndose paso a tientas y con el arma lista hacia la entrada del búnker camuflado en el salón de reuniones.
Al llegar al umbral de la estancia, el mundo pareció venirse abajo. Alcatraz frenó en seco, sintiendo un golpe seco en el estómago al ver la horrible escena: los cuerpos inertes de varios de sus hombres de confianza yacían desparramados en el suelo, junto a varias sirvientas atrapadas en la masacre.
—Maldita sea... ¿Quién demonios le hizo esto a mi gente?
—siseó Alcatraz entre dientes, con los ojos inyectados en ira pura.
Antes de que pudiera avanzar más, la madera de una de las puertas laterales crujió. Dos sicarios rusos salieron de la habitación contigua disparando a quemarropa. Las ráfagas de plomo rasgaron el aire: uno de los guardias de Alcatraz cayó fulminado al instante, con el pecho destrozado.
Con reflejos felinos templados por décadas de guerra criminal, Alcatraz y el guardia superviviente se tiraron a los costados y respondieron al fuego de inmediato. Los fogonazos de sus pistolas iluminaron brevemente el pasillo, impactando de lleno en los agresores, que se derrumbaron sin vida sobre la alfombra.
Alcatraz se acercó con paso firme a los cadáveres, respirando agitadamente. Se agachó, les arrancó las capuchas y las máscaras negras que cubrían sus rostros, revelando facciones toscas de origen ruso y los inconfundibles tatuajes de la vieja escuela soviética en el cuello.
El viejo capo apretó los dientes con furia contenida, atando cabos al instante.
—Maldita sea... ¿Con que los Bratva nos traicionaron de esta manera? Si es así, esos malditos rusos cavaron su propia tumba... Pero primero necesitamos llegar al búnker y usar el codificador satelital para averiguar qué está pasando con los muchachos.
Sin perder un segundo más, retomaron la carrera a través de los pasillos oscuros hacia la entrada del salón de reuniones, completamente ajenos al hecho de que un nuevo grupo de asesinos les pisaba los talones muy de cerca.
El paso apresurado de Alcatraz se detuvo en seco justo antes de cruzar el umbral del salón de reuniones. El viejo capo frunció el ceño, ladeando la cabeza con desconfianza. El silencio que reinaba en los pasillos era demasiado denso, casi sepulcral.
—Es extraño... —murmuró Alcatraz en un susurro tenso, mirando hacia las esquinas oscuras—. Los informes decían que eran al menos quince soldados infiltrados. No me cuadra que ya no haya rastro de los demás por aquí.
El único guardia que le quedaba en pie tragó saliva, ajustándose el chaleco con manos temblorosas mientras inspeccionaba las sombras con la linterna.
—Tiene razón, señor... Eran un grupo numeroso. A mí también me parece demasiado sospechosa tanta tranquilidad de repente.
Alcatraz sacudió la cabeza, desestimando la advertencia por la urgencia del momento.
—Bueno, no importa. Lo único que nos importa ahora es llegar a ese búnker. Muévete.
Entraron raudos al amplio salón de reuniones y cerraron las pesadas puertas de madera a sus espaldas, asegurando los cerrojos manuales. Alcatraz exhaló una bocanada de aire, apoyando la espalda contra la pared un instante para calmar los latidos de su corazón.