El interior del almacén era un auténtico infierno desatado. Las llamas rugían con fuerza, devorando vigas de madera y estanterías mientras el humo negro y espeso lo cubría todo, reduciendo la visibilidad a cero tras la brutal explosión.
Entre los escombros humeantes, una silueta comenzó a moverse. Natacha se incorporó lentamente, tosiendo con violencia y estirando el cuerpo con dificultad. Tenía la ropa chamuscada, rasguños profundos por el rostro y quemaduras visibles en ambos brazos, pero de algún modo había logrado sobrevivir. De pronto, un destello de memoria la golpeó con fuerza: recordó el segundo exacto antes de que el artefacto detonara, cuando Petrovish se había lanzado sobre ella sin pensarlo un segundo, usando su propio cuerpo y una mesa volcada como escudo humano para amortiguar el impacto. Sin embargo, por la posición, Petrovish se había llevado la peor parte de la onda expansiva.
—¡Petrovish! ¡Petrovish! —gritó ella con desesperación, la voz quebrada por la inhalación de humo mientras gateaba tambaleándose entre las llamas que comenzaban a lamer los alrededores.
Ciega por el pánico y débil por el oxígeno que escaseaba, Natacha empezó a remover escombros pesados con las manos ensangrentadas, hasta que distinguió un bulto tirado bajo una estructura metálica colapsada. Con un grito de esfuerzo, empujó la viga y lo encontró.
Petrovish seguía vivo. Tosía con espasmos mientras escupía sangre, con el cuerpo cubierto de quemaduras graves, el brazo izquierdo completamente fracturado y la piel plagada de astillas de vidrio incrustadas.
—¡Estás vivo... Estás vivo, maldita sea! Te voy a sacar de aquí, resiste —gimió Natacha, arrodillándose a su lado y pasando el brazo del sicario sobre sus hombros para alzarlo con todas las fuerzas que le quedaban.
Con un esfuerzo titánico, logró ponerlo de pie a tropezones, arrastrándolo mientras el calor del fuego se volvía insoportable. Con lágrimas recorriendo su rostro cubierto de hollín, lo miró fijamente y le preguntó con la voz temblorosa:
—Dime... ¿Por qué lo hiciste? ¡Podías haberte salvado tú solo!
Petrovish, con los ojos medio cerrados por el dolor y la fatiga extrema, esbozó una mueca débil y dolorosa antes de responder con un hilo de voz:
—No... No lo sé... Mi cuerpo... actuó solo...
Natacha soltó una risa nerviosa, a medio camino entre el llanto y la incredulidad, mientras sentía que el fuego rugía cada vez más cerca, bloqueando las salidas principales.
—Idiota... pero gracias —murmuró ella con fiereza, aferrándose con más fuerza al cuerpo herido del veterano
—. Te voy a sacar de este maldito infierno, no voy a dejar que mueras aquí.
La fuerza de Natacha flaqueó justo al cruzar el umbral hacia el exterior del almacén envuelto en llamas. Sus piernas cedieron por completo y ambos cayeron pesadamente al suelo polvoriento, exhaustos, con el pecho agitado y tragando bocanadas de aire fresco con desesperación.
Petrovish, con el rostro desfigurado por el dolor y la sangre seca, esbozó una mueca que intentó ser una sonrisa mientras se retorcía.
—Viste... por eso es que me gustas... jeje... Eres una mujer muy fuerte, argg...
Natacha le apretó el brazo con rudeza, aunque con los ojos anegados en lágrimas contenidas.
—Cállate, Petrovish. No digas tonterías, no tienes fuerzas para esto y debes cuidar lo poco que te queda de aliento.
Mientras tanto, en la profunda oscuridad de un almacén aledaño que había quedado a salvo del fuego principal, Alex se encontraba atado de manos y pies a una silla pesada, con los ojos vendados y forcejeando con desesperación, gritando pidiendo ayuda sin obtener respuesta.
—¡Maldita sea, qué está sucediendo! —exclamaba Alex entre tirones, con el corazón galopante—. ¿Acaso voy a morir atrapado aquí? ¡Marcela! ¿Estará bien? ¿Quiénes eran esas malditas personas y por qué hicieron todo esto? ¡Necesito salir de aquí ya!
De pronto, el crujido de una puerta abriéndose rompió el silencio. Alex se quedó completamente petrificado, conteniendo la respiración.
—Maldición... volvieron —susurró para sí mismo, tragando saliva con puro terror—. ¿Sera que ahora sí me van a matar?
Sin previo aviso, sintió unas manos cansadas que le arrancaron la venda de los ojos de un tirón. La luz repentina lo cegó por completo; parpadeó con dificultad y, al enfocar la vista, el alivio y la sorpresa lo golpearon al reconocer a su salvadora.
—¿Natach... Natacha? ¿Eres tú? —balbuceó Alex incrédulo.
Pero el asombro se transformó en pánico al notar el estado en el que se encontraba: su ropa chamuscada, los brazos con quemaduras graves y el rostro cubierto de hollín y sangre.
—¿Estás bien? ¡Por Dios, Natacha, mira cómo estás! ¿Qué te pasó?
—No te preocupes por mí, Alex, ahora no importa...
¡Tenemos que sacarte de aquí rápido, necesito tu ayuda urgente con Petrovish! —le espetó ella con voz agitada, comenzando a desatar los nudos con torpeza pero con prisa.
—¿Petrovish? —repitió Alex, desconcertado mientras sentía cómo las cuerdas cedían—. ¿Dónde está? ¿Qué diablos pasa?
—¡Vamos, Alex, te lo cuento todo en el camino! ¡Todo este maldito lugar es un absoluto caos ahorita mismo y nos van a cazar si nos quedamos!
Mientras avanzaban a tropezones hacia la salida del complejo, Natacha le resumió a Alex lo ocurrido: la trampa mortal en la que habían caído en el almacén y cómo temía que Ramiro y el propio Alcatraz estuvieran atrapados en medio del desastre.
Alex sintió que el mundo se le venía abajo al escuchar la magnitud del peligro. Se detuvo un instante, con el rostro pálido y la culpa devorándole las entrañas.
—Maldita sea... o sea que todo este puto desastre fue por mi culpa... —balbuceó Alex con la voz quebrada, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.
Natacha le dio un apretón firme en el hombro, interrumpiendo sus pensamientos con severidad:
—Tranquilo, Alex. Deja de decir estupideces. Esto iba a pasar tarde o temprano, era inevitable. Ahora mismo no hay tiempo para culpas, necesito que me ayudes con