El sol comenzó a abrirse paso entre la neblina matutina, iluminando los imponentes terrenos de la mansión. Ya era el día fijado para la cumbre. En la planta baja, Nolan, Samy y Borja terminaban de ajustarse los trajes y revisar que las armas de fuego estuvieran perfectamente listas bajo las chaquetas, mientras cuatro guardaespaldas aguardaban junto a los vehículos blindados estacionados en el exterior.
Las puertas principales se abrieron y Alcatraz apareció en el vestíbulo. Su rostro reflejaba el desgaste de una noche sin dormir, pero sus ojos seguían destilando una autoridad implacable. Se detuvo frente al grupo y cruzó los brazos con seriedad.
—Bueno, escuchen bien —comenzó Alcatraz con voz grave y cortante—. Ha sido una noche excepcionalmente larga y jodida, pero exijo total concentración para esta reunión. Esto es vital para el futuro de la familia y para expandir nuestra influencia más allá de Europa.
El patriarca hizo una breve pausa, recorriendo con la mirada a cada uno de los presentes antes de continuar:
—En cuanto al tema de Alex, no se preocupen. De eso me encargo yo; Ramiro ya está moviendo los hilos y Petrovish se ha sumado a la búsqueda para rastrear su maldito paradero.
Alcatraz se acercó un paso y posó una mano firme sobre el hombro de Samy, notando la rigidez en su postura.
—Samy... sé que la cabeza te da vueltas por lo ocurrido, pero eres uno de mis mejores soldados. Necesito que te centres, ¿de acuerdo? Confío plenamente en ustedes, muchachos.
Antes de que alguien más pudiera pronunciar una sola palabra, Nolan dio un paso al frente con una sonrisa sobrada, acomodándose los gemelos de la camisa.
—Tranquilo, abuelo. Puedes dar por hecho que haremos un trabajo impecable —presumió con total arrogancia—. Esos rusos van a entender las reglas del juego y las negociaciones saldrán a pedir de boca.
Alcatraz entrecerró los ojos ante la inmensa arrogancia de su nieto, evaluándolo en silencio por un segundo antes de asentir con lentitud.
—Eso espero —sentenció el patriarca con frialdad implacable—. Bueno, ya es la hora. Márchense de una vez al lugar del encuentro. Estaremos en contacto permanente a través de los micrófonos. No corten la transmisión bajo ninguna circunstancia, quiero escuchar hasta cómo respiran esos malditos.
Sin más preámbulos, Nolan, Samy y Borja abandonaron el vestíbulo y salieron al aire frío de la mañana. Se subieron a las pesadas camionetas blindadas de color negro, escoltados de cerca por sus guardaespaldas de mayor confianza. El convoy arrancó con un rugido sordo de motores, abriéndose paso por las calles rumbo a la periferia norte de la ciudad, justo hacia el terreno neutral donde la peligrosa familia de Yurinof ya los aguardaba.
Dentro del vehículo principal, el ambiente era espeso, cargado de una tensión que casi podía cortarse con un cuchillo. Nolan iba sentado en la parte trasera, cruzado de piernas, mientras Samy y Borja se mantenían con la mirada fija y la guardia en alto.
De pronto, Nolan rompió el silencio, sin apartar la vista del paisaje industrial que desfilaba tras el cristal tintado.
—El abuelo quiere que todo salga perfecto, que seamos unos caballeros diplomáticos... —murmuró Nolan, dibujando una sonrisa torcida y oscura en su rostro—. Pero te seré totalmente sincero, Samy. Si llego a ver un solo movimiento sospechoso... así sea el más leve e insignificante gesto por parte de esos malditos rusos, te juro que no dudaré ni medio segundo en sacar el arma y matarlos a todos ahí mismo.
Samy frunció el ceño de inmediato, girando ligeramente la cabeza para mirarlo con severidad. Conocía perfectamente el carácter volátil e impulsivo del nieto del jefe.
—Entiendo que estés nervioso, Nolan, es mucha responsabilidad —le respondió Samy, intentando mantener un tono calmado pero firme—. Pero no podemos actuar de manera imprudente. El jefe nos dio órdenes claras y precisas. Una guerra con la Bratva nos costaría demasiada sangre.
Al escuchar la palabra "nervioso", Nolan echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora y escalofriante carcajada que retumbó en el habitáculo de la camioneta. Se inclinó hacia adelante, clavando una mirada desquiciada, cargada de una adrenalina enfermiza, directo en los ojos de Samy.
—¿Yo? ¿Nervioso? —repitió Nolan, sin poder contener la risa, mientras sus dedos acariciaban disimuladamente la empuñadura de la pistola oculta bajo su chaqueta de diseñador—. Estás muy equivocado, Samy... No estoy para nada nervioso. Al contrario, estoy jodidamente emocionado.
Mientras las camionetas del convoy se adentraban en las desoladas y frías carreteras de la periferia norte rumbo a la cita con los rusos, de regreso en la mansión, el ambiente en el despacho privado de Alcatraz era un cubículo de pura tensión contenida.
El patriarca tenía el teléfono satelital pegado al oído, con los nudillos rígidos de tanto apretar el aparato. Al otro lado de la línea, la voz de Ramiro sonaba tensa, de fondo con el tecleo rápido de ordenadores y murmullos de agentes analizando datos.
—Dime, Ramiro... No me hagas esperar. ¿Qué hay de nuevo? ¿Tenemos algo sobre el paradero de Alex o de esos malditos? —exigió Alcatraz, con la voz ronca por la furia acumulada.
—Hasta el momento, nada sólido, jefe —respondió Ramiro con frustración, suspirando pesadamente—. Estamos revisando todas las cámaras de seguridad y circuitos cerrados de los comercios y las calles principales de la ciudad. Logramos rastrear la ruta que siguió la van, pero la matrícula era completamente falsa, pura placa doblada, así que no podemos tirar mucho de ese hilo.
Alcatraz apretó los dientes con tanta fuerza que su mandíbula chasqueó.
—Malditos profesionales de pacotilla... ¿Y Natacha? ¿Qué hay de ella? ¿Ya se movilizó?
—Sí, señor —informó Ramiro de inmediato—. Natacha ya aterrizó y se puso al frente de la investigación por su cuenta. Está moviendo sus contactos en los barrios bajos y en las zonas oscuras donde operan las pequeñas mafias y células independientes aquí en Madrid. Va junto a Petrovish cubriéndole la espalda, y me prometió que en cuanto tengan una pista real, nos avisarán de inmediato.