—Tranquila, señora Luz —intentó tranquilizarla Samy, aunque un mal presentimiento comenzaba a crisparle los nervios—. Yo mismo llamaré a Alex ahora mismo. Seguro que está bien, no se preocupe. Cualquier cosa, le devuelvo la llamada de inmediato.
—Ay, gracias, mi hijo... Quedo al tanto, por favor —respondió la mujer con la voz quebrada por la angustia antes de colgar.
Samy dio un volantazo suave, orillando el coche a un lado de la carretera oscura. Sin perder un segundo, buscó el contacto de Alex y presionó llamar. El tono de llamada repitió varias veces en el vacío, largo y monótono, sin que nadie respondiera del otro lado.
Samy miró el reloj del tablero: marcaba casi las doce de la noche.
—Es muy extraño... ¿Se habrá quedado en la panadería hablando con Marcela y se le fue la hora? —murmuró Samy para sí mismo, frunciendo el ceño con profunda desconfianza—. No, esto no me gusta nada. Iré a echar un vistazo a la panadería por si acaso.
Mientras tanto, en la penumbra del almacén trasero del local, el ruso regresó a zancadas tras terminar su llamada telefónica, con el rostro serio y calculador. Uno de sus matones se le acercó de inmediato, sosteniendo un teléfono móvil que brillaba en la oscuridad.
—Jefe —le advirtió el subordinado en voz baja—. El teléfono del chico no dejaba de sonar hace un momento. En la pantalla decía el nombre de Samy.
Los ojos del ruso se abrieron ligeramente antes de ensancharse en una sonrisa astuta.
—¿Samy? Mmm... qué interesante.
Sin pensarlo dos veces, el ruso se agachó frente a Alex —quien seguía atado, sangrando y con la venda cubriéndole los ojos—, le tomó la mano a la fuerza y usó el dedo del joven para desbloquear el aparato mediante el sensor biométrico. De inmediato abrió la aplicación de mensajería y revisó el último chat con Samy, confirmando lo que temía: el mensaje donde Alex le decía que iría a la panadería y luego a casa.
El ruso levantó la cabeza de golpe, mirando con urgencia a sus hombres.
—¡Tenemos que movernos ya! —ordenó con voz firme y cortante—. Si ese tal Samy vio que no le contestaba, es muy probable que venga hacia acá a investigar. Agaren a Alex, súbanlo a la van y larguémonos de inmediato.
Uno de los matones asintió, pero miró hacia una de las esquinas oscuras del almacén antes de preguntar:
—Jefe... ¿Y la chica? ¿Qué hacemos con ella?
El ruso esbozó una mueca sádica, ajustándose la chaqueta antes de dar la orden final:
—Déjenla atada aquí... pero asegúrense de dejarles un claro y maldito mensaje a esos hijos de puta de los Alcatraz.
—Lo que ordenes, jefe —respondieron los matones de inmediato.
En cuestión de segundos, desataron a Alex a tirones, le colocaron una capucha oscura sobre la cabeza para que no viera nada y lo arrastraron a empujones hacia la parte trasera, subiéndolo con violencia a la parte posterior de la van. El vehículo arrancó a toda velocidad, perdiéndose en la oscuridad de la noche y dejando atrás el local silencioso.
A los pocos minutos, el coche de Samy se detuvo frente a la fachada de la panadería.
Desde el asiento del conductor, Samy frunció el ceño con profunda inquietud. Todo estaba en un silencio sepulcral, con las luces casi apagadas y, lo que era peor, el auto de Alex estaba correctamente estacionado justo afuera.
Sin pensarlo dos veces, Samy apagó el motor, abrió la puerta y bajó del vehículo con cautela. Llevó la mano de forma automática hacia su cintura, asegurándose de que su pistola estuviera bien firme y lista para ser usada si la situación lo ameritaba.
Empujó la puerta principal, que cedió con un chirrido leve, y entró al establecimiento. El panorama era desolador: sillas volcadas, vitrinas con algunos cristales rotos y un desorden evidente que confirmaba que ahí había ocurrido un forcejeo violento.
—¿Alex? ¿Estás aquí? —llamó Samy en voz alta, avanzando con pasos lentos y la mirada fija en cada rincón oscuro, sin recibir la menor respuesta.
El peso de la preocupación se transformó en pura adrenalina cuando, de entre el silencio del fondo, creyó escuchar un gemido débil y ahogado, un hilo de voz que apenas lograba salir. Siguiendo el sonido, Samy se adentró en el almacén trasero.
La escena que se abrió ante sus ojos lo dejó completamente helado.
Había charcos de sangre fresca esparcidos por el suelo de madera, restos que evidenciaban la brutal paliza que había sufrido Alex momentos antes. Pero lo peor estaba en una de las esquinas: atada a una silla, con los ojos y la boca fuertemente tapados con cinta, se encontraba Marcela.
Samy corrió hacia ella con el corazón desbocado y, con manos temblorosas, le retiró la mordaza y la venda de los ojos. El terror y la náusea lo golpearon de golpe cuando la luz del almacén reveló el horror: a la chica le habían amputado extremidades de manera sanguinaria y agonizante. Estaba perdiendo una cantidad masiva de sangre y su respiración era un hilo casi imperceptible.
—¡Maldita sea! ¡¿Qué pasó aquí?! —exclamó Samy, con los ojos abiertos de par en par ante la carnicería.
Sin perder ni un solo segundo, sacó su teléfono móvil con los dedos rígidos por la impresión. Marcó de inmediato el número directo de Alcatraz, mientras intentaba presionar con desesperación una prenda limpia contra las heridas de la joven para detener la hemorragia.
—¡Jefe! ¡Necesito una ambulancia de emergencia en la panadería, ahora mismo! ¡A Marcela la masacraron y se llevaron a Alex! ¡Es una emergencia absoluta! —gritó Samy con la voz rota por la desesperación, mientras el ambiente en la ciudad se derrumbaba en el caos más absoluto.
Las sirenas de la ambulancia rompieron el silencio de la madrugada, iluminando la calle con destellos rojos y azules mientras los paramédicos subían a Marcela de emergencia para intentar salvarle la vida.
Frente a la fachada de la panadería, la tensión en el aire era insoportable. En pocos minutos, la escena se había llenado de tensión y peligro: allí estaban Borja, Samy con la ropa aún manchada de sangre, un sombrío y furioso Alcatraz, y Ramiro, quien acababa de llegar al lugar para evaluar la catástrofe.