Las calles secundarias y sombrías de los suburbios ofrecían un panorama completamente distinto al lujo de la mansión. En un callejón estrecho y mal iluminado, un vendedor de droga de poca monta recibía un fajo de billetes de manos de dos muchachos de aspecto desaliñado. El sujeto sonrió con suficiencia, guardando el dinero en los bolsillos de su chaqueta desgastada.
—Excelente, chavales. Así es como se trabaja —les halagó el hombre con una mueca burlona—. Sigan así y la próxima vez les daré una propina mejor.
Uno de los chicos miró los billetes en su mano y frunció el ceño con indignación.
—¿Qué? ¿Solo veinte pavos? ¡Joder, tío, esto no es nada para el riesgo que corremos! Dame más, al menos lo justo.
El vendedor borró la sonrisa de inmediato, adoptando una postura amenazante.
—Confórmense con lo que hay, o si no, devuélvanme el dinero y larguense, par de mierdecillas —espetó, levantando ligeramente un extremo de su camisa para dejar a la vista el mango metálico de un cuchillo oculto en el cinto.
El segundo muchacho, sintiendo el peligro inminente, tiró del brazo de su compañero con desesperación.
—Vámonos de aquí, no busquemos problemas por una estupidez... ¡Déjalo!
El primer chico se quedó observando al traficante con una mirada cargada de odio puro y rabia contenida. El vendedor le sostuvo la mirada, escupiendo al suelo con desprecio:
—Fuera de aquí los dos, ¡o si no ya verán lo que les pasa!
A pocos metros de allí, ocultas en la profunda oscuridad de un callejón adyacente y perfectamente camufladas entre las sombras, dos siluetas observaban cada detalle de la confrontación. Natacha, con el rostro duro como la piedra y la mirada afilada, dio un sutil codazo a su compañero.
—Ese de ahí... es un topo de baja ralea —susurró Natacha con voz gélida, sin apartar los ojos del traficante—.
Necesitamos hablar con él. Seguro que maneja información sobre los movimientos de los forasteros en el barrio.
Petrovish estiró los brazos, haciendo sonar levemente sus nudillos con una sonrisa macabra en el rostro.
—Dime la seña y lo traigo para acá ahorita mismo, jefa. Sabes perfectamente que soy muy, pero muy eficiente sacando información... digamos que tengo mis métodos para hacerlos cantar rápido.
Natacha levantó una mano, deteniéndolo en el acto.
—Espera, no seas impaciente. No podemos hacerlo aquí, donde cualquiera nos puede ver. Además, este vecindario está infestado de pequeños criminales; si armamos un escándalo, nos saltarán encima en manada, y lo último que necesitamos ahora mismo es llamar la atención mientras intentamos encontrar a Alex.
Petrovish soltó un suspiro de resignación, cruzándose de brazos bajo su abrigo oscuro.
—Bien, bien... Tienes razón. Entonces, ¿tienes algún plan en mente, o qué?
Natacha esbozó una sonrisa fría y calculadora, observando cómo el traficante comenzaba a caminar solo hacia la salida del callejón.
—Exacto. Sígueme de cerca y no hagas ruido... Vamos a cazarlo nosotros mismos.
Los dos chicos de hace un rato reaparecieron de la nada, tropezando casi con el traficante en la esquina del callejón oscuro.
—Ey, topo... Lo pensamos bien —dijo el mayor de ellos, con una falsa sonrisa nerviosa en el rostro—. Queremos más trabajo. Dinos qué hay que hacer.
El topo entrecerró los ojos, mirándolos con sospecha y cruzándose de brazos.
—¿Ahora sí quieren? No, chavales, ya no hay más trabajo por hoy. Además, son unos malagradecidos; no valoran lo esfuerzo que hago por ustedes —escupió con desprecio.
—No, por favor, piénsalo —insistió el chico, acercándose un paso más para bloquear su campo de visión—. De verdad nos sirve la pasta, nos gusta trabajar contigo.
El traficante soltó una carcajada burlona, sacudiendo la cabeza.
—Bueno, bueno... Mocosos inconstantes. Está bien, les daré una última tarea —cedió, girándose para abrir la cremallera de su mochila y sacar un nuevo envoltorio de mercancía.
Ese segundo de distracción fue todo lo que necesitaron.
Mientras el topo hurgaba en el bolso, el segundo niño —el que antes había querido huir— se abalanzó con una velocidad pasmosa, le arrebató la mochila entera de un golpe seco y salió disparado a toda carrera por el callejón. Antes de desaparecer doblando la esquina, se giró un segundo y gritó a pleno pulmón:
—¡Chúpame la polla, topo de mierda!
El rostro del traficante enrojeció de furia pura. Las venas de su cuello se le hincharon al instante.
—¡Malditos mocosos de los cojones! ¡Los voy a agarrar y los voy a matar con mis propias manos! —bramó, arrancando a correr detrás de ellos con desesperación.
A unos diez metros, agazapados entre las sombras, dos matones que vigilaban de cerca al traficante al ver el revuelo reaccionaron de inmediato. Sacaron sus armas cortas y se sumaron a la persecución a toda velocidad, pisándole los talones al topo para atrapar a los ladronzuelos.
Los dos niños corrían con el corazón en la boca, doblando esquinas hasta que, sin más opciones, se metieron de golpe por el boquete de una vieja construcción abandonada y medio derruida.
El topo y los tres matones llegaron segundos después, frenando en seco frente a la entrada de escombros. El traficante escupió al suelo, esbozando una sonrisa sádica mientras desenfundaba un cuchillo.
—No hay salida, idiotas... Aquí los vamos a agarrar —siseó el topo, mirando hacia la oscuridad del edificio en ruinas—. Ellos solitos acaban de cavar su propia tumba.
El topo y sus dos matones cruzaron el umbral de la estructura en ruinas, pisando con desconfianza entre vigas oxidadas y montones de escombros. El traficante alzó la voz, intentando sonar fingidamente relajado mientras recorría el pasillo principal con la mirada.
—Niños, salgan ya... No va a pasar nada, de verdad —vociferó el topo, forzando una risa corta y tensa—.
Olvídense del asunto, solo devuelvan el bolso con la mercancía y los dejaremos ir, palabra de hombre. Venga, estuvo divertido el juego, la verdad es que necesitábamos un poco de ejercicio, jajaja...