Las manecillas del reloj marcaban el compás de una cuenta regresiva implacable mientras las distintas piezas del tablero se movían peligrosamente hacia un punto de colisión.
A bordo del vehículo que avanzaba por la periferia industrial de Madrid, Nolan observó el segundero de su costoso reloj de oro, esbozando una sonrisa torcida y cargada de una adrenalina enfermiza.
—Puntuales... Como un reloj suizo. Ya casi llegamos al punto de encuentro —anunció Nolan, ajustándose los guantes y palpando el cargador de su arma oculta bajo la chaqueta.
Simultáneamente, a un par de kilómetros de allí, el convoy táctico dirigido por Ramiro devoraba el asfalto. Con los nudillos blancos de tanto apretar el volante de la unidad de mando, Ramiro levantó el micrófono de la radio de banda corta para dar instrucciones precisas a los agentes desplegados en las patrullas de apoyo.
—Atención a todas las unidades, presten mucha atención... Estamos a punto de llegar al objetivo.
Manténganse alerta ante cualquier contingencia enemiga, actúen con extrema precaución pero con firmeza, y tienen autorización para usar fuerza letal de inmediato si la situación lo amerita. No podemos fallar aquí —ordenó Ramiro con voz gélida.
De vuelta en el frío y lúgubre almacén abandonado, el interrogatorio a Yuri Malokov había escalado a niveles brutales. El gigante ruso pendía de la silla, completamente ensangrentado, con la respiración agitada y marcas evidentes de los castigos infligidos por sus captores.
Viendo la resistencia de hierro del prisionero, Petrovish se inclinó hacia Natacha y le murmuró en voz baja, apartándose un poco:
—Va a ser jodidamente difícil sacarle algo, Natacha... Este cabrón viene de la vieja escuela soviética; están entrenados para aguantar esto y mucho más. Prefieren morir mil veces antes de soltar una sola palabra que comprometa a los suyos.
Natacha apretó los dientes con desesperación, cruzándose de brazos mientras observaba el reloj.
—No tenemos tiempo para juegos de paciencia, Petrovish. Si se niega a hablar, tendremos que apretarle las tuercas el doble de fuerte. Necesitamos saber dónde tienen a Alex y, sobre todo, quién coño está detrás de todo esto orchestrando la caída.
Justo cuando se disponían a reanudar la tortura, un sonido seco interrumpió el ambiente: una risa moribunda, rasposa y llena de sangre brotó de la garganta de Yuri.
El ruso levantó lentamente la cabeza, dejando ver una mueca macabra en su rostro destrozado.
—Ya fue suficiente... —escupió Yuri con dificultad, sacando de imprevisto tanto a Petrovish como a Natacha por el giro tan radical y repentino en su actitud—. Está bien, hablaré... les diré todo lo que quieren saber.
Los dos mercenarios se quedaron en total silencio, extrañados de que un veterano de su talla se hubiera rendido tan rápido. Antes de que ninguno pudiera articular una sola palabra de advertencia, Yuri ensanchó la sonrisa ensangrentada y remató con una sentencia escalofriante:
—Pero que les quede bien claro... De todos modos, ninguno de ustedes va a salir vivo de este maldito lugar.
—¿A qué te refieres con esa mierda? —espetó Natacha, tensando cada músculo de su cuerpo y acercándose un paso más a la silla.
Petrovish frunció el ceño, sacudiendo la cabeza con desconfianza mientras examinaba el rostro del prisionero.
—Debe ser que este hijo de puta está delirando... Los perros de su calaña pelean hasta la muerte y se llevan los secretos a la tumba. Pero si de verdad quiere cantar, que escupa lo que sabe de una vez.
Yuri dejó escapar otra risa ronca, tosiendo con desprecio antes de clavar sus ojos inyectados en sangre en ambos.
—¿Todavía no lo entienden? —se burló el ruso con dificultad—. Todo esto fue perfectamente planeado... Desde el momento exacto en que me encontraron en el bar, hasta que decidieron traerme a este maldito almacén en las afueras.
La revelación cayó como un balde de agua helada, dejando a Petrovish y a Natacha completamente petrificados y con los ojos abiertos de par en par.
—¿Qué... qué estás diciendo? —murmuró Natacha, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
Yuri ensanchó la sonrisa, saboreando el desconcierto de sus captores.
—¿Alex? Ese mocoso de mierda jamás salió de la zona del puerto... Está aquí mismo, amarrado en otro almacén a pocos metros de nosotros. Para ser sinceros, matarlo nunca fue el plan principal; la verdad es que nos importa poco su vida. Su único objetivo real era cumplir una misión: separarlos, desviar su atención y desgastarlos por completo. Sabíamos perfectamente que el chico era un blanco fácil en comparación con ustedes. Los investigamos durante meses... y para lograrlo, recibimos una ayuda muy particular. Podría decirse que conseguimos una alianza bastante sorpresiva.
Petrovish dio un paso al frente, perdiendo los papeles por completo. Agarró a Yuri de los tirantes de la camisa ensangrentada y lo sacudió con furia.
—¡Maldito hijo de puta, habla claro! ¿Qué quieres decir con todo esto? ¿Quién está detrás de esta mierda?
Yuri, a pesar de estar a merced de sus golpes, soltó una carcajada desafiante que retumbó en las paredes de concreto.
—Sabemos absolutamente todo... Sabemos lo de la cumbre secreta con los Bratva. Sabemos también que el policía de confianza de Alcatraz va directo y sin escalas a la trampa que preparó el jefe... Y lo mejor de todo: ya tenemos ubicada la guarida exacta de Alcatraz. Su tiempo se acabó.
El rostro de Petrovish se contrajo en una mueca de furia desatada. Perdiendo el poco control que le quedaba, rugió con los puños apretados y se lanzó hacia el prisionero:
—¡Maldito hijo de puta, te voy a matar con mis propias manos antes de que respires otro segundo!
Antes de que pudiera abalanzarse sobre él para destrozarle el cráneo, Natacha se interpuso con agilidad y lo detuvo con firmeza, empujándolo del pecho.
—¡Detente, Petrovish! ¡Calma esa maldita cabeza! Si lo matas ahora nos quedamos sin nada... Escucha: debemos llamar a Ramiro de inmediato y advertirle. Saca tu teléfono y avísale a Alcatraz de una vez; esto es una emergencia absoluta.