El ARTISTA
La vida es demasiado corta para que la humanidad la comprenda. Todos se aferran a ella como si fuera algo sagrado, como si morir fuera la peor desgracia que pudiera ocurrirles.
Qué pensamiento tan ingenuo.
La muerte, no es algo horrible. Yo diría que es incluso hermosa. El problema es que los seres humanos tienen los ojos demasiado llenos de miedo para reconocer la belleza cuando la tienen delante.
Quizá por eso nunca la entendieron.
Quizá por eso la temieron.
Los humanos son criaturas insípidas. Se repiten, se imitan, se reemplazan unos a otros y luego se convencen de que son únicos.
Rostros diferentes, mismas miserias.
Mismos deseos.
Mismos defectos.
Todos iguales.
Todos, excepto mi hermosa Rosa.
Ella sí era diferente.
Después de ella, algo cambió. Ya no volví a mirar a los demás de la misma manera. Desde entonces, cuando observo a una persona, no veo quién es. Solo veo otra versión de lo mismo.
Otra copia.
Ratas asquerosas.
Eso es lo que son. Ratas que solo deberían desaparecer de este mundo. Si mi Rosa no está aquí, ¿por qué deberían existir los demás?
Todo artista debe tener su obra célebre. Van Gogh tuvo La noche estrellada; Miguel Ángel, su asquerosa Creación de Adán. Todos tienen algo que los hizo ser recordados.
Pero yo... yo parezco ser un creador bastante incomprendido.
Quizás el problema es que no he sido lo suficientemente específico con mis obras. Quizás he intentado que los demás comprendan demasiado por sí mismos,siendo ellos tan inútiles.
Por eso tendré una obra que me llene de éxtasis. Una que merezca estar en la mejor galería, expuesta para que todos puedan contemplarla. Nadie podrá pasar a su lado sin detenerse a observar mi arte.
Todos quedarán embelesados con la hermosura de lo que he creado.
Y entonces, finalmente, comprenderán.
Comprenderán por qué mi Rosa es tan hermosa.
Las agujas avanzan con el tiempo, igual que la máquina que utilizo mientras uno, cuidadosamente, las piezas de mi obra.
El formaldehído cumple su función. Siempre lo hace. Aunque ni siquiera él consigue borrar por completo ese olor nauseabundo que permanece suspendido en el aire, aferrándose a cada rincón de la habitación. Es desagradable.
Casi insoportable.
Pero no puedo rendirme.
Ya casi termino.
Después de tanto tiempo, de tanta preparación y de haber escogido cuidadosamente a aquellas chicas que, para mí, no eran más que unas asquerosas ratas que habían tenido la desgracia de cruzarse en mi camino, finalmente están a punto de cumplir un propósito mucho más importante.
Quizás deberían sentirse orgullosas en el infierno.
Al fin y al cabo, las convertí en parte de algo hermoso.
En la inspiración de mi bella obra maestra.
Mi hermosa Rosa.
Ellas fueron necesarias para devolverla a mí. Para reconstruir aquella belleza que el tiempo se había empeñado en arrebatarme. Y ahora, frente a mí, vuelve a parecer tan joven como aquella primera vez que la vi.
Tan blanca.
Sus ojos oscuros permanecen inmóviles, igual que su largo cabello negro. Paso lentamente los dedos por él, con una delicadeza casi absurda para alguien que ha pasado tanto tiempo trabajando en esta obra.
Tengo que ser cuidadoso. Todo debe permanecer exactamente donde lo coloqué.No permitiré que nada arruine mi creación.
La observo en silencio.
Y por un instante, entre el olor insoportable y el frío de la habitación, casi puedo convencerme de que ella sigue siendo la misma.
Mi Rosa.
Tan hermosa como la primera vez que la vi.
Ella es hermosa, y solo mía. Enteramente mía.
Pero me temo que esta vez te expondré un instante -no para compartirte, jamás-, solo para que otros contemplen lo que jamás podrán poseer.
Mis manos se posan sobre sus pechos: el tamaño exacto que guardaba en la memoria, caben a la perfección entre mis palmas, su carne rosada, viva aún a la vista, me embriaga y me hipnotiza como si fuera lo único que existe.
Bajo las manos por su cintura... y se desprende, se afloja, se separa torpemente del resto del cuerpo, como si rechazara sostenerse. Le extraje las vísceras, le vacié el interior para aligerarla, y aun así la carne cede, se desgarra, cede al peso que no logra soportar.
Es perfecta. Mi obra maestra. Todas esas otras... desechos, basura que no sirvió para nada. Cada una era inútil, frágil, rota... pero al menos me dieron lo que necesitaba: pedazos, retazos, para armarte a ti, mi Rosa, devolverte a mi lado, completa, solo para mí.
Las moscas no cesan. Llegaron en enjambres zumbando negras y voraces, se amontonan en las grietas, en las costuras donde uní lo que era de otra, y el olor... se espesa cada hora, no disminuye, se enraíza, se pudre en el aire.
Es repugnante, asqueroso, se me pega a la garganta. Pero pronto terminaré. Pronto volverás a respirar, a estar viva conmigo, y entonces no tendremos que tolerar más esos bichos asquerosos ni esta hediondez. Seremos solo tú y yo, para siempre.
-Te lo juro, mi amor -presiono mis labios contra los suyos, fríos como la piedra, sin un átomo de calor.
Profundizo el beso, dejo crecer el deseo que me carcome por dentro, y me engaño escuchando lo que quiero oír: lo que imagino son sus gemidos suaves, ahogados, saliendo de una garganta que ya no tiene vida propia.
Me vuelvo brusco, feroz. Le abro la boca a la fuerza, meto la lengua con avidez... y la siento ajena, extraña: la que le puse, robada de otra. La arranco de golpe, siento cómo se desprende, blanda y húmeda entre mis dedos. No me detengo: succiono sus labios, los desprendo despacio, los arranco también de su rostro, y los escupo al suelo sin mirar dónde caen.
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Acaricio su cuerpo rígido, helado, que ya no cede. Ahora no hay labios: beso sus dientes, la encía desnuda, la mandíbula expuesta... y no me importa. No me importa en absoluto. Sigo besándola a ella. Solo a ella. Eres tú, pienso, siempre tú. Y eso es lo único que deseo.
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Editado: 07.11.2026