Lúgubre "Vivir entre el dolor del pasado"

68. Baile

BRUSELA

El aglomeramiento de personas es impresionante, tantas que a veces resulta difícil distinguir el suelo entre tanta multitud. Observo a unos bailando, a otros riendo y a unos cuantos comiendo, como si nada estuviera pasando; como si no hubiera un maldito asesino merodeando por algún lugar, como si hace apenas unos meses no hubieran desaparecido varias chicas.

Todos actúan con una naturalidad inquietante, como si no guardaran secretos, como si no fueran mentirosos, hipócritas o simples chismosos.

Es curioso lo fácil que parece ser fingir normalidad cuando nadie quiere admitir lo que realmente sucede.

Tan santos y normales que parecen los pecadores, tanto que cuesta creer que realmente lo sean. ¿Acaso los pecadores se disfrazan de humanos o son los humanos quienes nacen con ese sentimiento profano y oscuro de ser pecadores?

Tan normales todos, en un pueblo tan hecho mierda.

Qué ironía.

Observó a Andrea, que había dejado el teléfono a un lado y ahora se dedicaba a contemplar los alrededores en completo silencio, al igual que yo.

Por las bocinas resonaban distintas canciones, la mayoría desconocidas para mí.

A lo lejos distinguí una pequeña tarima. La observé con cierta curiosidad, aunque tampoco le presté demasiada atención.

El silencio reinaba entre nosotras, una ironía bastante curiosa considerando lo ruidoso que era aquel lugar.

-¿Alguna vez has pensado en lo corta que es la vida y en lo larga que puede hacerse la sensación de sufrir, incluso cuando aquello que nos lastimó ya quedó atrás? -pregunta, mirándome de reojo.

Me tomo unos segundos antes de responder. No porque no sepa qué decir, sino porque la pregunta me resulta demasiado familiar.

-Sí -respondo, casi sin pensarlo-. Lo he pensado. Y creo que, muchas veces, somos nosotros mismos quienes prolongamos el sufrimiento, volviendo una y otra vez a aquello que nos hizo daño.

Andrea baja ligeramente la mirada. Parece considerar mis palabras, aunque no dice nada al respecto.

-¿Y si pudieras borrarte la memoria para olvidar todo lo que te duele? ¿Lo harías?

La pregunta me toma desprevenida. Siento un escalofrío recorrerme la espalda y, por un instante, dejo de prestar atención a la música que suena a nuestro alrededor.

-No.

-¿Por qué?

-Porque también tendría que olvidarme de las cosas buenas. Y de ti.

Andrea sonríe. Apenas, pero lo suficiente para que lo note.

Qué cursilería de mierda.

Hace unos meses, ni siquiera habría considerado responder algo así. La antigua Brusela probablemente habría puesto los ojos en blanco ante semejante respuesta, o habría encontrado alguna manera de esquivar la pregunta sin ponerse sentimental.

No sé en qué momento empecé a pensar de esta manera. Supongo que hay cosas que cambian sin que una se dé cuenta.

Y, aunque me cueste admitirlo, prefiero esta versión de mí.

De pronto, por los altavoces comienza a sonar una canción que no consigo reconocer. Aun así, parece que todos los demás sí. Varias personas gritan emocionadas y se levantan casi al mismo tiempo, formando pequeños grupos alrededor de la fuente. Algunos bailan, otros cantan a todo pulmón. En cuestión de segundos, el espacio para caminar se vuelve bastante reducido.

Me quedo observando aquello, intentando entender qué tiene de especial la canción, cuando una mano se atraviesa en mi campo de visión.

Levanto la mirada. Andrea está frente a mí, con la mano extendida y una sonrisa que parece anticiparse a mi respuesta.

-No.

-Sí -responde, sin dejar de sonreír, mientras espera que tome su mano.

ANDREA

-Mientras uno está vivo, uno debe amar lo más que pueda -menciono frente a Brusela, todavía con la mano extendida, esperando que finalmente se decida a tomarla.

Su expresión cambia ligeramente. Frunce el ceño, como si intentara encontrarle algún sentido a mis palabras.

Al ver que no parece tener demasiadas intenciones de aceptar mi invitación, dejo escapar una pequeña risa y termino tomando su mano por mi cuenta. De un tirón, la levanto de su asiento.

La canción continúa sonando por los altavoces. Entre los gritos y las voces de quienes cantan a nuestro alrededor, alcanzo a distinguir algunos versos.

Pensaba que contigo iba a envejecer

No sé por qué, pero aquella frase me resulta un poco más triste de lo que debería.

La vida es una fiesta que un día termina

Tiro suavemente de su mano, animándola a avanzar entre la gente. No me importar demasiado que Brusela todavía tenga esa expresión de desconcierto, ni que ninguna de las dos sepa muy bien qué hacer una vez que lleguemos frente a la fuente.

Nada de lo realmente inolvidable se planea; todo lo bueno sucede de manera espontánea.

Y fuiste tú mi baile inolvidable

Quizá por eso sonrío.

Porque, entre tantas personas, tantas luces y tanto ruido, la tengo a ella frente a mí. Y no sé si algún día entenderá lo mucho que significa verla así.

Quizá porque, por una vez, no estoy pensando demasiado en lo que viene después.

La llevo hasta un espacio frente a la fuente. A nuestro alrededor, la gente ríe, canta y baila como si no existiera nada más allá de ese momento. El viento mueve nuestros vestidos y, sin darme cuenta, termino sonriendo. No es una de esas sonrisas pequeñas que suelo fingir por cortesía, sino una que me nace sola, que no tengo que esforzarme por mantener.

¿Así se siente ser feliz?

-No sé bailar -me dice Brusela, y basta con mirarla para darme cuenta de lo incómoda que está.

La canción que suena por los altavoces es Baile inolvidable. El ritmo de la salsa se mezcla con las voces de quienes cantan a nuestro alrededor. Hay algo contagioso en todo aquello, en la manera en que las personas se dejan llevar por la música, y me descubro pensando que, por una vez, no quiero quedarme mirando desde afuera.




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