BRUSELA
DÍAS ANTES DEL FESTIVAL
El pasillo parece enfriarse a cada paso. No sé si es el miedo, la angustia que llevo atravesada en el pecho o simplemente este maldito pueblo que tiene la desagradable costumbre de hacerte sentir que algo está a punto de ocurrir.
Aquí nada parece normal. Ni las personas, ni las calles, ni siquiera el clima. Es un pueblo de locos, de esos en los que parece que el destino se divierte adelantándose a las desgracias, anunciando con señales aquello que todavía no ha sucedido.
La lluvia acompaña la penuria, el sol disfraza la alegría y, cuando la tragedia decide presentarse, el cielo entero parece venirse abajo.
Qué oportuno
Justo hoy tenía que desatarse una tormenta.
Intento controlar mi respiración. Despacio. Sin hacer ruido. Inspiro, cuento mentalmente y vuelvo a intentarlo. No puedo permitir que el miedo me delate, no ahora. Me repito una frase una y otra vez, aferrándome a ella como si de verdad pudiera salvarme: Quien no se atreve a hacer cosas peligrosas en la vida jamás conseguirá alcanzar sus objetivos.
Qué bonito suena cuando no eres tú quien está a punto de comprobarlo.
Sigo caminando, aunque cada parte de mi cuerpo parece estar rogándome que dé media vuelta. Mi cabeza no deja de imaginar posibilidades, cada una peor que la anterior. Intento ser optimista, malditamente optimista, pero hasta mis propios pensamientos parecen haberse puesto en mi contra.
Vaya mierda
La casa está tan silenciosa que puedo escuchar los latidos de mi propio corazón. Uno tras otro, insistentes, casi molestos. No sé si debería llamarlo miedo. No quiero creer que sea miedo. Quizá sea anticipación, esa maldita sensación de saber que algo está por suceder y que, por alguna razón, una parte de mí lleva demasiado tiempo esperándolo.
Camino por los pasillos, iluminados apenas por los débiles destellos de luna que consiguen atravesar las ventanas. Mis pasos parecen demasiado ruidosos para una casa que duerme. O quizá soy yo quien está demasiado consciente de cada movimiento, de cada sombra, de cada pequeño sonido que se atreve a romper el silencio.
Al llegar a la sala, lo encuentro.
Ahí está él.
Mi martirio. Mi verdugo. La razón de tantas noches interminables, de tantas lágrimas que he tenido que tragarme y de aquellas ocasiones en las que llegué a desear no tener que seguir soportando mi propia existencia.
El televisor permanece encendido. Su luz intermitente ilumina el cuerpo tendido sobre el sofá. Ese mismo sofá. Qué ironía. El mismo lugar donde tantas veces sus manos dejaron de ser manos para convertirse en instrumentos de humillación, donde mi cuerpo conoció el peso de la violencia, donde aprendí que incluso dentro de una casa se puede sentir que no existe ningún lugar seguro.
Y ahí está. Dormido.
Puede dormir.
¿Cómo demonios puede hacerlo?
¿Cómo consigue cerrar los ojos con tanta tranquilidad después de todo lo que ha hecho? ¿Cómo puede alguien cargar con tanto dolor ajeno y, aun así, descansar con la serenidad de quien no tiene absolutamente nada que reprocharse?
Observo su rostro. No hay culpa. No hay angustia. Ni siquiera parece existir un pensamiento capaz de perturbar sus sueños.
Es increíble.
Los demonios también deben dormir, supongo. Quizá incluso sueñen con el cielo, quizá los verdugos puedan descansar bajo el mismo rostro sereno de los inocentes.
Pero ¿acaso a él no lo persiguen sus propios pecados? ¿No existe una sola noche en la que su conciencia decida despertarlo?
Qué injusto resulta descubrir que quien te ha arrebatado la tranquilidad puede dormir tan profundamente mientras tú tienes que aprender a convivir con todo lo que ha dejado atrás.
Me acerco cada vez más.
Sobre la mesa, frente al televisor encendido, las imágenes se suceden unas tras otras. No hay sonido. Solamente luces, movimientos y ese silencio que parece haberse instalado hasta en las paredes de la casa.
Intento caminar lo más despacio posible. Incluso contengo la respiración por momentos. Tengo la absurda sensación de que el más mínimo sonido podría delatarme, de que hasta el aire que entra y sale de mis pulmones es capaz de romper aquella tranquilidad.
Mis ojos se detienen en sus botas, abandonadas a un lado del sofá. Alrededor de ellas hay varias pisadas que parecen haberse impregnado en el suelo. Pequeñas manchas oscuras, casi negras, acompañadas de un sutil olor metálico que reconozco demasiado bien.
Continúo acercándome.
Con cada paso, otro olor se mezcla en el ambiente: alcohol, tabaco y algo más que no consigo distinguir. Una combinación desagradable que parece haberse quedado atrapada entre los muebles y las cortinas.
Así será más difícil que despierte, pienso.
Las llaves están sobre la mesa, justo al lado de una manzana a medio comer. Las observo durante unos segundos. Después, sin pensarlo demasiado, extiendo la mano para tomarlas.
Despacio.
Con muchísimo cuidado.
Procuro que mis dedos no rocen más de lo necesario la superficie de vidrio. Las llaves están a escasos centímetros de su rostro. Me inclino ligeramente para alcanzarlas, pero no dejo de observarlo. Está a menos de un metro de mí.
Puedo verlo respirar.
Puedo ver su rostro.
Y, maldita sea, puedo recordar demasiadas cosas.
Mis dedos finalmente alcanzan las llaves.
Entonces, su cuerpo se mueve.
Las suelto.
El tintineo metálico golpea la superficie de vidrio y, por un instante, siento que el corazón se me detiene. No me muevo. Ni siquiera me atrevo a levantar la cabeza. Todo mi cuerpo se queda rígido, como si pudiera desaparecer si consigo permanecer suficientemente quieta.
Lo miro.
No sé cuánto tiempo pasa. Quizá un segundo. Quizá una eternidad.
Vuelve a moverse.
Se acomoda sobre el sofá, gira ligeramente el cuerpo y encuentra una posición más cómoda.
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Editado: 07.11.2026