Lúgubre "Vivir entre el dolor del pasado"

67. Tatuaje

BRUSELA

Ella cree que yo soy su maldita marioneta personal para andar poniéndome la ropa que se le dé la gana.

Observé con el rostro completamente fruncido el interior de la caja que me había dejado antes de salir. Metí una mano y saqué la prenda con cierta desconfianza, hasta descubrir que se trataba de un vestido rojo.

una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro.

Al menos no era rosa chillón ni tampoco espantoso que parece sacado de un unicornio con problemas digestivos, de esos que perfectamente podrían vomitar un arcoíris por el culo.

Bueno, algo es algo.

6:00 p. m. - SÁBADO
DÍA DEL FESTIVAL.

Mi cara de amargada lo dice todo: esto es una mierda.

Muevo con enojo el maldito vestido que llevo puesto, acomodándolo por quién sabe qué número de vez, mientras espero a Andrea recostada contra una pared, a una cuadra de su casa.

No tengo ni puta idea de cuánto tiempo llevo aquí.

Quizás cinco minutos. Quizás diez.

A estas alturas me da igual.

Miro a mi alrededor y observo a las personas que caminan en dirección a la plaza. Algunas van en pequeños grupos, hablando y riéndose; otras avanzan apresuradas, como si llegar tarde al festival fuera cuestión de vida o muerte. De vez en cuando, alguno pasa cerca de mí y me mira durante un segundo antes de continuar su camino.

Tengo cara de payaso al parecer...

Suelto un suspiro y vuelvo a mirar en la dirección de la casa de Andrea.

¿Dónde mierda está?

Mientras espero, intento ordenar mis pensamientos. Llevo varios minutos repasando mentalmente lo que quiero decirle, imaginando diferentes formas de comenzar la conversación y descartándolas todas casi de inmediato.

No sé cómo explicárselo.

No sé ni siquiera por dónde empezar.

Necesito su ayuda.

Y sé que ella me ayudará.

Ese no es el problema.

El problema soy yo.

Me cuesta una mierda aceptar que necesito ser ayudada. Siempre he preferido resolver las cosas por mi cuenta, incluso cuando sé perfectamente que no puedo con todo. Pedir ayuda me hace sentir vulnerable, como si admitir que no tengo el control fuera suficiente para hacer que todo se me venga abajo.

Y eso me jode.

Me paso una mano por el cabello y vuelvo a mirar hacia la casa.

Andrea tiene que ayudarme.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, no tengo ni puta idea de qué hacer.

Y lo peor de todo es que tengo la sensación de que, cuando se lo cuente, nada volverá a ser igual.

La mochila entre mis manos la cuido como si fuera una de mis reliquias más sagradas.

Mis dedos se aferran a las correas mientras intento mantener la calma. No debería estar tan nerviosa. No debería sentir que estoy a punto de hacer algo de lo que podría arrepentirme.

Pero lo estoy.

¿Y si pedir ayuda, pedir su ayuda, hace que su opinión sobre mí sea aún peor?

No sé qué pensar.

No sé qué hacer.

Y, sobre todo, ya no sé qué sería de mí sin ella después de haber pasado tanto tiempo a su lado.

Te volviste una débil. Más de lo que ya eras.

El pensamiento aparece de nuevo.

Una y otra vez.

Se filtra en mi cabeza como un susurro constante, casi como si alguien estuviera detrás de mí, repitiéndomelo directamente al oído.

Débil.

Aprieto la mandíbula.

Me siento alerta de inmediato y trato de que no se note.

Ella nota todo de mí.

Todo.

A veces parece conocerme más que yo misma. Sabe cuándo estoy molesta, cuándo estoy mintiendo, cuándo algo me preocupa aunque no diga una sola palabra. Es como si pudiera leer cada gesto, cada mirada y cada silencio que intento esconder.

Y eso debería asustarme.

Quizás me asusta.

Todavía hay cosas que no he querido contarle. Partes de mí que he mantenido cuidadosamente guardadas, como si decirlas en voz alta pudiera hacerlas reales.

Pero ya no puedo seguir así.

Ya es tiempo. Más ahora que he descubierto más cosas de mí que ni siquiera yo sabía.....

Respiro profundamente y bajo la mirada hacia la mochila entre mis manos.

Confío en ella.

O, al menos, quiero hacerlo.

Porque, de todas las personas a las que podría acudir, sé que ella es la única que, incluso con todo lo que todavía no sabe de mí, jamás intentaría lastimarme.

O eso quiero creer.

Siento que me tocan el hombro.

Volteo rápidamente y la veo a ella.

A mi Andrea.

Llevaba un vestido blanco, largo y vaporoso, que caía hasta rozar el suelo. El escote en V estaba enmarcado por delicados bordados de encaje que recorrían también la cintura y descendían por el centro de la falda. Las mangas, largas y ligeramente abullonadas, se ensanchaban hacia las muñecas, dándole un movimiento etéreo a cada uno de sus gestos.

La cintura quedaba marcada por una franja de encaje antes de abrirse en una falda amplia, dividida en varias capas de tela ligera y pequeños volantes. A lo largo de la falda, los detalles de encaje rompían la sencillez del blanco sin quitarle aquella apariencia delicada.

Su cabello estaba suelto, cayendo en ondas sobre sus hombros, y llevaba unas sandalias a juego.

Pero mis ojos terminaron deteniéndose en su cuello.

Llevaba el collar que yo le había regalado por su cumpleaños.

Ese pequeño detalle consiguió arrancarme una sonrisa.

No pude evitarlo.

Ella es hermosa.

Se veía como un ángel.

Un ángel caído.

Había algo diferente en ella esta vez. La tristeza que antes parecía haberse instalado permanentemente en sus ojos había disminuido, aunque todavía podía encontrar pequeños rastros de ella cuando la observaba con suficiente atención.

Y entonces nuestros ojos se encontraron.

Cada vez que me veía, podía notar cómo cambiaba su mirada. Era sutil, casi imperceptible para cualquiera que no la conociera, pero yo lo notaba.




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