Mariposa negra

Capitulo 39

Bastian Bergmann.

Su cuerpo tiembla en mis brazos, Thiago la ve interrogante, me quito mi saco y la cubro ante su mirada, Thiago da la vuelta y sale por donde entro, me levanto con cuidado agarrando a Daphne por debajo de sus rodillas. Llevándola conmigo a la habitación, al subir las escaleras puedo sentir algo mojando mi hombro y un pequeño ruido se escapa de sus labios.

Dean está ahí, en uno de los escalones listo para dar el siguiente paso pero se queda estático, parado en su lugar con un pie extendido viendo a Daphne con sus ojos abiertos, su boca se abre tal vez incapaz de creer lo que está viendo, agarra con más fuerza el saco cubriendo su rostro con una de las mangas. Antes de llegar a él, una voz baja me llama.

—Bastian —un llamado, bajo pero lleno de disculpa, y la culpa vuelve a llenar mi pecho—, ¿Que te sucedió en el rostro?

Me detengo, seco. Incapaz de responder, veo a Dean quien asiente confundido al igual que yo. Bajo mi cabeza viendo sus ojos llenos de lágrimas no derramadas y un tanto rojos por la presión.

—Peleé con alguien, no es importante —inhaló reteniendo el aire para dar el siguiente paso.

Dean suspira y cierra sus ojos con fuerza viendo la sangre correr por las partes más visibles en las piernas de Daphne, sigo subiendo los escalones en silencio escuchando sus quejidos. La entrada a la habitación no está muy lejos pero cuando estoy casi cerca paso de largo caminando un poco más pero llegando a la habitación de al lado.

La decoración es neutra, las paredes no tienen color y no hay absolutamente nada nuestro aquí. La dejo sobre la cama, pero al intentar darme vuelta ella agarra mi muñeca, muy suave, y tan sutil que apenas su toque se siente.

—Bas —algo bajo pero lo suficientemente fuerte como para hacerme parar—. Necesito que revises mi glucosa, se cayó mi censor.

Asiento sin voltear viendo la luz fuera de la habitación, su mano se aleja de mi muñeca haciendo que un repentino frío invada el lugar donde se había posado, tan suave con el aleteo de una mariposa y tan sutil como sus palabras.

—Vuelvo en cinco, te traeré algo para que te bañes y tú censor.

No escucho nada pero tan solo me basta ver de reojo para verla asintiendo, sonrío pero camino a mi destino, al salir dejo un poco abierta la puerta, Thiago ya espera al final con un hombre joven, pero no tanto como para ser tan estúpido, al llegar me guardo la sonrisa y unas pequeñas punzadas recorren mi cuerpo, como pequeñas agujas con un gran filo.

—Consigue un par de censores nuevos para Daphne, y llama al doctor. Yo buscaré a Emiliano.

Me doy vuelta siguiendo mi camino, pero sus palabras vuelve ha hacer salir mi sonrisa.

—¿Que hago con él?

Juego con mis dedos un par de segundos, una pequeña presión se instala en mis ojos, al igual que en mi cabeza. El chasquido de mis dedos me da una ligera idea de lo que se puede hacer.

—Llevalo al sótano, luego voy.

—Sí, el doctor ya está en camino y los censores igual.

Asiento reanudando mi marcha, los pasillos se hacen eternos y largos, por lo que apresuro mi caminar, enciendo las luces por cada lugar por donde paso, en algunas estancias las ventanas dejan a la vista el amanecer en el mejor punto. La distracción dura poco, unas voces llenan la estancia en gritos bajos casi como susurros.

Doy un paso hacia el salón, vacío. Lo que hace que el eco de las voces lo llene como si la conversación se estuviera dando aquí, giro mi rostro a la izquierda viendo la puerta que conecta el lugar con la sala, camino pasando al otro lado viendo a Dean sentado, con las líneas de expresión marcadas en su frente, sus ojos oscurecidos y sus puños apretados encima de sus rodillas. Emiliano por otro lado se ve calmado, las manos en sus bolsillos pero el golpeteo de sus zapatos con el suelo, desestabilizan su apariencia calmada.

—Emiliano —llamo, captando su atención de inmediato—. Ve con Daphne, no trae su censor.

Tan solo unas cuantas palabras hacían falta para que saliera de la sala casi corriendo, pasando a mi lado. Camino hasta a sentarme frente a Dean, quien levanta su mirada viéndome.

—¿Que le sucedió? —en cada palabra hay una pausa, muy prolongada.

—No lo sé —suspiro—. Solo dijo que unos perros la atacaron y...

—¿Y tú le crees? —me interrumpe con su pregunta.

Recuesto mi mejilla en mi mano, pero un dolor se posa instantáneamente. Apartó mi rostro, en un movimiento rápido casi sutil, lo pienso bien antes de responder su pregunta.

—Bastian, responde. ¿Tu le crees?

—No —me inclino un poco hacia delante—. No le creo, se que hay algo que no me cuenta. Ya tengo a quien le proporciono el auto y Thiago ya tiene toda la información.

—Quiero verla —no lo pide, lo exige como quien exige respirar aire en el fondo del mar—. Pero antes, quiero saber. ¿Que le dijiste?

—Sobre eso, solo le dije un par de cosas.

—¿Cómo que?

Sus ojos se oscurecen más y sus nudillos se ponen más blancos que de costumbre. Parece estar sereno, pero se que puede perder la cabeza en cualquier momento, alzo una ceja esperando.

—Le dije lo que se —comienzo buscando las mejores palabras—. Ella solo se enteró de tu nombre y que sus padres, son sus tíos.

Dejo de hablar viendo su rostro contraerse suspira y agarra su entrecejo se levanta dando vueltas por el lugar callado pasando su mano libre por su cabello el silencio Se apodera entre nosotros siendo un eco retimbande que indica un vacío más que exterior en cada uno. Cómo si hace tiempo estuviera ahí, esperando el silencio perfecto para salir. Se detiene uno instantes suspirando y luego sigue dando vueltas como un animal en jaula. Veo mis manos intentando pasar el tiempo.

—Sabes —levanto mi rostro viendolo parado justo en el centro—. No sé ni que decir, no se que se de ella o si ella sabe quién soy.

—Se va enterar —aseguro después de que terminara de hablar—. Ten por seguro que le va a preguntar a tu novio.




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