Mariposa negra

Capitulo 40

Daphne Bonavich.

En su mirada no hay juicio, hay amor, la ternura y suavidad en su voz mientras me ayuda a terminar de alistarme generan unas inmensas ganas de llorar, desde que entro no hace más que hablarme aunque no reciba respuesta de mi parte.

—¿Que te sucedió Daphne?, no hay presión. Solo quiero saber cómo poder ayudarte, pero si tú no quieres lo entiendo.

Siento mis ojos humedecer se, termina de secar mi cabello y se para frente a mi, me levanto y lo abrazo, tomándolo por sorpresa, sintiendo ese calor tan familiar, dejo que las lágrimas salgan sin contemplación. Liberando un poco la carga de mi corazón. Y como las lágrimas salen las palabras también, rápidas, dolorosas.

—Lo siento —pronunció bajo, con el oxígeno fallando en mis pulmones—. Yo, tengo que decirte algo, yo te menti Emi. Lo siento.

La palabra salen en susurros, desgarrando al estúpido corazón que tengo. Lo abrazo más fuerte, temiendo soltar, ver sus ojos y confesarlo. Temo traicionarme a mi misma a la promesa que hice, pero ya no puedo ocultar lo que arde, lo que duele.

Hace cuatro años.

—¡Mason! Basta, por favor. Mason, por el bebé.

Suplico, con el miedo recorriendo cada pequeña parte de mi cuerpo. Quiero que sus golpes se detengan. Mis manos y brazos arden de tantos golpes recibidos, la luz es escasa en este lugar. Haciendo casi imposible ver sus fracciones, pero puedo escuchar su respiración agitada y la intensidad de sus patas han disminuido de manera considerable.

—¡Tu, perra! Cómo te atreves a decir que ese bastardo es mío —grita, haciendo que retroceda la poca distancia que quedaba entre la columna y yo—. Ese, ese puede ser hijo de cualquiera.

Las palabras duelen, tanto. Qué es demasiado inevitable llorar. Por su desconfianza, porque el amor que le he mostrado sea puesto en dudas, un líquido corre por mis piernas, el miedo se hace más fuerte.

—¿Ahora que? —su risa retumba hasta el fondo de mi mente—, ¿Ya no vas a hablar?, ¿Se te acabo lo valiente?

Presente.

Sus palabras siempre han dolido y siempre ha llegado como un baile de agua fría.

¿Se te acabó lo valiente? -seco duro y aún pero con fuerza en mi.

Me separó de Emiliano como si quemaran mis brazos de tanto tocarlo, me agarra por los hombros, lo miro a los ojos, su mirada es seria pero dulce como si me quisiera proteger de mí misma, de mi mente.

—¿Estás bien? —dos palabras y nueve letras me separan de una verdadera respuesta.

Quiero responder y cuando las palabras quieren salir unos toques en la puerta me interrumpan, poco después unas voces.

—¿Abro?

No respondo, sello mis labios. Me cuesta decidir, aunque ya he pasado por este momento, aún me cuesta. Por lo que solo me mantengo mirándolo, incapaz de tomar alguna decisión. Una sonrisa triste se extiende en su rostro, pero esta vez no hay preguntas, solo una afirmación que le hace de memoria, solo que cambian las palabras.

—¿Quieres que abra para enfrentar tu presente? —Es bajo, dicho como un cántico muy antiguo—. Fingirás estar bien, sonreirás y lo afrontarás.

—Sí —asiento, aún dubitativa en si es lo correcto.

¿Es lo correcto?

Tal vez no, tal vez no es lo correcto. Tal vez me pude haber equivocado, pero ya está hecho. Ya no puedo retroceder al pasado y cambiarlo. Emiliano abre la puerta, dejando ver a Bastian ahí de pie, pero apoyado en la pared, pálido, sudoroso, y tal vez no queriendo escuchar a Thiago hablar. Dándose que estático de un segundo al otro, por el rabillo del ojo de mí, abrir la jaula del hurón que viene corriendo a mis pies. Me agacho, agarrándolo.

—Pasen —digo, interrumpiendo a Thiago, que no ha dejado de hablar.

Me levanto con cuidado cargando a Nuvis en brazos, acariciando la parte trasera de sus orejas. Me siento en la cama intentando mantenerme a raya con las emociones y las preguntas.

Los tres que han entrado se mantienen parados, aunque Thiago se adelante y se sienta justo a mi lado pero en el suelo, miro a Emi quien se ríe. Niego y miro a Bastian, las ojeras lo delatan. El cansancio ya parece salir por cada poro de su cuerpo.

—Sientense, por favor —mi voz suena como mis emociones, alterada, incomunicativa y algo seca—. Tenemos que hablar, y la mayoría en esta habitación está involucrada.

Intento sonreír, Nuvis se remueve y lo dejo en la cama, corre a reclamar el espacio de Dean se va a sentar, Emiliano no se puede aguantar la carcajada, todos los miran a excepción mía.

—Nuvis, ven acá —regaño con la intención de acercarme.

—No es necesario —la voz de Dean me detiene, por no decir que me paraliza—. Me gusta estar de pie.

Thiago voltea a verlo a el, con una cara muy graciosa, está confundido al igual que Emi, pero nadie habla y el silencio se va haciendo incómodo, Bastian mira al hurón regocijarse en el espacio que iba a ser de Dean. Nadie se atreve a hablar, ni siquiera Emiliano, ni Thiago con un chiste malo de los que solía decir. Pero eso hace que una ligera punzada llegue a mi corazón, como si una aguja lo atravesará. Nada suele ser como era antes.

—¿Y bien? —me atrevo a hablar, con total tristeza en mi voz—, ¿No tiene algo que contarme?

Los presentes se miran, juraría que se quieren hablar por telepatía. Pero eso solo en películas, veo a Dean abrir sus boca mirando a Bastian, quien asiente. No sé porque lo hace, y tampoco espero entender muy pronto. Dean me mira y luego al hurón. Algo como una sonrisa tira de sus labios, pero es más que rara, pero en su rareza hay algo que la hace hermosa. No sabría decir si el brillo que sus ojos tienen, o si es por sus facciones bien controladas que casi nunca hay línea de expresión marcadas que muestren lo que siente.

—Yo empiezo —y con esas palabras, su sonrisa se va—. Lamento si suenan incoherentes mis palabras.

Luego de eso, otro silencio, menos largo. Menos tenso, pero más cargado de un significado oculto en cada mirada.




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