El Réquiem de los Mil Soles
El Bosque del Manto Gris siempre había sido oscuro, pero aquel anochecer parecía una tumba. Las copas de los árboles, espesas como muros, apenas dejaban pasar los últimos rayos del atardecer. El aire olía a hierba húmeda y a combustión distante.
En la orilla norte del río, los caballeros de Solarondo aguardaban impacientes el regreso de su príncipe.
—¿Creéis que podrá con esa cosa? —preguntó uno de ellos, sosteniendo las riendas de su caballo con manos temblorosas—. Jamás vi algo igual... no parecía humano.
—Pueda o no, debemos cumplir sus órdenes —respondió Koner, intentando mantener la compostura, aunque su voz delataba inquietud.
—Sí... además, no es la primera vez que el príncipe se enfrenta a lo imposible —añadió otro soldado montado en su caballo—. Es el Heredero del Sol Dorado. Si alguien puede vencerlo es él.
El silencio que siguió se rompió con un sonido leve, pero inconfundible.
Chapoteos.
Todos giraron hacia el río.
Entre las aguas que llegaban hasta las rodillas, dos figuras cruzaban con paso firme.
El primero, un joven de cabellera albina, llevaba en brazos a una mujer de cabellos celestes inconsciente. A su lado, Eryndor cargaba con otro hombre de armadura plateada a sus espaldas.
El pelotón se tensó de inmediato y el reflejo de las espadas desenvainadas destelló bajo la última luz del día.
—¡Ni un paso más! —gritó uno de los caballeros, apuntando con el filo hacia el albino.
Eryndor se detuvo.
Alguno de sus mechones rubios, manchados de sangre seca, le cubría parcialmente los ojos. Su respiración era pausada, pero el leve temblor de sus parpados traicionaba su serenidad.
Rikhart, detrás, tragó saliva, notando cómo el aire se volvía más pesado con cada segundo.
Koner dio un paso adelante. Su mirada cayó sobre el caballero a las espaldas de Eryndor.
Reconoció el rostro de Yugo, y la sorpresa le arrancó un temblor en la espada.
—¡¿Qué significa esto...?! —balbuceó—. ¡¿Qué hace este sin sangre caminando junto a los enemigos?!
Se giró hacia los demás, buscando respaldo.
—¡Este bastardo nos ha traicionado!
Yugo levantó la cabeza, su mirada estaba cargada de furia. Iba a responder, pero el sonido que vino después silenció hasta al viento.
Eryndor alzó el brazo. Un simple gesto con un chasquido de dedos.
¡¡¡WHHOOOMM!!!
Una explosión cegadora desgarró el cielo.
La onda expansiva barrió el bosque, arrancando hojas y ramas, haciendo que los caballos relincharan y los hombres se cubrieran el rostro.
Las primeras estrellas que asomaban fueron devoradas por una llamarada dorada y rojiza que ascendió al firmamento como un sol improvisado.
Luego vino el silencio.
Denso y absoluto.
Eryndor siguió caminando hacia la orilla con el agua partiéndose con cada uno de sus pasos.
Rikhart lo siguió con la frente empapada de sudor y el pulso acelerado.
—¡No... no os acerquéis más! —gritó Koner, retrocediendo. Su espada temblaba, y con ella, su voz.
Eryndor levantó el rostro.
Una gota de sangre le resbaló desde la barbilla hasta caer en el río, tiñendo un remolino con un destello escarlata. Sus ojos azules emergieron entre los mechones dorados: Aquella mirada desprendía una decisión tan fría que hizo que varios caballeros bajaran sus armas sin entender por qué.
—Llevad a Yugo y a esta mujer al asentamiento de Windmere —ordenó con voz firme, señalando el cuerpo inconsciente de Kaelis en los brazos de Rikhart para que alguno la tomara.
Koner negó, crispado.
—¡No! ¡No lo haremos! Esa mujer... ¡esa mujer es...!
—Esa mujer me salvó la vida —interrumpió Yugo desde atrás, con tono grave.
Todos lo miraron.
El silencio volvió, pero esta vez cargado de confusión.
Las miradas de los caballeros vacilaron entre Yugo y Eryndor, mientras el sudor corría por la frente de Koner como un río helado.
Nadie se atrevía a respirar.
—Es verdad... No miento —prosiguió Yugo, con un leve temblor en sus puños—. Esa mujer... detuvo una explosión con su propio cuerpo. Si no lo hubiera hecho, yo habría estallado en mil pedazos.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como un juicio sagrado.
Koner rio, con una carcajada tensa y hueca, que intentaba tapar su miedo.
—¡M-miente! ¡Eso es! —gritó, retrocediendo con la espada aún en alto—. ¡Yugo se ha aliado con el enemigo, nos está engañando!
Pero antes de que pudiera continuar, una mano pesada se posó sobre su antebrazo.
El soldado corpulento a su lado le sostuvo la mirada y, con un leve movimiento, bajó la hoja de su espada.
—Yugo jamás haría eso —dijo con firmeza.
Aquel caballero avanzó despacio hacia Rikhart. Sus ojos se cruzaron, cargados de tensión, pero también de una comprensión silenciosa.
El espadachín respiró hondo con su mandíbula tensa.
—¿Puedo... confiar en vosotros? —preguntó finalmente, a medio camino entre el recelo y la súplica.
El soldado no dijo palabra.
Solo asintió, con una seriedad que bastó.
Rikhart exhaló lentamente, y con un gesto cuidadoso, depositó el cuerpo de Kaelis en sus brazos.
Estaba pálida, con todo su cuerpo repleto de heridas graves tapadas torpemente por su propio hielo.
—Gracias... Dolfrey —murmuró Eryndor, mientras terminaba de cruzar el río para montar a Yugo sobre su caballo azabache.
Algunos soldados aún titubeaban, incapaces aún de recibir una orden de Eryndor, pero otros empezaron a obedecer.
Uno a uno, comenzaron a preparar sus monturas.
—Necesitan atención médica inmediata —ordenó el príncipe con voz firme y autoritaria, pero sin alzar el tono—. Si cabalgáis hacia el este, alcanzaréis Windmere en media hora. Y que quede claro —añadió, clavando su mirada en Koner—, si alguno de vosotros desobedece esta orden... juro que se las verá directamente conmigo.
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Editado: 22.09.2026