La Alianza Humana
¡¡GHHHRRRAAAAK—THOOOOOM!!
Un fogonazo rasgó el aire.
Una katana dorada y otra negra como la noche chocaron a mitad del claro, creando un destello que iluminó los árboles cercanos.
La guadaña gélida de Kaelis interceptó ambas hojas con un arco azul que congeló la hierba bajo sus pies.
—Tus movimientos son cada vez más fluidos, Rikhart —dijo, recuperada por completo, con una expresión que mezclaba ferocidad y orgullo.
—¡Y lo serán aún más! —Rikhart estalló en una risa eufórica, aunque su rostro ocultaba una pequeña mueca de sobreactuación.
Pocos metros más allá, otros dos guerreros se movían con una gracia que casi rivalizaba con la danza del viento:
Kiru y Adel.
Adel esquivaba ataques con la elegancia innata de un héroe destinado a ser visto por todos. Su larga capa blanca seguía cada uno de sus desplazamientos como si fuera parte de él.
Kiru, enfrente, se movía con una intensidad más cruda: melena oscura suelta, cuerpo firme, la bufanda roja ondeando como una estela de sangre y fuego mientras intercambiaba golpes.
—Hace días que Kael no sale a saludar —comentó Adel, esquivando un puñetazo envuelto en fuego oscuro sin perder la compostura—. Y por si fuera poco tus movimientos y estrategia a la hora de pelear están incrementando —chascó la lengua, impresionado—. Nada pero que nada mal, Kiru.
Kiru sonrió, sin perder el ritmo de la pelea. Ya no llevaba vendas; solo su atuendo oscuro victoriano ceñido a su cuerpo.
—Esa era la idea. Mantener a ese monstruo a raya —giró sobre sí mismo, lanzando una patada lateral que Adel esquivó por milímetros—. ¡Mientras te alcanzo poco a poco!
Adel abrió los ojos con un brillo ofendido... y encantado.
—¡Hah! Conque quieres igualarme...
El aire vibró y la Essentia de Adel estalló alrededor de él como un sol naciente, iluminando el claro con un resplandor dorado que hacía temblar las hojas.
El suelo bajo sus botas crujió como si algo antiguo despertara.
—Entonces... —una expresión heroica y confiada se dibujó en sus labios— ¡vas a tener que mejorar muchísimo...!
Se irguió, bajó el brazo, y el poder aumentó otra vez.
—¡MÁS!
Kiru apenas tuvo tiempo de adoptar la guardia.
Adel desapareció en un destello blanco.
¡¡FWOOOOOOOSH—THRAAAAAAAAAAAM!!
La onda de choque estalló como un relámpago sólido, golpeando los antebrazos de Kiru y arrancando destellos cegadores por todo el claro.
El aire se estremeció. Las hojas vibraron. Los pájaros escondidos en las copas estallaron en un vuelo.
Kiru hincó los pies al suelo, dejando dos profundos surcos en la tierra mientras sus talones chirriaban contra la tierra.
Rikhart, con un brazo cubriéndole los ojos, gruñó al sentir el viento remolinear alrededor.
—¡Eh! ¡Si vais a descontrolaros, avisad o piraos al otro extremo del bosque! Algunos intentamos entrenar sin quedarnos ciegos.
Adel permanecía perfectamente erguido con las manos apoyadas en la cintura.
—Perdóname, Rikhart. A veces... —se señaló a sí mismo con ambos pulgares— no calculo lo deslumbrante que puedo llegar a ser. ¡Heh, heh, heh!
Rikhart le sostuvo la mirada con una ceja arqueada, entre fastidio y diversión.
—"Ja, ja..." Muy gracioso. Pero luego quiero que me hagas lo mismo a mí.
—Tenlo por seguro, amigo —respondió, antes de girarse de nuevo hacia Kiru.
El Portador se incorporó lentamente, con los brazos aun temblando y el eco del impacto recorriéndole los huesos.
—Es... abrumador —murmuró, mirando sus manos abiertas—. Incluso con mi núcleo despierto la diferencia sigue siendo gigantesca.
Entonces tragó saliva, cerró sus puños y clavó su mirada en el príncipe que caminaba hacia él.
«Esta guerra... ¿Realmente tenemos posibilidades?»
Adel se crujió el cuello con un movimiento lento y con la sombra de una sonrisa campeando en sus labios.
—Puedes continuar, ¿no, Kiru?
Él asintió con un hilo de sudor deslizándose por su sien.
—¿Qué te hace pensar que no?
Adel soltó una carcajada ensordecedora, amplia y brillante.
—¡Muy bien! Eso está... ¡MUY BIEN!
Y sin más aviso, el príncipe se lanzó hacia adelante.
Kiru apenas vio un destello antes de que ambos chocaran en un estallido de fuerza.
Sus sombras se entrelazaron entre golpes de Essentia y ondas de choque. El terreno bajo sus pies estallaba. Los árboles se inclinaban.
Golpe, bloqueo, giro, explosión.
Un frenético baile de colisiones.
Hasta que:
—¡Ha llegado el día! —la voz de Eryndor cortó el combate como una campana.
Adel y Kiru detuvieron sus puños a milímetros del rostro del otro.
Rikhart frenó su embestida contra el arma de Kaelis, y ella bajó su guadaña segundos después.
Los cuatro giraron a la vez.
Eryndor estaba posado en el tronco de un árbol con su capa hilachada moviéndose detrás de él, silueteado por el imponente reino de Solarondo extendiéndose a su espalda. Su pecho subía y bajaba ligeramente, como si hubiera corrido a toda velocidad.
—Aldebrant nos ha convocado para nuestra primera misión.
El silencio que siguió fue pesado y denso, como el momento antes de desenvainar una espada.
Rikhart deslizó sus dos katanas a sus vainas con una expresión feroz.
—¡Al fin algo de acción!
✦ ✦ ✦
Aldebrant aguardaba montado sobre un caballo imponentemente grande, de pelaje blanco puro, tan corpulento que parecía que había nacido para sostener la envergadura del rey.
El monarca vestía su armadura de oro viejo, oscura y solemne. Esa que portaba siempre y que parecía ya parte de él.
A ambos costados, un paso más atrás, dos caballeros permanecían inmóviles como estatuas sagradas. Sus armaduras blancas relucían como la luz del alba y las capas rojas ondeaban con cada soplo del viento, custodiando silenciosamente la espalda del rey.
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Editado: 02.11.2026