Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 19 (L2)

Víctor Greylock

La noche era fría.

Una luna llena, vasta y pálida, se alzaba sobre el cielo iluminando los templos abandonados de piedra con una luz espectral.

Las ruinas del castillo de Zhalgor emergían entre sombras y bruma, como si fueran figuras rotas que parecían observar en penumbra.

Un silencio espeso, apenas perturbado por la brisa nocturna que se deslizaba entre las columnas derruidas, hacía gemir la piedra desgastada.

Sangar permanecía en la retaguardia de las ruinas. Su largo cabello cerúleo se mecía suavemente con el viento, rozando unos ojos escarlatas cargados de una duda que no se atrevía a pronunciar.

Ante él, recortada contra el resplandor y la niebla, se erguía la figura imponente.

Zhalgor.

El manto oscuro descansaba sobre sus hombros como una extensión de su propia sombra, y su postura era tan firme que daba la sensación de que los templos se sostenían gracias a él.

—No tienes por qué resguardar lo que queda de estas ruinas, Sangar —dijo sin volverse, ajustando el manto con un gesto lento y preciso—. Dudo que Caius abandone este lugar, y mientras él esté aquí, nada ni nadie se atreverá a aproximarse.

Sangar bajó ligeramente la mirada hacia los templos caídos.

—Lo sé, señor —respondió con serenidad—. Solo quería pasar una noche más en este lugar antes de partir.

Zhalgor no respondió de inmediato.

Su mirada se hundía en el espeso bosque que lo rodeaba todo.

El silencio volvió a cerrar sus fauces sobre ambos, pesado y opresivo.

Sangar lo observó de reojo. Con el ceño apenas fruncido y el cuerpo tenso.

Hasta que:

—¿Qué te preocupa, Sangar? —preguntó Zhalgor al fin, con un tono firme que no admitía evasivas.

Las palabras cayeron como un filo invisible.

Sangar sintió un estremecimiento recorrerle el pecho.

Tragó saliva y finalmente... habló.

—Perdone mi osadía, pero... —dijo con cautela—. ¿Podría saber con quién hizo la Atadura de Nexo por la que no podemos acercarnos a las Ciudades Libres?

Zhalgor se giró de golpe.

Por un instante, su expresión osciló entre sorpresa e irritación.

—¡¿Te lo ha contado Seltharia?!

Sangar no respondió.

Cerró los ojos y agachó la cabeza, llevando el puño al pecho en un gesto solemne.

No iba a delatar a uno de los suyos.

Ni siquiera bajo aquella presión.

Zhalgor lo observó en silencio.

Luego, inspiró hondo.

—Es un viejo amigo —dijo, con una calma que no disipaba del todo la gravedad de sus palabras—. Así que, si lo que te preocupaba era que fuera un enemigo... descuida.

Se giró de nuevo hacia la niebla.

—No me arrepiento de haber hecho esa Atadura.

Sangar alzó la mirada de inmediato, incapaz de ocultar su confusión.

—¿Un viejo amigo? —repitió—. ¿Un viejo amigo que desea proteger específicamente esas ciudades?

Zhalgor comenzó a caminar hacia la penumbra.

Y Sangar lo siguió a unos pasos de distancia.

—Ese humano mantiene un vínculo profundo con esos lugares —respondió— Es algo que no nos concierne. Pero puedo estar seguro de que no será un obstáculo en nuestra conquista.

«Un humano...», pensó Sangar.

«Si realmente es un simple humano, Seltharia lo matará. No me cabe duda.»

Sus ojos se clavaron de nuevo en la espalda del Portador Caótico, con inquietud.

«Pero Zhalgor parece conforme con ese pacto. Estoy seguro de que si Seltharia lo mata no la perdonará.»

La imagen acudió a su mente sin permiso.

Aquella noche.

La noche en que Zhalgor casi arrasó todo a causa de Kaor.

«La forma de pensar de Seltharia no es errónea. Pero no quiero ni imaginar lo que vendrá después.»

Zhalgor se detuvo de pronto y cerró los ojos.

—Calculo que tardaré semanas en volver. Quizá incluso un mes.

El viento se alzó ligeramente, agitando su capa.

—Sería imprudente dejaros tanto tiempo sin un líder, dadas las circunstancias actuales.

Sangar se detuvo tras él con atención.

—Pero necesito cumplir el pacto que hice con Lorenzar —continuó—. Y sé que ninguno de los demás aceptará de buen grado a un líder provisional.

Zhalgor abrió los ojos lentamente.

—Sangar, te encargo que los supervises a todos.

Sangar parpadeó, sorprendido.

—¿Que los... supervise?

Zhalgor alzó ligeramente el mentón.

—Así es. Te encargarás, especialmente, de evitar que cualquiera de ellos cometa una imprudencia. ¿Queda claro?

Sangar no respondió.

Se quedó observando un punto fijo en la niebla, mientras innumerables escenarios cruzaban su mente: Seltharia, la Atadura, el humano, las Ciudades Libres, y la furia inminente de Zhalgor.

Zhalgor giró apenas el rostro, mirándolo de reojo.

—¡¿Queda claro?!

—S-sí, señor —respondió tras parpadear varias veces, inclinándose en una breve y respetuosa reverencia.

Zhalgor asintió.

—Bien.

Flexionó las rodillas, su postura dejó entrever la fuerza monstruosa que contenía.

—Te confío esta misión hasta que regrese. Buena suerte, Sangar.

Y en un parpadeo... Zhalgor salió disparado hacia la niebla.

El aire explotó a su paso, abriendo un túnel limpio entre la bruma que se disipó rápidamente, extendiéndose hasta la arboleda, antes de cerrarse de golpe, como si nunca hubiera sido atravesada.

Sangar permaneció inmóvil unos instantes más y entonces comenzó a caminar, internándose entre los templos derruidos. Sus pasos eran firmes, pero medidos, como si cada uno de ellos cargara con el peso de lo que acababa de aceptar.

«Maldita sea...No podré mantenerlos a raya todos al mismo tiempo.»

Su mirada se endureció.

«Está claro que Kaor y Virel serán los más problemáticos. Pero Seltharia... ella será el verdadero problema si no la detengo a tiempo.»

El recuerdo se abrió paso sin permiso.




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