Cuando la Noche Mira al Sol
Los rayos aún no asomaban por el horizonte en aquella espesa noche sin luna.
No muy lejos del Manto Gris, al este, se alzaba una metrópolis imposible de confundir: arcos colosales que parecían desafiar al cielo, agujas góticas que perforaban la negrura y edificios retorcidos como huesos petrificados.
Varkhalem.
Aquella madrugada era como cualquier otra en aquel lugar maldito: disparos perdidos en la lejanía, fogatas donde criaturas y humanos se descomponían en su interior, y ataúdes antiguos abandonados en plena calle como si fueran mobiliario urbano.
Varkhalem no había cambiado ni un ápice. Era una ciudad que apestaba a muerte, desesperación y gloria corrompida.
Bajo sus desérticas y angostas calles, una figura imponente avanzaba sin prisa, llenando el subsuelo con un eco profundo y antiguo.
Zhalgor.
Sus tres coletas se mecían al compás de sus pasos, junto a su larga y oscura capa adornada con detalles granates. Cada pisada resonaba con una elegancia inquietante. Se dirigió hacia el final de una calle que terminaba abruptamente en un precipicio.
Cuando llegó al borde, lo contempló con sus propios ojos.
El vacío que dejó Kaor en Kharlem, el origen de la metrópolis.
Todo lo que veía era un páramo oscuro y calcinado. No quedaban ruinas, ni vegetación, ni restos de vida: solo un mar inmenso de cenizas extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, ondulando bajo la brisa nocturna como un océano muerto.
Zhalgor se agachó en la punta de una roca sobresaliente, manteniendo el equilibrio con gracia, observando la devastación con la misma expresión que uno dedicaría a la travesura de un niño indisciplinado. Sus ojos afilados brillaban con un destello frío, y sus labios permanecían rígidos en una línea seria e imperturbable.
Entonces se incorporó con solemnidad y se dio media vuelta para internarse de nuevo en la oscura metrópolis.
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Los minutos se deslizaron, y el semidios llegó al corazón de Varkhalem: una plaza solitaria presidida por una enorme fuente seca de gárgolas de piedra con extrañas formas de aves y peces, y, frente a ella, una catedral tan siniestra que parecía devorar la luz de las estrellas.
Sin perder su paso tranquilo, se dirigió hacia la mole oscura, atravesando el portón entreabierto cuyo arco superior mostraba un grabado erosionado en piedra:
"Catedral Basílica de la Ascensión".
Al cruzar el umbral, una corriente helada recorrió el interior, como si el edificio respirara al recibirlo.
El suelo estaba alfombrado por sangre, cenizas y restos de cadáveres.
Humanos que, no mucho tiempo atrás, habían sido bestias. Ahora reposaban inmóviles, llenos de cortes y quemaduras.
Zhalgor chasqueó la lengua, con una mezcla de asco y decepción, elevando la barbilla con altivez mientras ascendía los escalones hacia la segunda planta. Su capa se abrió ligeramente con cada paso, ondeando tras él.
—¡Anselm! —tronó su voz profunda.
El eco retumbó por toda la catedral, resonando entre bóvedas y vitrales rotos como un rugido ancestral.
Pero no hubo respuesta.
Un tic apenas perceptible crispó la comisura de su boca.
«Ese maldito humano está desperdiciando el poder que le otorgué...»
Su pensamiento se interrumpió de golpe cuando alcanzó la cima de las escaleras.
Zhalgor se detuvo. Sus pupilas se contrajeron.
Ante él se extendía...
Un paisaje helado.
Picos de hielo puro atravesaban el suelo y las paredes como lanzas cristalinas surgidas de una tormenta detenida en el tiempo. La nieve cubría la estancia en olas blancas, como si un océano gélido hubiera irrumpido allí y se hubiese congelado en un solo segundo.
Las puntas de hielo perforaban cuerpos humanos en descomposición, suspendidos grotescamente en el aire, aún marcados por cicatrices que delataban sus transformaciones en bestias por el Padre Anselm.
Zhalgor ascendió el último escalón, acercándose a uno de los cristales.
«Este hielo...»
Clavó sus dedos en él y lo arrancó con un chasquido seco.
La superficie helada brilló con un celeste profundo y enigmático.
Sus ojos afilados recorrieron la sala mientras la llama granate de su palma devoraba lentamente el fragmento, derritiéndolo hasta convertirlo en agua que resbaló entre sus dedos.
«Llevarán como mínimo una semana descomponiéndose...»
Miró su mano empapada, dejando que una gota descendiera hasta su muñeca.
«Y solo conozco a un ser capaz de crear un hielo tan gélido que se mantenga intacto durante tanto tiempo...»
Su mandíbula se tensó.
Avanzó hacia un vidrial resquebrajado, deteniéndose frente al enorme ventanal.
El viento helado azotó su rostro.
«Ese amnésico... Si Cryssandra estaba con él, no habría tenido sentido retrasar la conquista. Y conociéndola, seguro habría convencido al ser que controlaba el cuerpo de Kael de rebelarse contra los demás...»
Su mirada descendió, fría y calculadora.
«Además de que ya no tengo la carta de la niña.»
Zhalgor apoyó un brazo sobre el marco, inclinando la cabeza levemente mientras se hundía en sus pensamientos.
«Pero ¿por qué debería preocuparme? Kael está muerto, y Cryssandra no será siquiera un obstáculo por sí sola...»
La expresión de Zhalgor se oscureció y sus ojos perdieron toda emoción, quedando tan fríos como el hielo tras él.
Giró sobre sus talones con una postura erguida y dominante, descendiendo los escalones sin mirar atrás.
—Kaor... —murmuró en la penumbra.
Su voz se desvaneció junto con su figura, como si la catedral misma la devorara. Dejando en soledad aquella gélida estancia llena de cadáveres en putrefacción.
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A kilómetros de Varkhalem, un carruaje oscuro avanzaba con firmeza sobre la inmensa llanura. La escolta lo rodeaba como un enjambre disciplinado: caballeros montados en caballos musculosos, armaduras relucientes bajo los primeros rayos del sol y espadas tintineando con cada galope.
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Editado: 22.09.2026