Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 12 (L2)

El Cuervo Rojo

La oscuridad de la noche devoraba los bosques, los reinos y las montañas por igual.

No había luna.

Ni siquiera un reflejo pálido.

Solo un vacío absoluto que convertía la noche en algo más profundo y más opresivo de lo normal. Ni el desolado reino que la envolvía ayudaba a romper aquel manto.

Era una ciudad abandonada hacía siglos, de arquitectura gótica pero menos majestuosa que Varkhalem: torres inclinadas, arcos semiderruidos, vitrales rotos que parecían ojos sin vida.

Y allí, entre tanta ruina inmóvil, un único sonido rompía el silencio:

Pasos.

Fuertes.

Marcados.

Implacables.

La figura de un hombre avanzaba como si la oscuridad misma retrocediera ante él.

A la escasa luz de las estrellas se distinguían apenas algunos trazos de su aspecto: Un rostro tallado como piedra, definido y tranquilo. Músculos sólidos bajo una chaqueta segmentada que encajaba en su cuerpo con natural autoridad. Y un manto largo, oscuro, que parecía beberse la luz misma, fusionándose con las sombras como un espectro que caminaba por voluntad propia.

El hombre se dirigía hacia una antigua y desolada catedral que se alzaba al final de la calle principal.

Entonces, algo estalló en uno de los pasadizos que acababa de dejar atrás.

Un gruñido monstruoso.

Profundo.

Bestial.

Tan violento que el suelo vibró bajo sus pies.

El eco del rugido que le siguió viajó por toda la ciudad, haciendo crujir fachadas abandonadas.

La criatura avanzaba con pisadas que eran golpes de martillo, haciendo temblar el pavimento. Su respiración era un jadeo húmedo y rabioso, y su gigantesca sombra se estiraba devorando callejones enteros con cada paso.

Pero el hombre no se giró. No disminuyó el paso. Ni siquiera tensó un músculo.

El monstruo lo seguía babeando más a cada metro que se acercaba.

Era descomunal, cercano a los quince metros de altura, una masa de oscuridad viva que rozaba los tejados al inclinarse hacia su presa.

Y entonces, lo inevitable ocurrió.

La criatura se lanzó sobre él con un estruendo devastador.

En ese instante—

¡FFWWHHOOOMMM!

Una llama granate, calma y silenciosa, cobró vida en la palma del hombre.

La luz expandió un círculo perfecto a su alrededor, revelando todo en un instante: Las fachadas rotas. El polvo suspendido en el aire. Y la monstruosa figura que estaba a punto de devorarlo.

La criatura se detuvo en seco, a escasos centímetros de aquella espalda.

A la luz temblorosa, su verdadera forma quedó expuesta: Un licántropo gigantesco y extremadamente delgado, de pelaje negro como un abismo sin fondo, salpicado de sangre seca y cicatrices brutales. Sus garras eran tan inmensas que podrían partir una torre en dos. Pero sus ojos... Sus ojos estaban llenos de terror absoluto.

Porque frente a él no había un hombre.

Era Zhalgor.

El monstruo retrocedió un paso.

Luego otro.

Hasta que su instinto alterado lo obligó a girarse y huir como un animal que ha visto algo que su naturaleza jamás le permitió enfrentar. Su gigantesco cuerpo desapareció entre colosos de piedra mientras sollozaba con gruñidos aterrados.

Zhalgor no abrió los ojos. Ni siquiera se molestó en observar cómo huía la bestia. Simplemente siguió caminando, apagando la llama con un suave gesto y guardando las manos en los bolsillos del manto que lo cubría. Como si nada en aquel reino muerto fuera digno de su atención... hasta que llegó a la entrada de la catedral.

Las puertas, enormes como murallas de hierro corroído, cedieron ante él con un solo empujón, rindiéndose ante la fuerza del Portador.

Zhalgor avanzó sin detenerse, envuelto en un silencio sepulcral que parecía adelantarse a cada uno de sus pasos.

El interior era un mausoleo congelado en una eternidad sombría.

Columnas gigantes, tan gastadas que parecían hechas de ceniza petrificada, se alzaban hacia un techo apenas visible. Entre ellas, estatuas derruidas de antiguos dioses observaban con semblantes rotos.

Pero no eran las estatuas lo que llenaba el aire.

Eran los ojos.

Miradas invisibles que reptaban por las paredes, se deslizaban entre las grietas, y se clavaban en su espalda como insectos hambrientos.

Cualquier otro hombre habría sentido su pecho comprimirse bajo una presencia tan opresiva. Zhalgor, en cambio, avanzaba con la misma calma imperturbable de antes de entrar.

Subió las escaleras hacia el altar, apenas iluminado por unos candelabros con pequeñas llamas granates que sobrevivían a duras penas.

Detrás del altar, sentado como un sacerdote blasfemo a punto de impartir una misa prohibida, se encontraba un hombre cuyo aspecto hablaba por sí solo.

Una máscara de un cuervo carmesí ocultaba su rostro, un desabrochado abrigo de plumas negras adornaban su torso desnudo como si no tuviera que presentar respetos ante nadie.

La figura implacable de Zhalgor chocaba con la suya: descarada, relajada y peligrosa de una forma completamente distinta.

Entonces, la voz del Portador retumbó en toda la catedral cuando alcanzó el último peldaño.

—Cuanto tiempo, Lorenzar Scarlane.

El hombre del cuervo se incorporó lentamente, con una elegancia casi burlona.

Llevó su mano a la máscara y la retiró despacio, revelando una sonrisa ancha y radiante de confianza.

—Debe ser algo verdaderamente importante... para que vuelvas a acudir a mí después de tantos años, Zhalgor —su voz estaba llena de arrogancia absoluta mezclado con una calma inquietante. Su mano señalaba uno de los candelabros con un gesto exageradamente amable—. ¿Te importaría? Aquí la iluminación deja bastante que desear.

Zhalgor ni siquiera inclinó la cabeza.

Una chispa invisible recorrió el aire cuando miró de reojo las débiles llamas.




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