Apertura De Nexo
La sombra detrás de ellos se estiró como si respirara por sí misma.
Y de ella surgió Dorian.
—Encantado de recobrar vuestra presencia, mozos —dijo, mientras posaba ambas manos en sus hombros, inclinando el rostro encapuchado tras ellos, tensándolos al instante—. Han transcurrido ya varios días desde la última vez en que tuvimos a bien parlamentar.
Kiru dio un salto instintivo, el banco rechinó, y él giró señalándolo con un dedo acusador.
—¡Eh, Administrador! ¡¿Tienes algún gusto culposo por aparecer de la nada?!
A su lado, Kaelis permanecía rígida, aún sentada con una sonrisa nerviosa y los ojos cerrados, como si tratara de recuperar la compostura perdida en aquel susto.
Dorian ladeó ligeramente la cabeza.
—Oh, por supuesto… ¿cómo lo supisteis?
La pregunta hizo que la ceja de Kiru se elevara con ironía.
El Administrador rodeó el banco con un paso que no llegó a escucharse y se situó junto a él. La sombra de su capucha ocultaba su rostro por completo, pero aquella presencia era imposible ignorarla.
—He de confesaros que me ha sido… harto engorroso entablar conversación con vuestra merced.
Su mirada se posó en Adel, Eryndor y Rikhart, que entrenaban con golpes que resonaban con choques metálicos en el Patio Real.
Kiru ladeó la cabeza, extrañado.
—¿Y a que has venido esta vez? ¿Una nueva cacería?
Dorian sonrió ampliamente mirando al Portador.
—Nada más lejos —respondió con un leve gesto—. Vengo únicamente a preveniros: me ausentaré por un tiempo dado que vuestra permanencia en estas tierras se prolongará por meses.
Kiru soltó una risa nasal.
—Te diría que echaré de menos tus sustos, pero… —se detuvo de golpe, abriendo los ojos—. Espera… ¡¿cómo sabes que estaremos unos meses en Solarondo?!
El Administrador no respondió.
La comisura de su sonrisa simplemente se estiró un ápice más.
Dorian echó a andar hacia la sombra proyectada por un enorme roble cercano sin volver la vista atrás.
—Aguardaréis mis palabras en futuras sendas, cazadores. Entre tanto… reposad cuanto os sea posible.
Y al cruzar el límite de sombra desapareció.
Como si nunca hubiera estado ahí.
Kiru parpadeó, acto seguido corrió hasta el árbol y se asomó detrás del tronco, buscando, revisando el suelo, el aire, la nada.
—Espera… ¿realmente puede desvanecerse sin más?
Kaelis se acercó lentamente, arqueando una ceja.
—¿Es que no lo sabías? Siempre lo hace.
Kiru se rascó la barbilla, pensativo mientras recorría mentalmente sus encuentros anteriores: la taberna, el bosque, Varkhalem y las calles oscuras.
—N-no… Siempre pensé que era hábil ocultándose entre la gente o entre la niebla.
Se quedó mirando la sombra del árbol como si pudiera descubrir algún truco.
Pero no había truco.
Solo Dorian.
Entonces sus miradas giraron de golpe hacia un estruendo que sacudió el aire:
Adel acababa de hacer volar medio patio de entrenamiento con una única rafaga de luz.
Los ojos de Kaelis se suavizaron al ver a los tres en plena acción.
—Todos estos siglos he vivido en las sombras. Temiendo porque ellos me encontrarían para atarme a sus planes —susurró, con una exhalación que parecía liberar un peso antiguo—. Pero jamás imaginé en que habría tantos humanos con tanto potencial como para poder hacerles frente.
Kiru la observó, sorprendido ante la vulnerabilidad en su voz, antes de volver la vista hacia el patio.
—Tenías razón, Kiru —continuó, con una expresión cálida que iluminaba sus ojos helados—. Me escondía para retrasar lo inevitable. Nunca imaginé un escenario donde ellos perdieran. Pero ahora sí puedo verlo. Gracias a vosotros.
Las explosiones del entrenamiento: chorros de luz, destellos metálicos, ráfagas que agitaban el polvo del suelo, se reflejaban en los ojos de Kiru.
Sus puños se cerraron con decisión.
—Lo conseguiremos, Kaelis. Dalo por hecho. No dejaremos que esos lunáticos se salgan con la suya —sus ojos se entrecerraron en determinación —Iremos con todo hasta el final.
Kaelis lo miró con preocupación; el cuerpo de Kiru estaba tenso, casi rígido.
Aunque miraba a los príncipes y a Rikhart, su mente no estaba allí. Estaba atrapada en un recuerdo doloroso, uno que aún ardía como una herida en su interior.
✦
Los minutos transcurrieron. Kiru y Kaelis volvieron a sentarse en aquel banco del Jardín Real, contemplando el entrenamiento hasta que, finalmente, terminó.
Adel permanecía impecable, sin una sola gota de sudor mientras que el sol de la mañana lo bañaba como si hubiera posado para un retrato heroico.
Eryndor, en cambio, respiraba con calma controlada: con tan solo un brillo casi inapreciable sobre su frente antes de que él la limpiara con la mano.
Rikhart era el más exhausto: su respiración era un rugido entrecortado, con la cara empapada en sudor y los hombros subiendo y bajando a cada bocanada de aire.
—De verdad, Kiru… recupérate pronto —jadeó, dejando escapar una carcajada—. ¡Estos entrenamientos están siendo increíbles! ¡Jeh, jeh, jeh!
Kiru y Kaelis se levantaron al mismo tiempo.
Él, en particular, tenía una expresión casi orgullosa hacia su compañero.
—Deberías terminar de recuperarte, Rikhart —dijo acercándose, señalando su torso—. Aunque estés mejor que nosotros dos, sigues lleno de heridas.
Bajo su chaqueta negra, las vendas envolvían cada parte de su abdomen y hombros como un mapa de batallas recientes.
Rikhart abrió la boca para protestar, pero Adel apareció a su lado en un parpadeo, echándole un brazo por encima del hombro como si apadrinara a un héroe emergente.
—¡Hah hah hah! Vamos, vamos… —tronó con su voz grandilocuente—. El chico no quiere dejar de mejorar, y eso hará con nosotros.
Rikhart sonrió con orgullo salvaje, mientras Kiru se llevaba una mano a la frente junto a una sonrisa cansada.
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Editado: 09.10.2026