Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 11 (L2)

Esperanza En Windmere

La voz de Kiru resonaba con un eco distante, como si hablara desde el fondo de un abismo. Recuerdos efímeros cruzaban su mente a toda velocidad, fugaces como destellos de luz sobre un lago oscuro.

«Una pesadilla... Todo fue... ¿una pesadilla?»

El sonido de pasos apresurados.

Sombras arrastrándolo a través de un bosque devorado por la noche.

Y luego... dolor.

Un dolor tan intenso que parecía traspasar la frontera de lo real, como si su propia alma hubiese sido desgarrada.

Su respiración se aceleró.

Su corazón retumbó en aquella negrura.

Fragmentos borrosos del combate en el Manto Gris se estrellaban contra su mente: luces, explosiones, gritos... cinco guerreros entrelazados en un caos imposible de describir.

Y entonces...

Despertó sobresaltado.

Sus ojos se abrieron de golpe, escaneando el entorno con urgencia, como un animal atrapado. Se llevó una mano al pecho, intentando dominar su respiración irregular.

Lo primero que vio fue un techo de madera oscura, viejo y surcado por grietas profundas.

Se incorporó con un espasmo, observando aquella estancia con creciente confusión.

Mesas rústicas repletas de vendas. En una de ellas estaba la antigua bufanda de Erika. Dos camas vacías a su derecha, impecablemente ordenadas. Antorchas prendidas en las paredes, emitiendo un resplandor cálido que hacía bailar sombras suaves en la habitación.

El silencio transmitía una sensación de calma que poco a poco ayudó a regular su respiración.

«¿Dónde estoy?... ¿Todo fue solo un sueño?»

Pero la respuesta llegó de inmediato cuando bajó la mirada.

Todo su cuerpo estaba envuelto en vendas: algunas cubrían heridas cauterizadas; otras protegían heridas profundas que parecían haber sanado a una velocidad antinatural.

Kiru, se incorporó lentamente, poniéndose en pie. Caminó hacia una de las mesas para agarrar su bufanda y después se dirigió hacia la puerta con pasos tambaleantes, con una mano apoyada en la cabeza que le punzaba con un dolor agudo.

«Mierda... No logro recordar nada... Es igual que cuando despierto después de...»

Sus ojos se abrieron con un destello de pánico.

«¡¿Espera, habré muerto?! No, no... No es posible. Aún recuerdo a Rikhart. Y a Kaelis...»

Su mano temblorosa se aferró al pomo frío.

La puerta chirrió con un lamento metálico al moverse.

«Rikhart... Kaelis...»

Forzó sus recuerdos, pero cuanto más intentaba, más se llenaban de ruido, como si un muro invisible bloqueara lo importante.

—¡Señor! ¡Ha despertado! —exclamó una voz femenina desde el pasillo.

Kiru giró bruscamente el rostro.

Era una joven enfermera de cabellos y ojos castaños que se acercaba apresurada, sosteniendo un conjunto de prendas limpias: ropa victoriana casi idéntica a la que él portaba antes de que aquella batalla la destrozara.

—Ho-hola... —respondió Kiru con desconcierto.

La joven hizo una pequeña reverencia, intentando ocultar el rubor que se extendía por sus mejillas.

—Tome. Estas prendas me las entregó un anciano encapuchado. Dijo que debía dárselas y decirle... —lo miró con cierta timidez— "buena cacería" cuando despertara.

Kiru extendió una mano hacia su renovado atuendo, aun masajeando la frente con la otra.

«Cierto... hicimos una cacería en el bosque. Pero... ¿por qué no recuerdo qué pasó después?»

—Disculpa... —dijo mientras sostenía la ropa—. ¿Dónde estamos? Y... ¿sabes dónde están mis amigos? Uno es un espadachín albino, y la otra es una chica con un atuendo celeste...

—¡Claro que sí! —respondió con una sonrisa amable—. Está en Windmere. Es un pequeño poblado, casi un asentamiento, dentro del Manto Gris. Y debo decir que es un verdadero honor tener aquí a nobles tan distinguidos de las Tierras Interiores. Nadie esperaba que vinieran a reposar... precisamente aquí—hizo otra reverencia, más profunda.

Kiru parpadeó, confuso.

«Nobles... ¿qué quiere decir...?»

—Y no se preocupe por sus amigos, el príncipe del sol nos ha encargado que lo tratemos con máximo cuidado...

Los ojos de Kiru se abrieron de par en par.

Una vibración recorrió su pecho, como si algo dentro de él despertara de golpe.

La voz de la enfermera comenzó a difuminarse, ahogada bajo un aluvión de recuerdos que irrumpieron sin permiso en su mente.

La lucha contra Adel.

Aquella zona del bosque convertida en un cementerio calcinado.

La luz dorada, la oscuridad abismal...

Y luego...

Kaelis.

Su clavícula siendo atravesada bajo sus dos dedos.

Su mirada aterrada.

La sensación de estar dentro de un cuerpo que no le pertenecía.

Kiru tragó saliva. Un sudor frío resbaló por su frente. Sus manos temblaban tanto que la ropa limpia cayó al suelo con un susurro ahogado.

Retrocedió un paso.

Luego otro.

La enfermera extendió la mano hacia él, confundida.

—¿Señor...? —murmuró con preocupación.

Pero Kiru no la oía. Medio tambaleándose, giró sobre sí mismo y buscó desesperado una salida.

—¡E-espera! —gritó la joven—. ¡No he podido revisar su estado! ¡Aún puede estar muy débil!

Kiru siguió avanzando, cruzando un pasillo que desembocaba en un gran salón donde varios caballeros, sentados en mesas de madera, levantaron la vista hacia él con miradas desconfiadas.

«¿Que he hecho? ¡Joder! ¡¿Qué he hecho?!»

La culpa lo empujó hacia el otro extremo de aquel lugar.

Forzó el portón del fondo del salón y una luz blanca lo golpeó de lleno.

Tuvo que cubrirse los ojos durante unos segundos mientras la vista se le reajustaba.

Cuando por fin logró ver con claridad, el aliento se le escapó por un instante.

Campesinos caminando con sacos al hombro. Caballeros sin armadura entrenando cuerpo a cuerpo entre gritos y risas. Otros cepillaban caballos robustos y brillantes. Casas de madera oscura, carpas de comerciantes, humo de chimeneas, olor a pan recién hecho.




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