Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 14 (L2)

La Caída de los Éloryn

—N-no puede ser... —susurró Kiru con la respiración entrecortada por el impacto—. Erika... ella... nunca me lo dijo.

Aldebrant entrecerró los ojos. El brillo severo que apareció en ellos era el de un hombre que había vuelto a recordar una herida antigua.

Luego se volvió hacia sus hijos.

—No tengo tiempo para juegos de niños —declaró con una voz tan firme que resonó por las columnas del Castillo Blanco—. Adel, Eryndor... usad estos días para perfeccionar vuestras habilidades junto a los nuevos miembros de la Alianza.

Y sin añadir nada más, giró sobre sus talones.

La enorme capa negra se abrió con el movimiento y descendió tras él como una ola oscura y su silueta se fue perdiendo entre las escaleras de cuarzo blanco.

Rikhart exhaló con brusquedad, incrédulo.

—¡¿Erika... de la realeza?! ¡¿Cómo demonios puede ser eso posible?!

Eryndor los observaba con puro análisis. Pero, en su mirada, había confusión.

—Kiru... —preguntó con suavidad—. ¿Por qué llevar un apellido que no te pertenece?

Kiru bajó la vista con pesar y su mano se cerró, temblorosa, sobre la bufanda roja.

—Yo... lo tomé porque no quería olvidarla —murmuró—. Para que su nombre... siguiera viviendo conmigo.

⟡ ⟡ ⟡

Los minutos siguientes transcurrieron mientras caminaban por los corredores del castillo, paredes de mármol blanco pulido donde la luz del sol se reflejaba como en un mar cristalino. Cada paso resonaba con un eco limpio.

Allí, entre columnas altísimas y vitrales dorados, Kiru, Kaelis y Rikhart contaron con detalle lo ocurrido en Kharlem.

Eryndor escuchó todo con la cabeza gacha, apretando la mandíbula cuando comprendió la magnitud de lo que habían vivido.

—Ya veo —murmuró al fin—. Lamento profundamente que tuvierais que pasar por algo así.

Adel, a su lado, tenía las manos hundidas en los bolsillos con sus hombros tensos pese a su pose aparentemente despreocupada. Sus ojos, sin embargo, ardían de rabia contenida.

—Ese maldito Portador... —escupió—. Pagará por lo que hizo.

—No lo dudes —respondió Kiru con una sombra oscura que cruzó sus pupilas.

Rikhart, aun procesando todo, se rascó la cabeza.

—Pero sigo sin entenderlo —admitió—. ¿Qué sentido tendría que Erika fuera de la realeza... y que ni siquiera lo supiera?

El silencio se cerró sobre ellos por un instante.

Fue Kiru quien lo rompió, con la mirada fija en el suelo mientras tocaba su mentón.

—Erika perdió a sus padres cuando tenía seis años... —dijo en voz baja—. Me contó que vivían en Velanthir, pero habían viajado a Varkhalem para visitarla. Y... esa misma noche, desaparecieron.

—Esa noche... —murmuró Kaelis—. Es muy probable que Anselm los capturara, o al menos, alguien que trabajara para él—. Se quedó pensativa por un momento antes de continuar—. Pero a su vez, ese cura trabajaba para Zhalgor, tenía velas que ardían con llamas granates... ¿Porque querría Zhalgor acabar con los padres de Erika?

—Quizá se cruzaron en su camino —dijo Rikhart encogiéndose de hombros— Ese enfermo no discriminaba a ninguna de sus víctimas.

—No —intervino Adel de pronto con un tono más grave de lo habitual—. Lo que sugiere Kaelis... podría tener más sentido de lo que pensáis.

Kiru lo miró, desconcertado.

—¿A qué te refieres?

Eryndor caminó hasta uno de los ventanales altos del corredor.

—En las últimas dos décadas, Varkhalem ha cambiado más veces de lo que debería cualquier reino —dijo, apoyando una mano en el marco—. Y ha soportado tragedias que harían caer a un continente entero.

El grupo se detuvo.

Rikhart desvió la mirada con sus puños cerrándose en un gesto que delataba recuerdos que prefería no revivir.

Entonces Eryndor comenzó a relatar.

⟡

—Hace veinte años Varkhalem resplandecía en uno de sus momentos más álgidos. Era uno de los tres reinos más poderosos de las Tierras Interiores, junto a Solarondo y Kharduun. Prosperidad, comercio, un poderoso ejército... incluso dicen que el cielo parecía más limpio sobre sus torres en aquel entonces.

Eryndor imaginó la ciudad en su esplendor: Innumerables edificios con las agujas negras del gótico varkhaliano, pero sin el aire fúnebre que ahora definía a la ciudad. Eran negras como ónice pulido, elegantes, majestuosas, llenas de vida y no de sombras.

—Pero todo cambió el día en que... aparecieron. Criaturas que no respondían a la Essentia, ni a las armas, ni siquiera a la lógica. No eran bestias, tampoco eran hombres. Las describían como... pesadillas que se habían hecho carne. Las llamaron... Calamidades.

La imagen mental de Varkhalem se quebró de golpe.

Criaturas del grosor de mansiones arrastrándose por las calles. Otras más pequeñas pero veloces como sombras vivientes. Colosos con cuerpos envueltos en membranas translúcidas que dejaban ver órganos latiendo como si tuvieran voluntad propia. De sus espaldas crecían cuernos, espinas, ramas de carne. Tentáculos que se retorcían como raíces podridas. Mandíbulas que chirriaban sin boca. Ojos incrustados en lugares imposibles, parpadeando en desorden absoluto.

Un festival macabro devorando todo a su paso.

—La gente no se atrevía a salir de sus casas —continuó—. Y los pocos que sobrevivían... perdían algo de sí mismos. Cada relato estaba lleno de atrocidades, de noches sin sueño, de seres que no pertenecían a este mundo. Los reinos vecinos reaccionaron ante la catástrofe. Solarondo envió tropas aquel mismo día. Aldebrant estuvo allí también, luchando junto a las últimas fuerzas Varkhalianas.

En la mente de todos cruzó la imagen de un joven Aldebrant, más esbelto y más temerario, empuñando una gran espada mientras derribaba calamidades con cortes limpios, cada movimiento seguido por un destello de Essentia dorada que iluminaba las calles destruidas.

—Pero no importaba. Las tropas morían. Los usuarios de Essentia perdían la cordura. Y cada minuto nacían nuevas calamidades, como si la ciudad fuera un nido de pesadillas. Y entonces, todo cambió. Un hombre se proclamó rey de Varkhalem justo cuando todo parecía estar perdido. En aquel mismo instante todas las calamidades, una por una, empezaron a ceder, a caer ante las últimas fuerzas de los reinos. Y aquel hombre, afirmó tener sangre Éloryn. Anunció desde lo alto del castillo que toda la familia real había muerto en aquella crisis.




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