Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 16 (L2)

La Cadena Invisible

Las horas se deslizaron aquel día hasta que la noche cayó por fin sobre el Castillo Blanco.

La estancia estaba envuelta en una calma solemne. Ni un solo hombre paseaba por los interminables pasillos de mármol; todos dormían en sus respectivas cámaras tras un largo día.

Todos menos uno.

Eryndor permanecía despierto en una habitación cálida y apartada, iluminada únicamente por la chimenea cuyo fuego danzaba con destellos anaranjados sobre las paredes blancas y doradas del lugar.

Estaba agachado, junto al calor de las llamas, sosteniendo una olla con agua hirviendo, cuando una voz anciana, quebrada pero firme, resonó detrás de él.

—No deberías desperdiciar tu tiempo conmigo, Eryndor —murmuró ella, con un hilo de voz—. Tu padre dijo que mañana reanudarás tus entrenamientos... Necesitas descansar.

Sentada en una mecedora de madera oscura, la anciana parecía aún más pequeña en comparación con la inmensidad de la habitación. Su piel era un mapa de arrugas profundas, testigos de una vida larga y llena de historias; su cabello blanco caía en suaves mechones desordenados, y sus ojos, aunque cansados, aún conservaban un brillo entrañable, de un dorado apagado.

Eryndor se levantó con la olla entre las manos y caminó hacia la mesa de mármol blanco. Tomó un vaso con hierbas trituradas y vertió el agua con cuidado, dejando que el aroma cálido se expandiera por la habitación.

—Abuela... —dijo con una sonrisa ligera mientras se acercaba—. Deja de refunfuñar. Lo hago porque quiero. Es lo mínimo que puedo hacer después de todo lo que hiciste por mí cuando era un crío.

Ella tomó el vaso entre sus manos temblorosas, llevándolo a su rostro para inhalar el vapor.

—Esas criadas llevan aquí más de diez años —gruñó— y aún no saben preparar mi brebaje de hierbas como es debido. Nunca les importó.

Eryndor rio suavemente y se recostó junto a la chimenea, mirándola con cariño.

—Bueno... yo aprendí de la mejor.

La anciana bebió despacio, cerrando los ojos para saborear cada sorbo. Y entonces sus manos empezaron a descender. Pequeñas lágrimas se formaron en sus párpados y resbalaron por sus mejillas arrugadas.

El príncipe lo notó de inmediato.

—A-abuela... —susurró, acercándose a ella.

Ella mantuvo la mirada fija en el vaso, como si en el líquido reflejara toda su vida.

—Eres... el único —dijo al fin, con un sollozo—. En toda mi vida he cuidado a dieciocho niñitos... Algunos ni siquiera saben si sigo viva... y tú... tú eres el único que todavía se queda para cuidarme.

Eryndor se arrodilló frente a ella, tomando su mano con delicadeza.

—Abuela... jamás podría olvidar lo que hiciste por mí. Nunca podré pagártelo. Usted fue la única que confió en mí, junto a mi hermano y mi padre. No importa lo que los demás recuerden o no. Yo no lo olvidaré jamás.

La anciana bebió otro sorbo mientras Eryndor le secaba las lágrimas con suavidad.

—Jamás dejes que las malas lenguas te amedrenten, Eryndor —le aconsejó con voz temblorosa—. Por tus venas corre sangre noble... y eso nadie podrá arrebatártelo.

Él sonrió con un cariño sincero, aunque en el fondo sabía que esas palabras eran un consuelo dulce más que una verdad absoluta.

—Gracias, abuela.

El tiempo transcurrió sin que ninguno de los dos lo notara.

La llama de la chimenea fue menguando, convirtiéndose en ascuas rojizas mientras conversaban de recuerdos, anécdotas y silencios compartidos.

La madrugada los devoraba, suave como un susurro.

Entonces, un ruido quebró la calma.

Un portazo.

Lejano, seco y retumbante.

La anciana ni siquiera lo percibió; seguía inmóvil, contemplando las ascuas.

—Abuela... —susurró Eryndor, tocando suavemente su hombro—. Tranquila. Solo voy a comprobar algo.

Ella asintió sin levantar la mirada, mientras él abandonaba la estancia.

✦

Los pasillos del Castillo Blanco estaban envueltos en un silencio denso.

La tenue luz de las estrellas se filtraba por los gigantescos ventanales, deslizándose sobre el mármol puro y haciendo que los pasillos parecieran flotar en un océano blanco.

Eryndor avanzaba con pasos cautelosos y con su respiración contenida.

Subió las escaleras principales y al alcanzar la planta superior un murmullo lejano comenzó a filtrarse por el aire.

Ruidos. Golpes. Gemidos.

El príncipe frunció el entrecejo y aceleró la marcha.

Fue entonces cuando lo notó:

La puerta de Kiru, abierta de par en par.

La de Kaelis... entreabierta.

Entró primero en la habitación del Portador.

Vacía.

Luego se dirigió a la de Kaelis, pegando su espalda a la pared antes de asomarse.

Y entonces escuchó sus quejidos.

Jadeos entrecortados con un tono que no era normal.

Se paralizó por un segundo, sus ojos se abrieron más, creyendo comprender... pero algo arrancó la teoría que corría por su mente y borró el efímero rubor en sus mejillas.

Un estruendo de cristal roto.

El instinto lo devoró por completo.

Giró en seco y golpeó la puerta con fuerza.

—¡Kaelis! ¿Estás bien?

Silencio.

Los quejidos se apagaron de inmediato.

Eryndor no esperó ni un segundo más.

Abrió la puerta de par en par.

Y el mundo se congeló.

Kiru sostenía a Kaelis por la boca, alzada en el aire como un objeto inerte.

Su otra mano aprisionaba el antebrazo de la Portadora, impidiéndole siquiera levantar su guadaña. A sus pies, el suelo estaba sembrado de cristales helados, restos de un estallido que aún parecía latir en el aire.

—¡¡¿PERO QUÉ ESTÁS HACIENDO, KIRU?!! —rugió Eryndor abalanzándose sobre él.

Lo agarró por el cuello con sus brazos, con toda la fuerza que poseía, pero Kiru apenas se movió un palmo.

Apenas un segundo después, un destello dorado iluminó el marco de la puerta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.