Ecos de Traición
Los meses pasaron en las Tierras Interiores.
Cada día, Kiru y los demás entrenaban con disciplina férrea: perfeccionaban técnicas, construían sus Aperturas de Nexo y, sobre todo, forzaban a Kiru una y otra vez a enfrentar la sombra de Kael en lo más profundo de su consciencia.
El progreso fue lento y duro.
Pero avanzaban.
Y, aun así, mientras ellos derramaban sudor y Essentia en un rincón del mundo, el resto del continente no se detuvo.
A cientos de leguas de Solarondo, mucho más allá de montañas, bosques interminables y desiertos de piedra, otro escenario se preparaba sin que ninguno de ellos lo supiera. En una tierra olvidada, en un páramo donde antiguos templos se alzaban como esqueletos moribundos, se encontraba Zhalgor.
El Señor del Caos reposaba sobre las ruinas de su antiguo trono, tan destruido como el castillo que lo rodeaba, reducido a polvo tras el cataclismo que cayó sobre Kaor, meses atrás.
La luna llena iluminaba su figura, que estaba recostada con la espalda ladeada y con un puño sosteniendo la mejilla, aburrido, mientras la otra mano tamborileaba el reposabrazos quebrado con un ritmo impaciente.
Hasta que…
¡¡GRROOAAK—KRAANG!!
El portón, o lo que quedaba de él, cedió con un estallido seco, desprendiendo cenizas como una explosión amortiguada.
Un Portador cruzó el umbral.
Su figura era elegante pero bélica a la vez, envuelta en una armadura carmesí casi ceremonial, adornada con filigranas negras que recordaban cicatrices. Su cabello azul cerúleo caía como venas tras una piel sobre sus hombros.
Sangar.
—Ya están aquí, señor —anunció, inclinando la cabeza con respeto.
Zhalgor levantó la mirada.
Una lenta sonrisa se curvó en su rostro, tan afilada como una cuchilla.
—Que pasen.
Sangar asintió y, con un leve gesto de su brazo, abrió paso a los Portadores.
Uno tras otro, cuatro Portadores más entraron al recinto.
El ambiente cambió de inmediato, como si el aire hubiera sido sustituido por plomo fundido.
Una presión inmensa, hecha de Essentias indescriptibles, chocó contra las paredes y las columnas que crujieron bajo la tensión.
La ruina entera parecía a punto de romperse.
El aire mismo parecía ceder ante ellos, pero Zhalgor permanecía impasible.
Él era el centro de ese huracán.
Sangar dio un paso adelante con decisión.
—Siento no haber podido reunirlos a todos, señor.
—Calma, Sangar. De hecho, son más de los que esperaba. —avanzó entre ellos, como un rey que revisa a su ejército—. Estoy seguro de que los otros dos ya están al corriente de lo que voy a anunciar.
Un murmullo de Essentia recorrió el grupo, como si algo invisible hubiera tensado los hilos del aire.
Entonces, una voz femenina rompió el silencio.
Suave, calmada y perezosa.
—¿A qué se debe esta reunión, Zhalgor?
Su voz se deslizó como un susurro sedoso entre el eco de la sala destruida.
Su sola presencia parecía ralentizar el aire.
Era alta, elegante y etérea. Sus ojos, de un violeta tan claro que resultaban irreales, parecían capaces de hipnotizar incluso a un dios distraído. Los párpados, pesados y tranquilos, le daban una apariencia perpetuamente somnolienta, como si viviera en el borde de un sueño del que nadie más era digno. Su cabello rubio pálido caía en ondas suaves por su espalda, fluyendo como oro líquido derramado.
Vestía un kimono de telas finas y translúcidas, en blancos lechosos y violetas profundos. Las mangas, largas y ondulantes, terminaban en hilos sueltos. A la altura del pecho llevaba un broche de luna creciente, plateado, frío como un fragmento de noche pura. De un fino cinturón oscuro colgaban pequeñas campanillas doradas, al igual que las dos que lucía en sus orejas, emitiendo un tintineo leve.
Cada prenda y cada hilo parecía moverse con vida propia.
Zhalgor se situó enfrente de los cinco Portadores.
Hizo una pausa calculada, evaluándolos uno a uno con la tranquilidad de quien observa un tablero lleno de piezas letales.
—Hacía tiempo que no nos veíamos, Lyssandre del Letargo Eterno, Portadora de la Llama Ilusoria.
Lyssandre inclinó la cabeza apenas unos milímetros con ojos cansados, gesto mínimo pero cargado de aquella elegancia pesada que la envolvía.
Zhalgor giró sus ojos hacia la izquierda.
Allí estaba él.
Kaor.
De brazos cruzados, apoyado contra un fragmento de pared derruida y aún chamuscada. Su mirada no apuntaba al grupo, sino a un punto invisible en la piedra calcinada, como si intentara olvidar lo que pasó. La ira contenida se le marcaba en el ceño, en los músculos de la mandíbula, en la manera en que apretaba la mano contra el brazo contrario intentando que su respiración permaneciera estable.
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Editado: 02.11.2026