Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 20 (L2)

La Bestia de Varkhalem

¡¡¡GROOOR–RRRAAAKH–SKRRAAAGH!!!

Los rugidos sacudieron la cueva como un trueno primitivo.

Las tres monstruosidades se lanzaron al ataque al mismo tiempo que desgarraban el aire con sus fauces abiertas de par en par.

Víctor las esquivó sin el menor esfuerzo.

Su cuerpo se deslizó entre ellas con naturalidad, como si aquellas bestias no fueran más que obstáculos mal colocados. Sin siquiera mirarlas, siguió avanzando, paso a paso, directo hacia a su presa de doce metros que continuaba devorando cadáveres con parsimonia obscena.

Rikhart interceptó a una de las criaturas de frente. Sus dos katanas chocaron contra las fauces abiertas, deteniéndolas con un crujido metálico mientras sus pies se hundían varios centímetros en el suelo rocoso.

—¡GRAAAH! —gruñó, apretando los dientes.

La bestia empujaba con una fuerza aplastante.

Al mismo tiempo, Kiru bloqueaba a las otras dos.

Sus manos, envueltas en llamas negras ondulantes, se hundieron contra las mandíbulas de ambas criaturas.

La Essentia rugía en sus venas mientras resistía el empuje brutal.

—E-estas cosas... —dijo, cerrando un ojo por el esfuerzo—. ¿De dónde sacan tanta fuerza?

Eryndor y Kaelis llegaron apenas unos segundos después, deteniéndose en seco ante la escena.

La Portadora tragó saliva, incapaz de apartar la mirada de la criatura gigantesca que dominaba la caverna.

—¿Qué es eso? —murmuró.

Eryndor no respondió de inmediato. Sus ojos recorrían el lugar con rapidez, analizando cada detalle, mientras pequeñas gotas de sudor frío descendían por su frente.

—Las bestias suelen fortalecerse con los años. O cuando devoran en exceso. Pero esto...

Kaelis abrió los ojos de par en par.

—Es una jerarquía —concluyó, llevándose un puño a los labios—. Las pequeñas cazan. Y la líder devora.

Eryndor asintió con gravedad.

—Y al encontrar un territorio con más alimento que Kharlem... no ha dejado de crecer en todo este tiempo.

Un rugido interrumpió cualquier otra reflexión.

—¡NO SOIS NADA! —bramó Rikhart, esquivando un zarpazo y respondiendo con una lluvia de cortes—. ¡Yo soy un cazador!

Sus hojas brillaron al cruzarse frente a la criatura.

—Y vosotras... ¡Sois simples bestias!

A unos metros, Kiru apretó su mandíbula, sintiendo cómo la presión aumentaba.

—Eso es —dijo con voz firme—. ¡Ya derrotamos a bestias mucho más fuertes que estas!

Las llamas negras crecieron, envolviendo sus brazos con mayor intensidad.

—Y ahora somos...

—¡¡¡MUCHO MÁS FUERTES!!! —rugió Rikhart.

La Essentia estalló.

Una presión invisible recorrió la caverna como una ola.

El cuerpo de Rikhart quedó envuelto en un vapor grisáceo que se elevaba desde su piel, nublando el aire a su alrededor.

Mientras tanto, Víctor se detuvo a escasos metros de la gran criatura.

Desde aquella cercanía, su tamaño resultaba aún más aberrante.

La bestia lo observaba desde lo alto, sin dejar de masticar. Uno de sus enormes brazos agarró el cadáver de un ciervo y lo alzó sin esfuerzo.

Víctor escupió el puro ya consumido y se volvió a acomodar el abrigo sobre los hombros.

—Así que... —murmuró con una sonrisa creciente—. Eres una chica maleducada, ¿eh?

Colocó otro puro entre sus labios y lo encendió con absoluta calma.

La mole de grasa ni siquiera reaccionó. Se llevó el ciervo a su rostro y...

¡¡¡KLA-THRAAAAMM—SHGLORRM!!!

El disparo fue limpio y preciso.

La bala impactó contra uno de los dedos gigantescos de la bestia, arrancándole un bramido de dolor y obligándola a soltar el ciervo, que cayó al suelo con un golpe húmedo.

Víctor permanecía erguido e inmóvil. El humo del puro se mezclaba con el que escapaba lentamente del cañón, formando una espiral frente a su rostro impasible.

La bestia rugió con toda la fuerza que le permitían sus gigantescos pulmones e intentó incorporarse sobre sus dos patas traseras.

No pudo.

Su peso superaba con creces la resistencia de aquellas extremidades cortas y débiles en comparación. El suelo crujió bajo ella cuando volvió a caer, provocando un temblor que recorrió la cueva de punta a punta.

Entonces rugió de nuevo con todas las estalactitas vibrando.

—Parece que mamá va a tener que bajar de peso —comentó Victor con desdén, ladeando la cabeza mientras acercaba la llama al puro para reavivarlo, iluminando un instante sus ojos en la penumbra.

A unos metros, Rikhart dio un paso atrás.

Sujetó sus katanas hacia atrás, bajando el centro de gravedad.

La Essentia seguía creciendo a su alrededor, envolviéndolo en aquel vapor que ondulaba como una marea contenida.

La bestia frente a él descendió sobre sus cuatro patas, clavando las garras en la roca, preparando otra embestida.

—Principiante... —murmuró Rikhart con una sonrisa torcida—. Ahora verás, vejestorio.

Ambos se lanzaron al ataque al mismo tiempo.

El choque fue inmediato.

Una explosión de luz estalló en la oscuridad de la cueva, cegándolo todo durante un instante.

—¡¡HORIZONTE DEL OCASO!!

¡¡¡WHOOSSHH–KLAAARAASSHH!!!

Rikhart cortó el aire mismo.

En el instante del impacto cruzó los brazos, trazando un gigantesco tajo circular y horizontal que se expandió como una luna de acero, recorriendo la caverna y alcanzando incluso a Kiru y a las otras dos criaturas.

Una de ellas consiguió esquivar el corte saltando en el último segundo, pasando junto al Portador Abismal.

Y él no desaprovechó la oportunidad.

—¡EXPANSIÓN ABISMAL!

El puñetazo impactó en el estómago de la criatura suspendida en el aire.

Las llamas negras envolvieron su brazo y estallaron en un vacío de blanco y negro que distorsionó la luz a su alrededor.

La bestia salió despedida, directa hacia Rikhart.




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