Demasiado Lejos De Ti

Capítulo 9 - La mujer que iba a casarse con él

Clara durmió mal.

No porque hubiera ruido.

Ni porque su madre hubiera dejado la televisión encendida.

Ni siquiera porque tuviera trabajo pendiente.

Durmió mal por culpa de tres fotografías.

Tres salones.

Tres lugares posibles para una boda.

La boda.

Hasta el día anterior, Clara había conseguido convertirla en algo abstracto.

Alejandro iba a casarse.

Sí.

Lo sabía.

Se lo había dicho él mismo.

Había visto la invitación.

Había conocido a Victoria.

Había asistido a la recepción en la que anunciaron el compromiso.

Pero una cosa era saber que dos personas iban a casarse.

Y otra muy distinta era ayudar a elegir el lugar donde lo harían.

A las dos y veinte seguía despierta.

A las tres había conseguido dormirse.

A las cinco y cuarto volvió a abrir los ojos.

Y a las siete y cincuenta y cinco estaba frente a su ordenador, convencida de que aquella mañana tenía peor aspecto que algunos informes financieros después de pasar por tres departamentos.

—Buenos días.

Marta dejó el bolso.

Miró a Clara.

—Madre mía.

—Gracias.

—¿Has dormido?

—Perfectamente.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

—Eso significa poco.

Clara abrió el correo.

—¿Tú vienes aquí a trabajar o a controlar mis horas de sueño?

—Ambas cosas.

Marta se quitó el abrigo.

—¿Ha pasado algo?

—No.

—Otra vez «no».

—Porque no ha pasado nada.

Técnicamente era verdad.

No había pasado nada.

Victoria había ido a verla.

Le había enseñado tres hoteles.

Le había pedido opinión.

Y Clara había señalado uno.

Nada más.

Una conversación absolutamente inocente entre dos mujeres.

Solo había un pequeño detalle.

Una de aquellas mujeres iba a casarse con el hombre del que la otra llevaba cuatro años enamorada.

—Clara!.

—¿Qué?

Marta la estaba mirando.

—Llevas veinte segundos mirando el mismo correo.

Clara parpadeó.

—Estoy pensando.

—Eso me preocupa todavía más.

—Trabaja.

—Eso sí que me preocupa.

Clara sonrió.

A las ocho y seis se abrieron las puertas del ascensor.

No levantó la cabeza.

Escuchó los pasos.

Alejandro pasó junto a ella.

—Buenos días.

—Buenos días.

Continuó caminando.

Clara respiró.

Bien.

Normal.

Profesional.

Entonces él se detuvo.

—Clara!.

Ella levantó la mirada.

—¿Sí?

Alejandro permaneció unos segundos en silencio.

—¿Todo bien?

La pregunta la sorprendió.

—Sí.

—Parece cansada.

—He dormido poco.

—¿Trabajo?

Clara pensó en las fotografías.

En Victoria.

En la boda.

—Más o menos.

Alejandro frunció ligeramente el ceño.

—Eso no significa nada.

—Lo sé.

Él la observó un instante más.

Clara tuvo la incómoda sensación de que estaba intentando averiguar algo.

—A las diez necesito el informe de Expansión.

—Lo tendrá.

—Gracias.

Entró en su despacho.

Marta esperó tres segundos.

—Eso ha sido raro.

—No ha sido raro.

—Muchísimo.

—Solo me ha preguntado si estoy bien.

—Exactamente.

Clara giró la cabeza.

—¿Quieres trabajar?

—No especialmente.

⸻

A las diez menos cuarto Clara llevó el informe.

Llamó.

—Adelante.

Alejandro estaba hablando por teléfono.

Le hizo una señal para que pasara.

Clara dejó la carpeta sobre la mesa.

Él continuó hablando.

—No. El miércoles no puedo.

Silencio.

—El jueves tampoco.

Clara empezó a marcharse.

Alejandro levantó un dedo.

Espera.

Ella se detuvo.

—El viernes a primera hora. Si no, la semana siguiente.

Colgó.

—Perdón.

—No pasa nada.

Alejandro abrió la carpeta.

—¿Ha terminado todo?

—Sí.

—¿Incluso la previsión?

—También.

Él hojeó las páginas.

—Elena dice que está empezando a cogerle el ritmo.

—Elena dijo ayer que mi informe parecía escrito por alguien que cobraba por palabra.

Alejandro sonrió.

—Eso significa que le gusta.

—Tiene una forma peculiar de demostrar cariño.

—No sabe cuánto.

Clara sonrió.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Alejandro cerró la carpeta.

—¿Qué quería Victoria?

Clara dejó de sonreír.

—¿Perdón?

—Ayer.

—Nada importante.

Él la miró.

—Eso ya me lo dijo.

—Entonces ya tiene la respuesta.

—No exactamente.

Clara sostuvo su mirada.

—Me pidió que no dijera nada.

Alejandro levantó ligeramente las cejas.

—¿A mí?

—Sí.

—Interesante.

—No debería haberle dicho ni siquiera eso.

—Entonces supongo que no conseguiré más información.

—Está aprendiendo.

Alejandro se recostó en la silla.

—¿Debería preocuparme?

Clara estuvo a punto de reír.

—No.

—¿Seguro?

—Completamente.

—Eso es todavía más preocupante.

Clara sonrió.

—Sobrevivirá.

—Espero.

Ella caminó hacia la puerta.

—Clara!.

Se volvió.

—¿Sí?

—Gracias.

La palabra la desconcertó.

—¿Por qué?

Alejandro pareció darse cuenta de que acababa de decir algo que Clara no debía entender.

—Por guardar lo que Victoria le haya pedido que guarde.

Clara lo observó.

—No tiene que darme las gracias.

—Ya lo sé.

—Entonces…

—Tengo la mala costumbre de hacer cosas innecesarias.

Clara sonrió.

—Eso no parece propio de usted.

—Hay muchas cosas que no parecen propias de mí.

La frase quedó suspendida.

Clara sintió que había algo detrás.

Algo que no iba a preguntar.

—Hasta luego, Alejandro.

—Hasta luego, Clara.

Salió.

Y esta vez fue él quien permaneció unos segundos mirando la puerta.




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