El martes por la mañana, Clara tomó una decisión.
No volvería a mirar el calendario.
Era una decisión absurda.
Lo sabía.
Pero también sabía que desde que había recibido la invitación había desarrollado una especie de obsesión involuntaria con aquel pequeño rectángulo de papel situado junto a su ordenador.
Veinticinco de agosto.
Veintiséis.
Veintisiete.
Cada día que pasaba era un día menos.
No necesitaba calcularlo.
Su cabeza lo hacía sola.
Cincuenta y tres días.
Cincuenta y dos.
Cincuenta y uno.
Así que aquella mañana cogió el calendario y lo metió en el primer cajón.
Marta la observó desde la mesa de enfrente.
—¿Qué haces?
—Trabajar.
—Has escondido el calendario.
—Me molestaba.
—Lleva cuatro años ahí.
Clara cerró el cajón.
—Ahora me molesta.
Marta la miró durante unos segundos.
—Vale.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara no significa nada.
—Estoy aprendiendo de ti.
Clara abrió el correo.
—Pues aprende a trabajar.
—También estoy aprendiendo de ti.
—Marta.
—Vale, vale.
Durante aproximadamente siete minutos consiguió concentrarse.
Hasta que apareció una notificación en la pantalla.
Reunión proyecto Ámsterdam.
09:30.
Despacho A. Vidal.
Clara cerró los ojos.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Otra vez nada.
—Tengo reunión.
—¿Con él?
Clara la miró.
—Es mi jefe.
—También es el novio del calendario.
—Marta!.
—Perdón.
Clara cogió el portátil.
—Prometido.
Marta sonrió.
—¿Qué?
Clara se quedó quieta.
—Has dicho novio.
—Y tú me has corregido.
—Porque es incorrecto.
—Por supuesto.
Clara salió sin responder.
A las nueve y veintinueve estaba delante del despacho de Alejandro.
La puerta estaba abierta.
Él hablaba por teléfono.
Clara levantó una mano indicando que esperaría fuera.
Alejandro señaló una silla.
Entró.
—No —decía él—. El jueves no puedo.
Silencio.
—Porque tengo la prueba del menú.
Clara bajó inmediatamente la mirada hacia el portátil.
—Sí, Victoria estará.
Otra pausa.
—Mi madre también.
Clara empezó a revisar un documento que no necesitaba revisar.
—A las ocho está bien.
Alejandro colgó.
Durante un segundo ninguno habló.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
—Perdone.
—No pasa nada.
Alejandro abrió una carpeta.
—Ámsterdam.
—Ámsterdam —repitió Clara.
Perfecto.
Trabajo.
Hoteles.
Presupuestos.
Contratos.
Cualquier cosa excepto menús de boda.
—Tenemos un problema con la presentación del viernes.
—¿Qué problema?
—Quieren adelantarla.
—¿A cuándo?
—Mañana.
Clara levantó la cabeza.
—Eso no es adelantarla.
—Técnicamente sí.
—Eso es intentar matarnos.
Alejandro sonrió.
—Elena ha dicho algo parecido.
—Porque Elena es una mujer sensata.
—No creo que nadie haya utilizado nunca esas palabras para describirla.
—Yo lo acabo de hacer.
—Entonces es la primera vez.
Clara abrió el documento.
—¿Qué falta?
—La proyección de ocupación.
—La terminé ayer.
Alejandro la miró.
—¿Ya?
—Sí.
—Pensaba que necesitaba dos días.
—Yo también.
—¿Y?
Clara se encogió de hombros.
—No tenía sueño.
Alejandro no respondió inmediatamente.
—¿Está durmiendo mal?
Clara levantó la mirada.
Ahí estaba otra vez.
Una pregunta sencilla.
Demasiado sencilla.
—No.
—Acaba de decir…
—Ayer no tenía sueño. No significa que duerma mal.
—Entendido.
Alejandro volvió a los papeles.
Clara respiró.
La distancia correcta.
Eso era.
Habían encontrado una especie de equilibrio durante los últimos días.
Y ella pensaba conservarlo.
—Entonces solo falta revisar las cifras de inversión —dijo.
—Y preparar la defensa.
—Eso puedo hacerlo esta tarde.
—Podemos hacerlo.
Clara levantó los ojos.
—¿Podemos?
—Es mi proyecto también.
—Pensaba que los directores generales tenían personas que hacían estas cosas.
—Las tenemos.
—¿Y para qué estamos nosotros?
—Para molestar a esas personas.
Clara sonrió a pesar suyo.
—Eso explica muchas cosas.
Trabajaron durante casi una hora.
Sin silencios incómodos.
Sin preguntas personales.
Sin miradas que durasen demasiado.
Profesionales.
Exactamente como Clara quería.
Hasta que llamaron a la puerta.
Victoria entró.
—¿Interrumpo?
Clara levantó inmediatamente la cabeza.
Victoria llevaba un vestido azul oscuro y el cabello recogido.
No parecía una mujer preparando una boda para doscientas ochenta personas.
Parecía alguien que acababa de salir de una reunión.
Probablemente porque así era.
—Un poco —respondió Alejandro.
Victoria sonrió.
—Entonces seré rápida.
Clara empezó a cerrar el portátil.
—Puedo salir.
—No hace falta —dijo Victoria—. Precisamente quería verte.
Clara se detuvo.
—¿A mí?
—Sí.
Victoria dejó una carpeta sobre la mesa.
Después miró a Alejandro.
—¿Se lo has dicho?
Alejandro frunció el ceño.
—¿El qué?
Victoria lo miró con incredulidad.
—Alejandro!.
—No sé de qué hablas.
—La mesa.
Clara miró a uno y a otro.
—¿Qué mesa?
Victoria suspiró.
—Definitivamente no se lo has dicho.
—No sabía que tuviera que hacerlo.
—Eres maravilloso organizando empresas. Con las bodas tienes mucho margen de mejora.
—Gracias.
—De nada.
Victoria se volvió hacia Clara.
—Estoy cerrando la distribución de invitados.