Demasiado Lejos De Ti

Capítulo 22 - Bruno

El viernes a las ocho y cincuenta y seis, Clara estaba frente al portal de Daniel.

Miró la dirección.

Después el número.

Después otra vez la dirección.

Sacó el móvil.

Abrió WhatsApp.

Marta: Ubicación.

Clara: Estoy en la puerta.

Marta: Ubicación.

Clara: Pesada.

Marta: Ubicación.

Clara compartió la ubicación.

La respuesta llegó inmediatamente.

Marta: Gracias. Disfruta.

Clara: No aparezcas.

Marta: No prometo nada.

Clara: MARTA!.

Marta: jajaja

Clara guardó el móvil.

Pulsó el timbre.

—¿Sí?

—Soy yo.

—¿Quién?

Clara sonrió.

—Buenas noches.

—Espera, espera.

La puerta se abrió.

Subió al tercero.

Daniel estaba esperando en el rellano.

Vaqueros oscuros.

Camisa blanca remangada.

Descalzo.

—Hola.

—Hola.

—Has venido.

—Parece que sí.

—Bruno no estaba seguro.

—Mentira.

—Totalmente.

Algo golpeó la puerta desde dentro.

Daniel miró hacia atrás.

—Y hablando del demonio…

Abrió.

Un labrador apareció disparado.

—Bruno, no.

El perro ignoró completamente a Daniel.

Fue directamente hacia Clara.

—Hola.

Bruno empezó a olfatearla.

—No le hagas demasiado caso —dijo Daniel—. Tiene problemas de autoestima.

Clara se agachó.

—Hola, guapo.

Bruno movió la cola con tanta fuerza que golpeó un mueble.

—Perfecto —dijo Daniel—. Ya me ha sustituido.

Clara acarició al perro.

—Te dije que venía por él.

—Empiezo a creerlo.

El piso era pequeño.

Bonito.

Ordenado sin parecer preparado.

Había libros.

Fotografías.

Una bicicleta apoyada en una pared.

Y una mesa puesta para dos.

Clara miró hacia la cocina.

—Huele bien.

—Todavía estás a tiempo de marcharte.

—¿Qué has hecho?

—Secreto.

—¿Necesito saber dónde está el hospital más cercano?

—A siete minutos.

Clara lo miró.

Daniel sonrió.

—Lo comprobé.

—Eso no tranquiliza.

Le ofreció una copa de vino.

—¿Tinto?

—Tinto.

—Me acordaba.

Clara cogió la copa.

—Punto para ti.

—Voy ganando.

—No hay competición.

—Siempre hay competición.

Bruno se sentó junto a Clara.

Daniel lo señaló.

—Traidor.

Clara sonrió.

Durante la siguiente hora hablaron.

De cosas pequeñas.

De trabajos.

De viajes.

De películas.

Daniel le contó que había adoptado a Bruno tres años antes.

—Lo iban a devolver a la protectora.

Clara miró al perro.

—¿Por qué?

—Rompía cosas.

—¿Y contigo dejó de hacerlo?

Daniel señaló una esquina mordida del sofá.

—No.

Clara empezó a reír.

—Pero aprendí a comprar muebles baratos.

La cena estaba realmente buena.

Carne al vino.

Patatas.

Verduras.

Clara lo miró.

—Esto lo has cocinado tú.

—Sí.

—No te creo.

—¿Por qué?

—Porque está bueno.

Daniel se llevó una mano al pecho.

—Eso ha dolido.

—Necesito pruebas.

—Tengo fotos.

—Las fotos pueden falsificarse.

—Tengo quemaduras.

Le enseñó un dedo.

Clara se rió.

—Vale. Te creo.

Daniel levantó la copa.

—Por la confianza.

Clara chocó la suya.

—No exageremos.

A las once y veinte seguían en la mesa.

A las once y cuarenta estaban en el sofá.

Bruno entre los dos.

—Esto es ridículo —dijo Daniel.

—¿Qué?

—El perro.

—Está en su casa.

—Está ocupando mi sitio.

Clara acarició a Bruno.

—Tu sitio está allí.

Señaló el otro extremo.

Daniel miró al perro.

—Bruno.

El perro no se movió.

—Bruno.

Nada.

—Me está humillando delante de una mujer.

Clara se echó a reír.

Daniel se levantó.

Cogió una galleta.

Bruno salió disparado.

—Tramposo.

—Estrategia.

Daniel volvió al sofá.

Esta vez se sentó más cerca.

No demasiado.

Clara lo notó.

Daniel también.

La conversación se hizo más lenta.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él.

—Depende.

—¿Siempre contestas eso?

—Depende.

Daniel sonrió.

—¿Por qué aceptaste aquella primera cena?

Clara pensó.

—Porque insististe.

—Eso suena fatal.

—Un poco.

—Reformula.

Clara lo miró.

—Porque me hiciste gracia.

—Mejor.

—Y porque necesitaba hacer algo diferente.

Daniel dejó de sonreír.

—¿Diferente a qué?

Clara miró la copa.

—A mi vida.

—Eso es bastante amplio.

—Es deliberado.

Daniel asintió.

No preguntó más.

Clara agradeció que no lo hiciera.

Pasaron unos segundos.

Daniel levantó una mano.

Le apartó un mechón de pelo de la cara.

Despacio.

Clara no se movió.

Él tampoco.

—Ahora es cuando debería decir algo inteligente —murmuró Daniel.

—Probablemente.

—No se me ocurre nada.

—Eso también es bastante normal.

Daniel sonrió.

Y la besó.

Sin prisa.

Sin sorpresa.

Clara cerró los ojos.

Fue un beso sencillo.

Cálido.

Cuando se separaron, Daniel la miró.

—Vale.

Clara sonrió.

—¿Vale?

—Necesitaba comprobar una cosa.

—¿Qué?

—Si tenía ganas de volver a hacerlo.

—¿Y?

Daniel volvió a besarla.

Esta vez Clara se rió contra sus labios.

Bruno ladró.

Se separaron.

Daniel miró al perro.

—En serio.

Clara empezó a reír.

—Está celoso.

—Está arruinando mi vida.

Bruno apoyó la cabeza sobre la rodilla de Clara.

—A mí me parece adorable.

Daniel la miró.

—Claro.

A las doce y diecisiete, Clara miró el reloj.

—Tengo que irme.

—Quédate un poco más.




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