La invitación llegó el lunes.
No por correo electrónico.
No a través de Comunicación.
En papel.
Color crema.
Grueso.
Elegante.
Clara la encontró sobre su mesa a las ocho y veintidós de la mañana.
Su nombre estaba escrito a mano.
Clara Martín.
Se quedó de pie observándola.
No necesitaba abrirla para saber qué era.
—Ábrela.
Marta estaba detrás.
—Buenos días a ti también.
—Buenos días. Ábrela.
Clara dejó el bolso.
—¿No tienes trabajo?
—Muchísimo.
—Pues hazlo.
—Esto es más importante.
Clara cogió el sobre.
—No lo es.
—Entonces ábrelo.
Clara pasó un dedo por la solapa.
Dentro había una tarjeta.
Alejandro Vidal & Victoria de la Vega
18 de octubre.
Clara dejó de leer.
La fecha ya la conocía.
La había visto en el correo.
La había escrito en la agenda.
Había reservado reuniones alrededor de ella.
Había organizado viajes para que Alejandro estuviera en Madrid aquella semana.
Pero verla allí era diferente.
Dieciocho de octubre.
Una boda.
Real.
Con invitados.
Con mesas.
Con flores.
Con fotografías.
Con un sí.
—¿Estás bien?
Clara levantó la mirada.
—No empieces tú también.
Marta se sentó sobre la esquina de la mesa.
—¿Vas a ir?
—Claro.
—No tienes que hacerlo.
—Trabajo para él.
—Eso no obliga a asistir a su boda.
Clara volvió a guardar la invitación.
—Quiero ir.
Marta la observó.
—Vale.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez esa cara.
—No tengo ninguna cara.
Clara encendió el ordenador.
A las nueve y diez sonó el teléfono.
—Clara!.
Reconoció inmediatamente la voz de Victoria.
—Buenos días.
—¿Has recibido la invitación?
Clara miró el sobre.
—Sí.
—Perfecto.
—Gracias.
—Alejandro insistió en que te la enviáramos personalmente.
Clara no respondió.
Victoria continuó.
—Después de cuatro años trabajando juntos, dijo que no quería que recibieras una invitación genérica de empresa.
Clara tragó saliva.
—Ha sido un detalle.
—Sí.
Silencio.
—Espero que vengas.
—Claro.
—Perfecto.
Victoria colgó.
Clara mantuvo el teléfono junto al oído unos segundos.
Alejandro había insistido.
No significaba nada.
Cuatro años.
Eso era todo.
Cuatro años trabajando juntos.
A las once tuvo que subir al piso treinta y dos.
Alejandro estaba reunido con dos directivos.
Clara esperó fuera.
Cuando salieron, él apareció en la puerta.
—Pasa.
Clara entró.
Dejó unos documentos sobre la mesa.
—Necesito tu firma aquí, aquí y aquí.
Alejandro cogió un bolígrafo.
Firmó el primero.
El segundo.
El tercero.
—¿Has recibido la invitación?
Clara levantó los ojos.
—Sí.
Alejandro cerró el bolígrafo.
—Bien.
—Victoria me ha llamado.
—¿Para qué?
—Para comprobarlo.
Alejandro asintió.
Clara recogió los documentos.
—Gracias por enviarla personalmente.
—No tienes que darme las gracias.
—Podrías haberme incluido con el resto de empleados.
—No eres el resto de empleados.
La frase llegó demasiado rápido.
Los dos se quedaron quietos.
Alejandro bajó la mirada.
—Quiero decir que llevas cuatro años trabajando directamente conmigo.
—Lo sé.
—Has estado en prácticamente todos los momentos importantes de esta empresa.
—Alejandro…
—Y quería que estuvieras.
Clara sostuvo los documentos contra el pecho.
—Estaré.
Alejandro levantó la vista.
—Bien.
Aquello debería haber terminado ahí.
No terminó.
—¿Irás con alguien?
Clara sintió que el aire cambiaba.
—¿Eso forma parte de la organización?
Alejandro se apoyó en la mesa.
—Necesitamos saber el número de invitados.
—Entonces sí. Iré acompañada.
Algo pasó por el rostro de Alejandro.
Tan rápido que Clara no pudo identificarlo.
—Daniel.
No era una pregunta.
—Sí.
Alejandro asintió.
—Perfecto.
Clara caminó hacia la puerta.
—Clara.
Se detuvo.
—¿Sí?
Alejandro parecía buscar las palabras.
—Nada.
Clara esperó.
—Nos vemos luego.
Ella salió.
En el ascensor miró su reflejo.
No entendía por qué tenía el corazón acelerado.
A las dos escribió a Daniel.
Clara: Tengo una boda.
Daniel: Espero que no sea la nuestra porque no me han avisado.
Clara sonrió.
Clara: Idiota.
Daniel: ¿Quién se casa?
Clara dudó.
Clara: Alejandro.
Pasó casi un minuto.
Daniel: Ah.
Clara miró los tres puntos.
Aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Daniel: ¿El 18 de octubre?
Clara frunció el ceño.
Clara: Sí.
Daniel: Me lo habías contado.
Clara intentó recordar.
Probablemente.
Habían hablado de la boda varias veces.
Daniel: ¿Vas?
Clara: Sí.
Daniel: Bien.
Nada más.
Clara esperó.
Daniel: Pásalo bien.
Clara sonrió.
Clara: Hay acompañante.
Pasaron quince segundos.
Daniel: ¿Eso es una invitación?
Clara: Puede.
Daniel: Entonces acepto.
Clara: No sabes ni dónde es.
Daniel: Me da igual.
Clara: Ni qué tienes que ponerte.
Daniel: Eso ya me preocupa más.
Clara soltó una carcajada.
Marta levantó la mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—Daniel.
—Sí.
—¿Va a la boda?
Clara asintió.
Marta silbó.
—Eso va a ser interesante.
—No va a ser nada.
—Daniel, Alejandro, Victoria y tú en una boda.
—Hay doscientos invitados.
—Me sigue pareciendo interesante.