El proyecto avanzaba rápido.
Demasiado rápido.
Clara empezó a trabajar más horas.
Llegaba antes.
Se marchaba después.
Y aquello tenía una consecuencia inevitable.
Coincidía más con Alejandro.
También tenía otra.
Elena Robles estaba intentando “matarla”.
—Ese informe es demasiado largo.
Clara levantó la cabeza.
—Tiene seis páginas.
—Te pedí cinco.
—La semana pasada tenía quince.
—Vas mejorando.
—Gracias por el entusiasmo.
Elena pasó una página.
—Esta sobra.
—No sobra.
—Claro que sobra.
—Contiene la justificación financiera.
—La justificación financiera está en la página cuatro.
—Eso es un resumen.
—Entonces haz mejor el resumen.
Clara la miró.
—¿Alguna vez está satisfecha?
Elena pensó.
—Una vez.
—¿Cuándo?
—1998.
Clara empezó a reír.
—¿Qué pasó?
—No lo recuerdo.
—Normal.
—Ha pasado mucho tiempo.
La puerta se abrió.
Alejandro entró.
—¿Interrumpo?
—Sí —respondieron las dos al mismo tiempo.
Alejandro se detuvo.
—Perfecto.
Elena señaló a Clara.
—Tu protegida intenta convencerme de que seis páginas son cinco.
Clara abrió los ojos.
—No soy su protegida.
Elena miró a Alejandro.
—¿No?
Él dejó una carpeta sobre la mesa.
—No.
La respuesta llegó demasiado deprisa.
Clara sintió algo absurdo.
Una pequeña decepción.
Ridícula.
—Bien —dijo Elena—. Entonces puedes decirle a tu no protegida que quite la página seis.
Alejandro cogió el informe.
Lo leyó.
Clara esperó.
—La página seis se queda.
Elena lo miró.
—¿Por qué?
—Porque tiene razón.
Clara intentó no sonreír.
Elena la señaló.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No estoy poniendo ninguna cara.
Alejandro sonrió.
—Está disfrutando.
—Muchísimo —dijo Elena.
Clara cruzó los brazos.
—Quizá un poco.
—Fuera los dos.
Alejandro levantó las cejas.
—Este es mi edificio.
—Y esta es mi reunión.
Él miró a Clara.
—No se puede discutir con ella.
—Estoy empezando a descubrirlo.
Elena cerró la carpeta.
—Los dos. Fuera.
Clara recogió su libreta.
Alejandro abrió la puerta.
—Después de usted.
—Gracias.
Salieron.
La puerta se cerró detrás.
Clara empezó a caminar.
—Clara!.
Se volvió.
—¿Sí?
Alejandro seguía junto a la puerta.
—Tenía razón.
—¿Con qué?
—La página seis.
Ella sonrió.
—Ya lo sé.
Alejandro soltó una pequeña risa.
—Eso es lo que me preocupa.
⸻
A las dos y veinte Clara seguía trabajando.
Había olvidado comer.
Otra vez.
Marta apareció con una ensalada.
—¿Vienes?
—Cinco minutos.
—Eso dijiste hace media hora.
—Ahora son cinco de verdad.
—Claro.
Marta se sentó en el borde de la mesa.
—¿Qué haces?
—Intento que tres departamentos dejen de utilizar tres sistemas distintos para hacer exactamente lo mismo.
—Suena divertido.
—Muchísimo.
—¿Comemos?
—Cinco minutos.
Marta miró el reloj.
—Los cronometro.
—Vete.
—Me voy.
Dio dos pasos.
—Clara!.
—¿Qué?
—Vas a acabar casándote con ese ordenador.
—Por lo menos no tiene prometida.
Marta se quedó inmóvil.
Clara también.
—Eso ha sido…
—Ni una palabra.
—No iba a decir nada.
—Mentira.
—Completamente.
Marta se marchó riendo.
Clara volvió al informe.
Diez minutos después fue un momento a recoger unas hojas para la impresora y al volver a su mesa, alguien había dejado una bolsa de papel sobre su mesa.
Clara miró a su alrededor.
No había nadie.
Miró la bolsa.
Dentro había un bocadillo.
Una botella de agua.
Una manzana.
Clara se quedó inmóvil.
Exactamente igual que aquella vez.
Miró hacia el despacho de Alejandro.
La puerta estaba cerrada.
Marta regresó con su ensalada.
—¿Qué es eso?
—No lo sé.
—Parece comida.
—Gracias, Sherlock.
Marta abrió ligeramente la bolsa.
—Bocadillo. Agua. Manzana.
Después miró hacia el despacho de Alejandro.
Clara hizo lo mismo.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Tu cara.
—Es muy expresiva.
Clara sacó el bocadillo.
Debajo había una pequeña nota doblada.
La abrió.
Elena dice que si te desmayas durante el proyecto será responsabilidad mía.
Come, A.
Clara la leyó dos veces.
Marta estiró el cuello.
Clara dobló la nota.
—¿Qué pone?
—Nada.
—¿Quién es A?
—Nadie.
Marta abrió mucho los ojos.
—¿Alejandro?
—Baja la voz.
—¡Te ha traído comida otra vez!
—No sabemos si ha sido él.
—Firma A.
—Hay mucha gente cuyo nombre empieza por A.
—¿En esta planta?
Clara pensó.
—Alberto.
—Está de vacaciones.
—Ana.
—Trabaja en Recursos Humanos.
—Álvaro.
—¿Quién es Álvaro?
Clara permaneció callada.
Marta empezó a reír.
—No sabes ni quién es.
—Podría existir.
—Claro.
Clara mordió el bocadillo.
—Estoy comiendo.
—Porque Alejandro te lo ha ordenado.
—Porque tengo hambre.
—¿Y la nota?
Clara la guardó en el cajón.
—¿Qué nota?
Marta sonrió.
—Estás fatal.
—Y tú tienes trabajo.
—Pero mi trabajo no me trae bocadillos.
—Qué mala suerte.
Marta regresó a su mesa.
Clara abrió el cajón.
Miró la nota.
Come, A.
La volvió a guardar.
No sabía por qué.
⸻
A las seis y media, Elena apareció junto a su mesa.
—¿Has terminado?