Demasiado Lejos De Ti

Capítulo 15 - Daniel

Daniel eligió el jueves.

Clara eligió el lugar.

Una cafetería pequeña.

Nada elegante.

Nada que pudiera confundirse con una cita demasiado seria.

Eso se dijo al menos cuatro veces durante aquella semana.

No era una cita.

Era un café.

Dos personas podían tomar café sin que aquello significara absolutamente nada.

El problema era que Marta se negaba a colaborar con aquella versión.

—Es una cita.

—No.

—Te ha pedido quedar a solas.

—Para tomar café.

—Eso es una cita.

—Yo tomo café contigo.

—Porque yo no quiero acostarme contigo.

Clara levantó la cabeza.

—¿Puedes bajar la voz?

Marta sonrió.

—¿Qué?

—Estamos en la oficina.

—Precisamente.

Clara miró hacia el despacho de Alejandro.

La puerta estaba cerrada.

—Además —continuó Marta—, te has puesto pintalabios.

Clara se tocó los labios.

—Me pongo pintalabios.

—Nunca.

—A veces.

—En la recepción.

—¿Ves?

—Para ver a Alejandro.

Clara dejó el bolígrafo.

—No voy a discutir contigo.

—Porque tengo razón.

—Porque quiero conservar mi puesto de trabajo.

Marta sonrió.

—¿A qué hora?

—Siete y media.

—Perfecto.

—Y no quiero mensajes.

—No pensaba escribirte.

—Ni llamadas falsas.

—Clara!.

—Ni emergencias inventadas.

—Qué poca confianza.

—Te conozco.

Marta levantó ambas manos.

—No haré nada.

Clara volvió al ordenador.

A las diez y doce se abrió la puerta del despacho.

Alejandro salió.

—Clara, ¿tiene un momento?

—Sí.

Se levantó.

Marta la miró.

Clara ignoró aquella mirada.

Entró en el despacho.

Alejandro cerró la puerta.

—Ámsterdam.

Clara respiró.

—¿Qué pasa?

—Lo han aprobado.

Durante un segundo no entendió.

—¿Todo?

—Todo.

—¿La propuesta completa?

—Con dos modificaciones menores.

Clara sonrió.

—¿En serio?

—En serio.

—Joder.

Se tapó la boca.

Alejandro empezó a reír.

—Perdón.

—No se disculpe.

—No suelo decir joder delante del director general.

—Lo tendré en cuenta para su evaluación.

Clara sonrió.

—¿Cuándo empezamos?

—El lunes.

—¿Tan pronto?

—Usted quería responsabilidad.

—No me quejo.

—Todavía.

Alejandro se apoyó en la mesa.

—Elena está encantada.

—Elena no está encantada desde 1998.

—Eso dice ella.

Clara soltó una carcajada.

Alejandro la observó.

Y durante unos segundos todo volvió a resultar demasiado fácil.

Demasiado natural.

Clara fue consciente de ello.

Y dio un pequeño paso atrás.

—¿Algo más?

La expresión de Alejandro cambió apenas.

—No.

—Entonces vuelvo al trabajo.

—Clara!.

—¿Sí?

Alejandro dudó.

—Nada.

Ella sonrió.

—Últimamente utilizamos mucho esa palabra.

Salió.

⸻

A las siete y veinte Clara apagó el ordenador.

Marta levantó inmediatamente la cabeza.

—Diez minutos antes.

—¿Qué?

—La cita es a las siete y media.

—Está cerca.

—¿Estás nerviosa?

—No.

—Mientes fatal.

Clara cogió el bolso.

—Buenas noches.

—Diviértete.

—Es un café.

—Diviértete tomando café.

Clara empezó a caminar.

—Y Clara…

Se volvió.

Marta sonrió.

—Dale una oportunidad.

Clara no respondió.

Llegó al ascensor.

Pulsó el botón.

—¿Se marcha?

La voz de Alejandro llegó detrás.

Clara se giró.

—Sí.

Él miró el reloj.

—Antes de las ocho.

—Milagroso, ¿verdad?

—Empiezo a preocuparme.

Clara sonrió.

Las puertas se abrieron.

Entró.

Alejandro también.

—¿Tú también?

—Tengo una cena.

Clara recordó.

Victoria.

Claro.

—Ah.

El ascensor empezó a bajar.

—¿Y usted? —preguntó Alejandro.

—¿Yo qué?

—¿Tiene planes?

Clara lo miró.

Aquella pregunta otra vez.

Esta vez tenía respuesta.

—Sí.

Alejandro asintió.

—Bien.

Veintinueve.

Veintiocho.

—He quedado.

—Eso había deducido.

Clara frunció el ceño.

—¿Cómo?

Alejandro señaló discretamente su rostro.

—Marta tenía razón.

Clara se tocó los labios.

—¿Qué tiene que ver Marta?

—Nada.

—Alejandro.

Él sonrió.

—Pintalabios.

Clara abrió los ojos.

—¿Te has fijado en que llevo pintalabios?

Error.

Los dos lo supieron.

Alejandro dejó de sonreír.

—Es diferente.

—Ya.

Veinticuatro.

Veintitrés.

Clara miró hacia delante.

—He quedado con alguien.

No sabía por qué lo había dicho.

Quizá porque quería comprobar algo.

Quizá porque no quería comprobarlo.

Alejandro tardó un instante.

—Entiendo.

—Un café.

—No tienes que explicármelo.

—No lo estaba haciendo.

—Bien.

Silencio.

Veinte.

Diecinueve.

Clara notó que la temperatura dentro del ascensor había cambiado.

Por supuesto que no había cambiado.

—Se llama Daniel —dijo.

Alejandro giró la cabeza.

—Clara!.

—¿Qué?

—De verdad. No tienes que contarme nada.

Aquello la irritó.

—Perfecto.

—Perfecto.

Dieciséis.

Quince.

Ninguno volvió a hablar.

Cuando llegaron al vestíbulo, Clara salió primero.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Caminó hacia la puerta.

—Clara!.

Se volvió.

Alejandro seguía junto al ascensor.

—¿Sí?

Él pareció arrepentirse inmediatamente de haberla llamado.

—Que lo pases bien.

Clara lo miró.

—Gracias.

Salió.

Alejandro permaneció allí.

Miguel, el vigilante, lo saludó.




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