Demasiado Lejos De Ti

Capítulo 23 - La invitación

El lunes, Clara llegó sonriendo.

No quería.

Pero llegó sonriendo.

Miguel la vio atravesar los tornos.

—No.

Clara se detuvo.

—¿Qué?

—Nada.

—Has dicho no.

—Porque no quiero saberlo.

—¿Saber qué?

Miguel señaló su cara.

—Eso.

Clara se llevó una mano a la mejilla.

—¿Qué le pasa?

—Viernes.

—¿Qué pasa con el viernes?

—No quiero saberlo.

—Pues deja de preguntar.

Miguel sonrió.

—Buenos días.

—Buenos días.

Subió.

Marta estaba esperándola.

Literalmente.

De pie.

Brazos cruzados.

—No.

Clara pasó junto a ella.

—Buenos días.

—Siéntate.

—Trabajo aquí.

—Siéntate.

Clara dejó el bolso.

—Marta.

—¿Hubo beso?

Clara encendió el ordenador.

—Sí.

Marta abrió la boca.

—Hostia.

—No dramatices.

—¿Uno?

Clara la miró.

—No voy a responder.

—Más de uno.

—Marta.

—¿Dormiste allí?

—No.

—¿Querías?

Clara se quedó quieta.

—Buenos días.

Alejandro.

Otra vez.

Clara cerró los ojos.

Marta sonrió.

—Buenos días.

Alejandro miró a ambas.

—Empiezo a sospechar que debería llegar haciendo ruido.

—Sería recomendable —dijo Clara.

Clara dejó el teléfono de Alejandro sobre la mesa.

—Gracias por custodiar esto.

—Ha sido duro.

—¿Ha ocurrido algo?

—Nada que no pudiera resolver.

Alejandro asintió.

Parecía diferente.

Más descansado.

—¿Qué tal la cena? —preguntó Clara.

—Bien.

—¿Con los padres de Victoria?

—Sí.

—¿Sin teléfono?

—Sobreviví.

—Sorprendente.

Alejandro sonrió.

—Y tú?

Clara supo inmediatamente a qué se refería.

Marta desapareció.

No caminó.

Desapareció.

Clara miró hacia ella.

Ya estaba sentada frente al ordenador fingiendo trabajar.

—Bien.

Alejandro observó a Clara un segundo.

—¿Solo bien?

Clara reconoció sus propias palabras del lunes anterior.

Sonrió.

—Muy bien.

Alejandro asintió.

—Me alegro.

Esta vez Clara creyó que lo decía de verdad.

Y aquello le produjo una sensación extraña.

No mala.

Simplemente nueva.

—Gracias.

Alejandro cogió el móvil.

—A las nueve.

—Consejo.

—Sí.

—Lo tienes preparado.

—Perfecto.

Entró en el despacho.

Marta levantó lentamente la cabeza.

—Esto se está poniendo interesante.

—No.

—No he dicho nada.

—Pero lo ibas a decir.

—Probablemente.

El móvil de Clara vibró.

Daniel.

Daniel: ¿Comemos hoy?

Clara: Tengo trabajo.

Daniel: Todo el mundo tiene trabajo.

Clara: Yo más.

Daniel: Una hora.

Clara miró la agenda.

Tenía libre de dos a tres.

Clara: ¿Dónde?

Daniel envió nombre de un restaurante.

Daniel: 14:15.

Clara: 14:30.

Daniel: 14:15.

Clara sonrió.

Clara: 14:30.

Daniel: Eres difícil.

Clara: Muchísimo.

Daniel: 14:30.

Clara dejó el teléfono.

No reparó en aquella pequeña negociación.

No había nada que reparar.

Dos personas ajustando una hora.

Nada más.

⸻

Daniel ya estaba sentado cuando Clara llegó.

—Dos treinta y dos.

Ella miró el reloj.

—¿Me estás cronometrando?

—Tengo hambre.

—Pues haber empezado.

Daniel se levantó y la besó.

Clara se sorprendió.

No por el beso.

Por la naturalidad.

Como si llevaran haciéndolo meses.

Se sentaron.

—¿Qué tal el fin de semana?

—Bien.

—¿Solo bien?

Clara sonrió.

—Todo el mundo me pregunta eso.

—¿Quién?

—Gente.

Daniel abrió la carta.

—¿Hombres?

Clara se rió.

—¿Perdón?

Daniel levantó la mirada.

Sonreía.

—Era broma.

—Más te vale.

—¿Celoso yo?

—No lo sé.

—Todavía no.

Clara levantó una ceja.

Daniel sonrió.

—Otra broma.

Pidieron.

Hablaron de Bruno.

De trabajo.

De una exposición que Daniel quería visitar.

Y entonces, mientras esperaban el café, Daniel dijo:

—Quiero conocer a tu madre.

Clara casi se atragantó con el agua.

—¿Qué?

—Tu madre.

—Sé quién es mi madre.

—Quiero conocerla.

—¿Por qué?

Daniel se encogió de hombros.

—Hablas mucho de ella.

—¿Yo?

—Sí.

Clara pensó.

Era verdad.

—Además —continuó Daniel—, necesito comprobar si es tan peligrosa como dices.

—Yo nunca he dicho que sea peligrosa.

—Dijiste que detecta mentiras.

—Eso sí.

—Entonces tengo curiosidad.

Clara lo observó.

—Llevamos una semana conociéndonos.

—Ocho días.

—Eso mejora muchísimo las cosas.

Daniel sonrió.

—No digo mañana.

—Menos mal.

—Algún día.

Clara tomó el café.

—Algún día.

—¿Eso es un sí?

—Eso es exactamente lo que he dicho.

Daniel sonrió.

—Me sirve.

⸻

Esa noche Clara llegó a casa a las ocho.

Elena estaba viendo la televisión.

—Hola.

—Hola.

Clara dejó el bolso.

—¿Has cenado?

—No.

—Hay sopa.

—Qué ilusión.

Elena la miró.

—¿Qué quieres?

Clara se detuvo.

—¿Por qué voy a querer algo?

—Porque has dicho qué ilusión hablando de sopa.

—Puede gustarme la sopa.

—Desde los nueve años no.

Clara sonrió.

Se sentó junto a ella.

—Daniel quiere conocerte.

Elena no reaccionó.

—¿Quién?

Clara la miró.

—Mamá.

—Ah. Daniel.

—Sabes perfectamente quién es.

—El del perro.

—Sí.

—¿Qué perro?

—Bruno.

Elena sonrió.

—Ya sabes hasta cómo se llama el perro.

—Me has enseñado una foto.




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