El viernes, Marta convenció a Clara para salir.
No fue fácil.
—Una copa.
—No.
—Una.
—No.
—Dos.
Clara levantó la vista del ordenador.
—Tu capacidad de negociación es lamentable.
—Por eso no soy abogada.
—Eres administrativa.
—Y una administrativa con sed.
—Vete tú.
—No quiero.
—Busca amigos.
Marta apoyó las dos manos sobre la mesa.
—Eres mi amiga.
Clara la miró.
—Ese ha sido un golpe bajo.
—¿Ha funcionado?
—No.
—A las ocho y media.
—He dicho que no.
—Te espero abajo.
—Marta!.
—Ocho y media.
A las ocho y treinta y siete estaban sentadas en un bar cerca de Atocha.
—Te odio —dijo Clara.
—Pero has venido.
Marta pidió vino.
Clara cerveza.
—¿Daniel?
—¿Qué pasa con Daniel?
—Nada.
—Entonces no pongas esa cara.
Marta sonrió.
—Te gusta.
Clara bebió.
—Sí.
Era la primera vez que lo decía así.
Sin bromas.
Sin matices.
Sí.
Daniel le gustaba.
Y reconocerlo no le produjo miedo.
Más bien alivio.
—Mucho —añadió Marta.
Clara la señaló.
—No abuses.
—¿Cuándo lo vuelves a ver?
—Mañana.
—¿Plan?
—No sé. Ha dicho que tiene una sorpresa.
—Uy.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No estoy haciendo nada.
Clara sonrió.
El teléfono vibró.
Daniel: ¿Qué haces?
Clara: Tomando algo con Marta.
Pasaron diez segundos.
Daniel: ¿Otra vez?.
Clara dejó el vaso.
Marta la observó.
—¿Qué?
—Nada.
—Clara!.
Ella le enseñó el teléfono.
Marta leyó.
—¿Otra vez?
—Está de broma.
—Ah.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La misma que mi madre.
Marta devolvió el móvil.
—No he dicho nada.
Clara suspiró.
—Por favor, no empecéis.
—No he empezado nada.
El teléfono volvió a vibrar.
Daniel: ¿Hasta qué hora?
Clara: No sé.
Daniel: Mañana habíamos quedado.
Clara: Y quedaremos.
Daniel: Vale.
Clara dejó el teléfono boca abajo.
Marta bebió un poco de vino.
No dijo nada.
Aquello molestó a Clara todavía más.
—Dilo.
—¿Qué?
—Lo que estás pensando.
—Estoy pensando que estas aceitunas son bastante malas.
—Marta!.
—¿Qué quieres que diga?
—Has puesto cara.
—Otra vez con las caras.
—Dilo.
Marta dejó el vaso.
—No me gusta.
Clara se quedó quieta.
—¿Qué no te gusta?
Marta señaló el teléfono.
—Eso.
—¿El qué?
—Que quiera saber cuándo vuelves porque mañana habéis quedado.
—Eso es normal.
—Puede ser.
—Pues entonces.
Marta bebió vino.
—¿Te pregunta mucho dónde estás?
Clara sintió una punzada de irritación.
—No.
—Vale.
—¿Qué estás insinuando?
—Nada.
—Pues parece que sí.
Marta dejó el vaso.
—Clara, no conozco a Daniel. Puede ser un tío estupendo.
—Lo es.
—Perfecto.
—Pero.
—No hay pero.
Clara la miró.
Marta suspiró.
—Solo te digo una cosa.
—¿Cuál?
—Si alguna vez empiezas a hacer cosas para evitar que él se moleste, ahí sí quiero que me escuches.
Clara frunció el ceño.
—Eso no está pasando.
—Entonces genial.
—Daniel no me dice lo que puedo hacer.
—No he dicho eso.
—Ni con quién puedo quedar.
—Tampoco he dicho eso.
—Entonces no entiendo esta conversación.
Marta se inclinó hacia ella.
—Porque no estamos teniendo ninguna conversación. Me has preguntado qué pensaba y te lo he dicho.
Clara se quedó callada.
Marta cogió una aceituna.
La miró.
—Y sigo pensando que son malísimas.
Clara terminó riéndose.
—Idiota.
—Mucho.
El teléfono vibró.
Clara no lo miró.
—¿No vas a contestar? —preguntó Marta.
—No.
Marta sonrió.
—Bien.
—No lo hago para demostrarte nada.
—Claro.
—Eres insoportable.
—Muchísimo.
Hablaron de otra cosa.
Del trabajo.
De Miguel.
De una compañera de contabilidad que llevaba tres semanas intentando ligar con uno de informática sin ningún éxito.
Media hora después Clara fue al baño.
Sacó el móvil.
Tres mensajes.
Daniel: ¿Todo bien?
Daniel: ¿Sigues ahí?
Daniel: ¿Clara?
Ella miró la hora.
Treinta y dos minutos desde su último mensaje.
Escribió.
Clara: Sí. Estaba hablando.
La respuesta llegó inmediatamente.
Daniel: Pensaba que te había pasado algo.
Clara: Han sido treinta minutos.
Daniel: Lo sé.
Clara apoyó la espalda contra la pared.
Daniel: Perdona.
Clara cerró los ojos.
Daniel: No quiero agobiarte.
Clara: Pues no lo hagas.
Pasó casi un minuto.
Daniel: Tienes razón.
Clara guardó el móvil.
Cuando volvió a la mesa, Marta no preguntó nada.
Y Clara se lo agradeció.
A las once y cuarto pidió la cuenta.
—¿Te vas? —preguntó Marta.
—Estoy cansada.
Marta la miró durante un segundo.
—Vale.
Clara cogió el bolso.
—No es por Daniel.
Marta no respondió.
—Marta!.
—Yo no he dicho nada.
—Pero lo estás pensando.
—Eso ya no puedo evitarlo.
Clara pagó.
—Buenas noches.
Marta se levantó y la abrazó.
—Buenas noches.
Clara salió del bar.
El aire de la calle estaba frío.
Sacó el móvil.
Clara: Ya me voy.
Daniel: ❤️
Clara observó el corazón.
Y recordó una frase.
Si alguna vez empiezas a hacer cosas para evitar que él se moleste…
Guardó el teléfono.
No se había ido por Daniel.
Claro que no.
El sábado Daniel llegó diez minutos tarde.
Clara esperaba junto a una boca de metro.