Demasiado Lejos De Ti

Capítulo 20 - La llamada

El miércoles empezó como empiezan casi todos los días que terminan complicándose.

Con absoluta normalidad.

A las siete y cincuenta y cuatro, Clara atravesó los tornos de Vidal Global con un café en una mano y el móvil en la otra.

—Seis minutos.

Clara ni siquiera se detuvo.

—Buenos días, Miguel.

—Seis minutos antes.

—Tengo reloj.

—Empiezo a preocuparme.

Clara se giró mientras caminaba hacia los ascensores.

—¿Por qué?

—El lunes llegaste dos minutos antes. Hoy seis.

—¿Y?

—A este ritmo, en noviembre dormirás aquí.

—Qué gracioso.

Miguel sonrió.

—Buenos días.

—Ya lo has dicho.

—Tú también.

Clara pulsó el botón del ascensor.

El móvil vibró.

Daniel.

Daniel: Buenos días.

Clara: Buenos días.

Daniel: ¿Has desayunado?

Clara miró el café.

Clara: Técnicamente.

Daniel: El café no es desayuno.

Clara: ¿Desde cuándo eres nutricionista?

Daniel: Desde que el viernes cocino para ti.

Clara sonrió.

Daniel: ¿A qué hora sales?

Clara: Depende.

Daniel: Respuesta de abogada.

Clara: Trabajo con abogados. Se pega.

Daniel: ¿Siete?

Clara: Intentaré antes.

Daniel: Perfecto.

Clara guardó el móvil.

Las puertas se abrieron.

Marta estaba de pie al otro lado.

—Estabas sonriendo.

Clara entró.

—Buenos días a ti también.

—Daniel.

—¿Qué pasa con Daniel?

—Nada. Solo estoy comprobando.

—¿Comprobando qué?

—La evolución.

Clara pulsó treinta y dos.

—¿De qué?

—Del espécimen.

—Es una persona.

—Todavía no tenemos suficientes datos.

Clara la miró.

—¿Sabes que empiezas a darme miedo?

—Eso es porque todavía no has visto mi Excel.

Clara parpadeó.

—Dime que no tienes un Excel.

Marta mantuvo la cara seria durante tres segundos.

Después sonrió.

—Todavía.

—Estás enferma.

Las puertas se abrieron.

Salieron.

Clara dejó el bolso en su mesa.

—Por cierto —dijo Marta.

—No.

—Ni siquiera sabes qué voy a decir.

—Me da igual.

—Daniel ha borrado una foto.

Clara se quedó quieta.

—¿Qué foto?

Marta sonrió.

—Sabía que te interesaría.

—No me interesa. Me preocupa que tú controles las fotos que borra una persona que apenas conoces.

—Estaba con una chica.

Clara abrió el ordenador.

—Me da igual.

—Muy guapa.

—Marta!.

—Morena.

—Marta!.

—Treinta aproximadamente.

—Buenos días.

La voz de Alejandro hizo que ambas se callaran.

Estaba detrás de ellas.

Clara se giró.

—Buenos días.

Alejandro miró a Marta.

—¿Interrumpo?

—Sí —respondió Marta.

—No —respondió Clara.

Los dos la miraron.

Marta cogió una carpeta.

—Me voy.

—¿Dónde?

—Lejos.

Se marchó.

Alejandro dejó una carpeta sobre la mesa de Clara.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Parecía interesante.

—No lo era.

—Morena, treinta años…

Clara cerró los ojos.

—¿Cuánto has oído?

—Lo suficiente para saber que no debería preguntar.

—Exacto.

Alejandro sonrió.

—A las nueve viene Legal.

—Lo sé.

—A las once, Barcelona.

—Videoconferencia.

—Sí.

—A las doce y media tienes a Recursos Humanos.

—Lo sé.

Clara continuó.

—Comida con Serrano a las dos. Reunión de presupuestos a las cuatro. A las seis y media te vas.

Alejandro abrió la boca.

—No.

—Sí.

—La prueba es a las siete y media.

—Victoria me dio instrucciones.

—Victoria no trabaja aquí.

—Pero se casa contigo.

—Eso tampoco la convierte en tu jefa.

Clara lo miró.

—No estoy segura.

Alejandro sonrió.

—Yo tampoco.

Entró en su despacho.

Clara observó la puerta cerrarse.

El móvil volvió a vibrar.

Daniel: Pregunta importante.

Clara: Otra.

Daniel: ¿Te gusta el vino?

Clara: Sí.

Daniel: ¿Tinto?

Clara: Sí.

Daniel: Perfecto.

Clara: ¿Me estás haciendo una encuesta?

Daniel: Estoy evitando equivocarme.

Clara: Eso elimina la diversión.

Daniel: Créeme. Habrá margen para equivocarnos.

Clara leyó la frase.

Sonrió.

Marta apareció detrás.

—Uy.

Clara bloqueó la pantalla.

—¿Qué?

—Nada.

—Marta.

—Esa sonrisa ha sido diferente.

—Vete.

—Me voy.

No se fue.

—¿Qué ha dicho?

—Nada.

—¿Algo sexual?

Clara la miró.

—¿Tienes trabajo?

—Muchísimo.

—Pues hazlo.

Marta regresó a su mesa.

Clara volvió a abrir el mensaje.

Habrá margen para equivocarnos.

No sabía exactamente por qué, pero le gustó.

⸻

A las seis y veintisiete, Clara apareció en la puerta del despacho de Alejandro.

—Se acabó.

Él no levantó la cabeza.

—Cinco minutos.

—No.

—Clara!

—Victoria dijo seis y media.

—Son las seis y veintisiete.

—Necesitas bajar treinta y dos plantas.

—El ascensor funciona.

—Hoy.

Alejandro levantó la vista.

—¿Me estás echando de mi propia empresa?

—Sí.

—Interesante.

—Recoge.

—Estoy terminando.

Clara entró.

Cerró el portátil de Alejandro.

Él la miró.

—Eso ha sido agresivo.

—Denúnciame.

—Podría despedirte.

—Entonces llegarías tarde a todas partes.

Alejandro se levantó.

Cogió la chaqueta.

—Algún día descubriré cómo sobrevivía antes de contratarte.

—Mal.

—Probablemente.

Salieron del despacho.

Marta ya se había marchado.

La planta estaba casi vacía.

Alejandro se puso la chaqueta mientras caminaba.

—¿Tú no te vas?

—Ahora.

—¿Daniel?

Clara lo miró.

—El viernes.




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