Demasiado Lejos De Ti

Capítulo 17 - El viernes

Daniel volvió a escribir el lunes a las ocho y diecisiete de la mañana.

Clara estaba entrando en el edificio de Vidal Global cuando notó vibrar el móvil dentro del bolso.

No necesitaba mirarlo.

Lo hizo igualmente.

Daniel:

Prometo que hoy no voy a pedirte café.

Clara sonrió.

Clara:

Eso mejora bastante nuestra relación.

La respuesta llegó antes de que alcanzara los tornos.

Daniel:

¿Ves? Estamos progresando.

—Buenos días, Clara.

Levantó la cabeza.

Miguel, el vigilante de seguridad, la observaba desde su puesto.

—Buenos días.

—Vienes contenta.

Clara guardó el teléfono.

—¿Perdón?

—Estabas sonriendo.

—La gente sonríe, Miguel.

—Aquí no.

Clara soltó una carcajada.

—Buenos días.

—Eso ya lo has dicho.

—Pues ahora te lo digo con menos cariño.

Atravesó los tornos y caminó hacia los ascensores.

Las puertas estaban a punto de cerrarse.

Una mano apareció entre ellas.

Se abrieron de nuevo.

Alejandro Vidal estaba dentro.

Solo.

Clara se detuvo.

—Buenos días.

—Buenos días.

Entró.

Pulsó el treinta y dos.

Alejandro levantó ligeramente una ceja.

—Ya estaba pulsado.

—Ya.

Las puertas se cerraron.

Silencio.

Clara miró los números ascender.

Cinco.

Seis.

Siete.

El móvil vibró.

No lo sacó.

Nueve.

Diez.

Volvió a vibrar.

Alejandro miró hacia el bolso.

Clara también.

—Parece urgente.

—No lo es.

—Ha insistido.

Clara giró la cabeza.

—¿Quién?

—Quien te esté escribiendo.

—Ah.

Doce.

Trece.

—Puede esperar.

Alejandro asintió.

—Claro.

Catorce.

Quince.

Clara lo miró de reojo.

Traje gris oscuro.

Camisa blanca.

Sin corbata todavía.

Llevaba una carpeta bajo el brazo y tenía esa expresión de hombre que parecía llevar despierto tres horas antes que el resto del planeta.

El móvil vibró por tercera vez.

Alejandro sonrió.

Muy poco.

Pero sonrió.

—Persistente.

Clara sacó el teléfono.

Tres mensajes.

Daniel:

Retiro lo del café.

Daniel:

Necesito uno.

Daniel:

Urgentemente.

Clara no pudo evitar sonreír.

—Definitivamente no era urgente —dijo Alejandro.

Ella levantó la vista.

—¿Cómo lo sabe?

—Por tu cara.

Clara bloqueó el teléfono.

—No sabía que mi cara formara parte de sus responsabilidades como director general.

—No forma parte.

—Entonces estamos de acuerdo.

Veintidós.

Veintitrés.

El silencio regresó.

Esta vez fue diferente.

Clara no sabía exactamente por qué.

Quizá porque Alejandro había visto aquella sonrisa.

Quizá porque ella sabía que la había visto.

O quizá porque desde que Daniel había aparecido algo había cambiado.

No entre ella y Alejandro.

Eso sería absurdo.

Había cambiado dentro de ella.

Durante demasiado tiempo, su mundo había girado alrededor del piso treinta y dos.

De sus horarios.

De sus reuniones.

De su café.

De sus llamadas.

De la forma en que Alejandro pronunciaba su nombre.

De las veces que entraba en la oficina.

De las veces que salía.

Y Daniel, sin proponérselo, le había recordado algo bastante sencillo.

Existían otros pisos.

Otras personas.

Otra vida.

El ascensor se detuvo.

Planta treinta y dos.

Las puertas se abrieron.

Alejandro salió primero.

Clara detrás.

—Clara!.

—¿Sí?

Él se giró.

—El consejo se ha adelantado a las ocho y cuarenta y cinco.

Clara miró el reloj.

Ocho y veintinueve.

—Nadie me ha avisado.

—Lo sé. Me lo comunicaron hace diez minutos.

—Entonces tenemos dieciséis minutos.

—Quince.

—Acaba de quitarme uno.

Alejandro volvió a sonreír.

—Café?.

—Solo, sin azúcar.

—Veo que todavía se acuerda.

Clara lo miró.

—Llevo cuatro años preparándolo.

—Precisamente.

Alejandro entró en su despacho.

Clara dejó el bolso junto a la mesa.

El teléfono vibró.

Lo ignoró.

Encendió el ordenador.

Revisó el correo.

Consejo extraordinario.

Sala principal.

Documentación adjunta.

Catorce archivos.

—Fantástico.

Marta apareció desde el pasillo.

—Buenos días.

—No.

—¿No qué?

—No son buenos.

—Acabo de llegar.

—Consejo en catorce minutos.

Marta abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—Catorce archivos.

—Me voy.

—Cobarde.

—Superviviente.

Clara imprimió los documentos principales, abrió el calendario de Alejandro, comprobó las reuniones posteriores y llamó a recepción.

—Necesito que suban seis copias del informe financiero a la sala del consejo.

Pausa.

—Sí, ahora.

Otra pausa.

—No, dentro de una hora no me sirve.

Colgó.

Preparó el café.

Cuando entró en el despacho, Alejandro estaba frente al ventanal colocándose la corbata.

Clara dejó la taza sobre la mesa.

—Tiene el informe en la tableta y una copia impresa en la carpeta azul.

—Gracias.

—Finanzas ha modificado la previsión del tercer trimestre.

—¿Cuánto?

—Dos coma tres.

Alejandro se giró.

—¿A la baja?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace aproximadamente siete minutos, según el correo que acaban de mandar.

Alejandro cogió la carpeta.

—¿Robles lo sabe?

—Está en copia.

—Llámala.

—Ya lo he hecho.

Alejandro se detuvo.

—¿Y?

—Ha dicho una palabra que prefiero no repetir.




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