Daniel no preguntó nada durante cinco días.
Nada.
Ni dónde estaba.
Ni con quién.
Ni a qué hora pensaba volver a casa.
Ni siquiera volvió a mencionar a Alejandro.
El lunes escribió a Clara a las ocho y doce de la mañana.
Daniel: Buenos días.
Clara: Buenos días.
Daniel: Que tengas buen día.
Clara esperó.
Nada más.
Sonrió.
Clara: ¿Eso es todo?
Daniel: Sí.
Clara: Qué decepción.
Daniel: Estoy aprendiendo 😂
Clara guardó el teléfono.
Cuando atravesó los tornos de Vidal Global, Miguel levantó la mirada.
—Hoy también sonríes.
—¿Tú trabajas o analizas a la gente?
—Las dos cosas.
—Pues céntrate en la primera.
—Buenos días, Clara.
—Buenos días, Miguel.
Entró en el ascensor.
Por primera vez en varios días se sentía ligera.
La conversación del sábado con Daniel había servido para algo.
Eso parecía.
Quizá Marta había exagerado.
Quizá su madre había exagerado.
Quizá ella misma había empezado a interpretar cada frase de Daniel buscando algo que no existía.
El ascensor se detuvo en el piso veintisiete.
Marta ya estaba en su mesa.
—Buenos días.
—Buenos días.
Clara dejó el bolso.
Marta la observó.
—¿Qué?
—Nada.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Pero has puesto cara.
Marta sonrió.
—Me encanta que ahora todo el mundo tenga caras.
Clara encendió el ordenador.
—Daniel está bien.
Marta arqueó una ceja.
—Yo no he preguntado.
—Ya.
—Pero gracias por el comunicado oficial.
Clara la ignoró.
A las nueve y siete recibió el primer correo de Alejandro.
A las nueve y veinte, el segundo.
A las nueve y treinta y cuatro, una llamada.
—Clara!.
—Dime.
—Necesito el informe de Lisboa.
—Te lo envié ayer.
Silencio.
—No lo encuentro.
—Eso ya no es responsabilidad mía.
—Eres mi secretaria.
—No tu madre.
Escuchó una risa al otro lado.
—¿Puedes reenviármelo?
—Sí.
—Gracias.
Clara colgó.
Marta la miraba.
—¿Qué?
—Nada.
—Marta.
—Me resulta fascinante.
—¿El qué?
—Cómo le hablas.
—Es mi jefe.
—Precisamente.
—Llevo cuatro años trabajando con él.
—Precisamente.
Clara abrió el correo.
—Busca trabajo.
—Estoy muy bien aquí.
—Lástima.
Reenvió el informe.
Cinco minutos después:
Alejandro: Gracias.
Clara: De nada.
Alejandro: Y no eres mi madre.
Clara sonrió.
Clara: Menos mal.
Alejandro: Mi madre es bastante más amable.
Clara: Puedes contratarla.
Alejandro: No sabe usar Excel.
Clara: Yo tampoco.
Alejandro: Eso explica muchas cosas.
Clara se quedó mirando la pantalla.
Marta apareció junto a ella.
—¿Por qué sonríes?
Clara cerró el chat.
—Vete.
—Era él.
—Marta.
—Era Vidal.
—Tengo trabajo.
—Definitivamente era Vidal.
Clara le lanzó una mirada.
Marta regresó riéndose a su mesa.
A mediodía Daniel escribió.
Daniel: ¿Te apetece comer mañana?
Clara: Mañana no puedo.
Esperó.
Daniel: Vale. Otro día.
Clara se quedó mirando la respuesta.
Nada más.
Ni por qué.
Ni con quién.
Ni qué tenía que hacer.
Sintió una satisfacción absurda.
Clara: ¿Miércoles?
Daniel: Perfecto.
Clara: A las dos.
Daniel: Allí estaré.
Y estuvo.
El miércoles apareció a las dos menos cinco frente a Vidal Global.
Clara salió del edificio y lo encontró apoyado contra una farola.
—Cinco minutos antes.
—Estoy mejorando.
—Eso parece.
Daniel la besó.
—¿Qué tal el día?
—Horrible.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Así cualquier cosa que hagamos ahora te parecerá maravillosa.
Clara se echó a reír.
Comieron en un restaurante pequeño.
Daniel habló de su trabajo.
Clara del suyo.
En ningún momento preguntó por Alejandro.
Cuando Clara miró el teléfono porque había recibido un correo, Daniel continuó comiendo.
No intentó mirar la pantalla.
No preguntó quién era.
Nada.
Aquello no debería haber llamado su atención.
Pero lo hizo.
—¿Qué? —preguntó Daniel.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Ya.
—¿Tengo algo?
—No.
—Entonces me estás admirando.
—Exacto.
Daniel sonrió.
—Puedes continuar.
Clara negó con la cabeza.
—Eres idiota.
—Pero estoy guapo.
—Eso está por demostrar.
Daniel cogió una patata de su plato.
—Oye.
—¿Qué?
—El sábado tengo entradas para una exposición.
—¿Eso es una invitación?
—Sí.
—Bien.
—¿Quieres venir?
Clara fingió pensarlo.
—Depende.
—¿De qué?
—¿Vas a preguntarme con quién hablo cada vez que mire el móvil?
Daniel dejó la patata.
Durante un instante Clara pensó que había estropeado el momento.
Pero Daniel sonrió.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Entonces sí.
Daniel levantó su vaso.
—Progreso.
Clara chocó el suyo.
—Progreso.
Y lo fue.
El jueves Daniel no escribió hasta las seis de la tarde.
El viernes apenas intercambiaron cuatro mensajes.
El sábado fueron a la exposición.
Daniel estuvo divertido.
Atento.
Cariñoso.
Sin una sola pregunta incómoda.
Después caminaron durante horas.
Entraron en una librería.
Daniel compró una novela que Clara había cogido de una estantería y vuelto a dejar.
—No tenías que hacerlo.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿por qué?
—Porque la querías.
—Solo la estaba mirando.
—Durante siete minutos.
Clara sonrió.
—Eso también es vigilarme.