Y sin embargo…
Clara volvió a mirar a Alejandro.
—¿Eso era una sugerencia?
Él giró ligeramente la cabeza.
—¿Qué cosa?
—Lo de hacer planes.
—Era una observación.
—Ah.
Clara volvió a mirar las puertas.
Por supuesto.
Una observación.
Nada más.
Dieciséis.
Quince.
Catorce.
—Aunque Marta tiene razón —dijo Alejandro.
Clara se volvió de golpe.
—¿Marta?
—Sí.
—¿Has hablado con Marta de mí?
Alejandro pareció darse cuenta demasiado tarde de que acababa de decir algo que quizá no debería haber dicho.
—No exactamente.
—¿Qué significa «no exactamente»?
—Que la he oído.
—Eso no mejora mucho la situación.
Alejandro sonrió.
—Habla bastante alto.
—Eso sí es verdad.
Doce.
Once.
—¿Qué has oído?
—Que trabajas demasiado.
Clara cruzó los brazos.
—Mira quién habla.
—Yo no soy un buen ejemplo.
—Por una vez estamos de acuerdo.
Alejandro soltó una pequeña risa.
Nueve.
Ocho.
—También ha dicho que necesitas una vida.
Clara cerró los ojos.
—Voy a matarla.
—No creo que lo dijera literalmente.
—Yo sí.
—Clara!.
Ella lo miró.
Alejandro había dejado de sonreír.
—Tiene razón.
Aquello la molestó más de lo que debería.
—Tengo una vida.
—No he dicho que no.
—Trabajo. Tengo amigos. Vivo con mi madre. Salgo.
Alejandro levantó ligeramente una ceja.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara significa algo.
—Solo estaba intentando recordar la última vez que te vi marcharte antes de las siete.
Clara abrió la boca.
La cerró.
—Eso no demuestra nada.
—Claro.
Cinco.
Cuatro.
—¿Y tú? —preguntó ella.
—¿Yo qué?
—¿Cuándo fue la última vez que saliste de aquí antes de las siete?
Alejandro pensó.
—No estamos hablando de mí.
—Qué conveniente.
Las puertas se abrieron.
Vestíbulo.
Alejandro hizo un gesto para que Clara saliera primero.
Ella caminó hacia la entrada.
—Buenas noches, Miguel.
—Buenas noches, Clara.
El vigilante levantó la mirada hacia Alejandro.
—Buenas noches, señor Vidal.
—Buenas noches.
Salieron a la calle.
El aire era más fresco de lo que Clara esperaba.
Se colocó el bolso sobre el hombro.
—Bueno.
Alejandro se detuvo junto a ella.
—Bueno.
Clara señaló hacia la parada del autobús.
—Yo voy por allí.
—Lo sé.
Ella lo miró.
—¿Cómo sabes dónde cojo el autobús?
Alejandro tardó medio segundo demasiado en responder.
—Te he visto alguna vez.
—Claro.
Otra de aquellas pequeñas cosas.
Clara empezó a caminar.
—Buenas noches, Alejandro.
—Buenas noches, Clara.
Dio tres pasos.
—Clara!.
Se volvió.
Alejandro seguía frente a la entrada.
—¿Sí?
—Haz algún plan.
Ella sonrió.
—¿Es una orden de Dirección General?
—Una recomendación.
—Lo pensaré.
—Eso significa que no lo harás.
—Empiezas a conocerme.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Hace tiempo.
La sonrisa de Clara desapareció muy lentamente.
Él pareció darse cuenta.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Clara siguió caminando.
No miró atrás.
Aunque tuvo ganas.
⸻
El sábado a las once y diez, Clara estaba sentada en una terraza con Marta.
Aquello, según Marta, constituía un acontecimiento histórico.
—No puedo creerlo.
—¿Qué?
—Hay luz del día.
Clara bebió café.
—La hay todos los días.
—Y tú estás fuera de la oficina mientras existe.
—Qué graciosa.
Marta sonrió.
—Estoy orgullosa.
—No exageres.
—Ayer trabajaste solo diez horas.
—Nueve y media.
—Milagro.
Clara miró alrededor.
Familias.
Parejas.
Gente paseando.
Un hombre empujaba un carrito de bebé mientras hablaba por teléfono.
Dos chicas se hacían una fotografía frente a una tienda.
La ciudad seguía existiendo fuera de Vidal Global.
Era sorprendente lo fácil que resultaba olvidarlo.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Marta.
—Tomar café.
—Después.
—Volver a casa.
—No.
Clara la miró.
—¿Cómo que no?
—Hoy eres mía hasta las seis.
—Eso suena inquietante.
—Vamos a comer, dar una vuelta y quizá beber algo.
—Son las once.
—He dicho después.
Clara sonrió.
—¿Y cuál es el motivo de este secuestro?
Marta se encogió de hombros.
—Ninguno.
Clara la observó.
—Mientes fatal.
—Gracias.
—¿Qué estás tramando?
—Nada.
—Marta!.
—Vale.
Dejó la taza.
—Quiero presentarte a alguien.
Clara cerró los ojos.
—No.
—Todavía no sabes quién.
—Me da igual.
—Se llama Daniel.
—No.
—Treinta y cinco años.
—No.
—Arquitecto.
—Marta!.
—Divorciado, sin hijos, bastante guapo.
—¿Estás vendiendo un piso?
Marta empezó a reír.
—Solo quiero que lo conozcas.
—No necesito conocer a nadie.
—Eso es exactamente lo que dice alguien que necesita conocer a alguien.
Clara negó con la cabeza.
—No pienso tener una cita organizada.
—No es una cita.
—¿Qué es?
—Una comida.
—¿Él sabe que voy?
Marta guardó silencio.
—Marta!.
—Puede.
—Me voy.
Clara cogió el bolso.
Marta la agarró del brazo.
—Espera.
—Te odio.
—Lo sé.
—Muchísimo.
—También.
Clara volvió a sentarse.
—Es una comida, solo una comida.
—No me dejas sola con él.
—Jamás.
—Y no vuelvas a hacer esto.
Marta levantó una mano.
—Lo prometo.
—Estás cruzando los dedos debajo de la mesa.
Marta retiró la mano.