Durante las dos semanas siguientes, Clara vio a Daniel cuatro veces.
No era mucho.
Pero tampoco era poco.
Un café.
Una cena.
Un paseo el domingo por la mañana.
Y una película que resultó ser tan mala que pasaron la mitad del tiempo riéndose.
Daniel no la presionaba.
Eso le gustaba.
Marta, en cambio, parecía haber convertido la situación en un acontecimiento deportivo.
—Cuatro citas.
—No son cuatro citas.
—¿Cuántas son?
Clara pensó.
—Tres y media.
—¿Cuál cuenta como media?
—El café.
—Era una cita.
—Duró cuarenta minutos.
—Hay matrimonios que hablan menos.
Clara soltó una carcajada.
—¿Puedes trabajar?
—Estoy trabajando.
—Estás mirando mi teléfono.
—Porque sonríes.
Clara guardó el móvil.
—Problema resuelto.
Marta sonrió.
—Te gusta.
—Sí.
Esta vez Clara no lo negó.
Marta abrió mucho los ojos.
—¡Por fin!
—Baja la voz.
—Has admitido que te gusta.
—He dicho que me gusta. No que vaya a casarme con él.
Marta hizo una mueca.
Clara la miró.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Has pensado en la boda.
—Un poco.
Clara volvió al ordenador.
Faltaban cinco semanas.
No necesitaba calendario.
Lo sabía.
⸻
El proyecto también avanzaba.
Y con él, Clara.
Ya no asistía a reuniones únicamente para tomar notas.
Presentaba.
Defendía propuestas.
Discutía presupuestos.
Elena había empezado incluso a dejarla sola en algunas reuniones.
—¿No vienes?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no me necesitas.
Clara la miró.
—Eso ha sonado casi como un cumplido.
—No te acostumbres.
—1998.
—Exacto.
Alejandro también había cambiado.
Muy poco.
Pero Clara lo notaba.
Ya no preguntaba tanto.
No aparecían bocadillos sobre su mesa.
No había mensajes fuera del horario de trabajo.
No volvía a preguntarle qué planes tenía.
La distancia correcta.
Por fin.
Debería haberse sentido aliviada.
En cambio, algunas mañanas descubría que echaba de menos cosas que nunca deberían haber ocurrido.
⸻
El jueves, Elena convocó una reunión a última hora.
—Tenemos un problema.
Clara dejó la carpeta.
—Siempre empiezas así.
—Porque siempre tenemos problemas.
Alejandro entró.
—¿Qué ocurre?
Elena proyectó unas cifras.
—Ámsterdam.
Durante los siguientes noventa minutos, todo lo demás desapareció.
Clara propuso una modificación.
Alejandro la rechazó.
Ella insistió.
Él volvió a rechazarla.
Clara se levantó.
—No puedes descartarlo solo porque no te gusta.
Alejandro levantó la mirada.
—No lo descarto porque no me guste.
—Entonces ¿por qué?
—Porque no funcionará.
—Funcionará.
—No.
—Sí.
Elena miró el reloj.
—Me encanta cuando llegamos a esta parte.
Ninguno la escuchó.
Clara señaló las cifras.
—Mira esto.
Alejandro se levantó.
Se colocó a su lado.
Demasiado cerca.
Clara fue consciente durante medio segundo.
Después volvió al trabajo.
—Si eliminamos esta fase, ganamos once días.
—Y aumentamos el riesgo.
—Un tres por ciento.
—Un cuatro y medio.
—Tres con ocho.
—Eso sigue estando más cerca de cuatro que de tres.
Clara lo miró.
—No cambies de tema.
—No estoy cambiando de tema.
Elena cerró el portátil.
—Me voy.
Ambos se volvieron.
—¿Qué? —preguntó Clara.
—Son las ocho y diez.
Clara miró el reloj.
No se había dado cuenta.
—Mañana seguimos.
—Tenemos que resolverlo hoy —dijo Alejandro.
Elena cogió el bolso.
—Entonces resolvedlo.
Miró a Clara.
Después a Alejandro.
—Intentad no mataros.
—No prometo nada —dijo Clara.
Elena sonrió.
—Eso me preocupa menos de lo que debería.
Se marchó.
⸻
A las nueve y cuarto seguían trabajando.
A las nueve y veinte, Alejandro pidió comida.
—No tengo hambre.
—Mentira.
Clara lo miró.
—Habíamos dejado de hacer esto.
—¿Qué cosa?
—Controlar si como.
Alejandro guardó silencio.
—Estoy pidiendo para mí —dijo finalmente—. Puedo pedir para dos.
Clara sintió que había sido injusta.
—Perdona.
—No pasa nada.
—Pizza.
—¿Qué?
—Si vas a pedir comida, pizza.
Alejandro sonrió.
—Eso no parece muy saludable.
—Tú has empezado.
Pidieron pizza.
Comieron sobre la mesa de reuniones, rodeados de informes.
Era absurdo.
Alejandro Vidal podía cenar en cualquier restaurante de la ciudad.
Y estaba comiendo pizza de una caja de cartón.
Clara lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez.
—Estaba pensando.
—Peligroso.
—Que no te imaginaba comiendo pizza.
Alejandro levantó una porción.
—¿Qué pensabas que comía?
—No sé. Cosas pequeñas en platos enormes.
Él empezó a reír.
—Eso es ridículo.
—He reservado suficientes restaurantes para ti.
—Por trabajo.
—Claro.
—En mi casa tengo comida normal.
—¿Sabes cocinar?
Alejandro guardó silencio.
Clara sonrió.
—Eso es un no.
—Sé hacer algunas cosas.
—¿Qué?
—Café.
Clara empezó a reír.
—Eso no es cocinar.
—Huevos.
—¿Fritos?
—Revueltos.
—Impresionante.
—Pasta.
—¿Con salsa?
Alejandro la miró.
—No abuses.
Clara seguía riendo.
Y durante unos minutos olvidó completamente dónde estaba.
Hasta que el teléfono de Alejandro vibró.
Victoria.
El nombre apareció en la pantalla.
Clara dejó de reír.
Alejandro cogió el teléfono.