Alejandro empezó a tratarla de usted el martes.
No todo el tiempo.
Eso habría sido demasiado evidente.
Solo cuando había alguien delante.
—Señorita Martín, ¿puede enviar esto a Londres?
Clara levantó la vista.
Señorita Martín.
Cuatro años.
Nunca.
Ni una sola vez.
—Claro, señor Vidal.
Alejandro la miró.
Marta bajó la cabeza para esconder una sonrisa.
Clara cogió los documentos.
—¿Algo más, señor Vidal?
—No.
—Perfecto.
Salió del despacho.
Marta la siguió hasta el ascensor.
Esperó a que las puertas se cerraran.
—Señorita Martín.
Clara se echó a reír.
—Cállate.
—Señor Vidal.
—Marta!.
—Ha sido precioso.
—Hay gente delante. Es normal.
—En cuatro años nunca te ha llamado así.
Clara pulsó el veintisiete.
—Ahora se casa.
Marta dejó de sonreír.
Clara también.
Aquella era la explicación.
La única explicación.
Alejandro estaba colocando las cosas en su sitio.
Victoria.
La boda.
Daniel.
Ella.
Cada persona en el lugar que correspondía.
La distancia correcta.
Y Clara debería agradecérselo.
A mediodía recibió un mensaje de Daniel.
Daniel: He encontrado traje.
Clara: Milagro.
Daniel: Necesito opinión femenina.
Clara: Pregunta a tu madre.
Daniel: Cruel.
Clara: Mándame foto.
Llegaron tres fotografías.
Daniel frente a un espejo.
Traje azul oscuro.
Camisa blanca.
Sin corbata.
Clara amplió la segunda.
Daniel: ¿Y?
Clara: No está mal.
Daniel: Eso en idioma Clara significa espectacular.
Clara: Significa no está mal.
Daniel: ¿Me lo compro?
Clara: Si te gusta.
Daniel: Quiero que te guste a ti.
Clara se quedó mirando el mensaje.
No había nada malo.
Nada.
Clara: Me gusta.
Daniel: Entonces vendido.
Clara sonrió.
Marta apareció junto a ella.
—¿Traje para la boda?
—Sí.
—Está guapo.
Clara bloqueó el teléfono.
—¿Puedes dejar de mirar?
—Lo tenías delante de mi cara.
—Estabas a dos metros.
—Tengo buena vista.
Clara volvió al trabajo.
A las cinco recibió una llamada del despacho de Alejandro.
—¿Sí?
—¿Puedes entrar?
—Voy.
Cuando llegó, la puerta estaba abierta.
Alejandro estaba solo.
Sin chaqueta.
Con las mangas remangadas.
La corbata sobre la mesa.
Clara se detuvo un segundo.
Cuatro años.
Había visto aquella imagen cientos de veces.
Pero ahora todo parecía diferente.
—¿Qué necesitas?
Alejandro señaló el portátil.
—Lisboa.
Clara se acercó.
—¿Qué pasa?
—Las cifras no coinciden.
Se inclinó junto a él.
Demasiado cerca.
El perfume de Alejandro.
Su hombro.
Su mano sobre el ratón.
Clara retrocedió medio paso.
Alejandro lo notó.
No dijo nada.
—Aquí —dijo ella—. Estás utilizando la versión anterior.
—No.
—Sí.
—La descargué esta mañana.
—Pues has descargado la equivocada.
—Imposible.
Clara cogió el ratón.
—Mira.
Abrió una carpeta.
Otra.
Documento final.
—Esta.
Alejandro la miró.
—Tienes razón.
—Puedes repetirlo.
—No abuses.
—Quiero grabarlo.
Alejandro sonrió.
Clara también.
Y durante un instante desapareció la distancia.
Solo un instante.
El teléfono de Clara vibró sobre la mesa.
Los dos miraron la pantalla.
Daniel.
El nombre apareció claramente.
Clara cogió el móvil.
Alejandro apartó la mirada.
—Puedes contestar.
—No hace falta.
—Puede ser importante.
—No lo es.
Alejandro se quedó quieto.
Clara también.
Aquello había sonado mal.
—Quiero decir…
—No tienes que explicarme nada.
Otra vez.
La distancia.
Clara guardó el teléfono.
—¿Necesitas algo más?
—No.
—Entonces bajo.
—Clara!.
Ella se giró.
Alejandro estaba de pie.
—Sobre la boda.
Clara esperó.
—¿Qué?
—Me alegro de que vengas.
Clara tragó saliva.
—Ya te dije que iría.
—Lo sé.
—Entonces…
Alejandro metió las manos en los bolsillos.
—Nada.
Clara lo observó.
—Últimamente dices mucho eso.
—¿Qué?
—Nada.
Alejandro sonrió ligeramente.
—Quizá porque es lo correcto.
Clara no respondió.
Salió del despacho.
Cuando llegó al ascensor miró el mensaje de Daniel.
Daniel: ¿Te apetece cenar?
Clara: Hoy no puedo.
La respuesta tardó unos segundos.
Daniel: Vale ❤️
Nada más.
Clara guardó el móvil.
A las siete y veinte seguía trabajando.
La planta estaba casi vacía.
Marta se había marchado.
Clara cerró un informe.
Abrió otro.
Escuchó el ascensor.
No levantó la cabeza.
—¿Todavía aquí?
Reconoció la voz.
Alejandro.
—Eso parece.
—Son más de las siete.
—Sé mirar el reloj.
—A veces lo dudo.
Clara siguió escribiendo.
Alejandro se acercó.
—Vete a casa.
—¿Es una orden?
—Sí.
Clara levantó la mirada.
—Pues no.
Alejandro sonrió.
—Sigues siendo una empleada excelente.
—Lo sé.
—Y muy obediente.
—También.
Alejandro miró la pantalla.
—¿Qué haces?
—Lisboa.
—Puede esperar.
—Mañana tienes consejo.
—Clara.
Ella dejó de escribir.
—¿Qué?
—Vete.
Había algo distinto en su voz.
Más suave.
Clara cerró el portátil.
—Vale.
Recogió sus cosas.
Entraron juntos en el ascensor.
Alejandro pulsó planta baja.
Las puertas se cerraron.
Silencio.
Treinta y uno.