Daniel escogió una terraza pequeña.
Nada elegante.
Nada especial.
Precisamente por eso a Clara le gustó.
Llegó primero.
Daniel apareció cuatro minutos después caminando deprisa.
—Perdón.
—Cuatro minutos.
—Imperdonable.
—Estaba a punto de irme.
—Lo imaginaba.
Daniel apartó una silla.
—Señorita Martín.
Clara se sentó.
—Esto sí es una cita normal.
—¿Las otras eran anormales?
—Contigo nunca se sabe.
—Me ofende.
—Sobrevivirás.
Daniel levantó la mano para llamar a la camarera.
—¿Cerveza?
Clara lo miró.
—¿Me estás preguntando o decidiendo?
Daniel cerró los ojos.
—Empezamos bien.
Clara se echó a reír.
—Era broma.
—No vuelvo a preguntar nada en toda la noche.
—Eso sí que sería preocupante.
—Entonces explícame las normas.
—No hay normas.
—Peor todavía.
Pidieron dos cervezas y unas bravas.
Durante la primera hora todo fue fácil.
Hablaron.
Rieron.
Daniel contó una historia absurda sobre un compañero que había enviado un mensaje destinado a su novia al grupo de trabajo.
Clara terminó llorando de risa.
—No puede ser verdad.
—Te lo juro.
—¿Qué decía?
—Eso no puedo repetirlo en público.
—Ahora tienes que hacerlo.
Daniel sacó el móvil.
—Tengo captura.
—No.
—Sí.
—Daniel.
Él buscó entre sus fotografías.
Clara se inclinó hacia él.
—Enséñamela.
—Un momento.
Daniel deslizó el dedo.
De repente se detuvo.
—Mira.
Giró el teléfono.
Era una fotografía de Clara.
Ella frunció el ceño.
—¿Cuándo hiciste eso?
—El otro día.
Clara aparecía sentada en la cafetería mirando hacia la ventana.
No miraba a cámara.
—No sabía que me habías hecho una foto.
—Porque si te aviso posas.
—Normal.
Daniel sonrió.
—Así estás más guapa.
Clara cogió el teléfono.
—Salgo horrible.
—Mentira.
Deslizó el dedo accidentalmente.
Apareció otra fotografía.
Clara.
Saliendo del restaurante.
Otra.
Clara caminando por la calle.
Otra.
Clara riéndose.
Ella levantó la vista.
—¿Cuántas fotos tienes mías?
Daniel se encogió de hombros.
—Unas cuantas.
—Eso es un poco inquietante.
—Soy tu acosador oficial.
Clara sonrió, pero volvió a mirar las fotografías.
En una estaba de espaldas.
En otra buscaba algo dentro del bolso.
En otra hablaba por teléfono.
—Bórralas.
Daniel abrió mucho los ojos.
—Ni hablar.
—Daniel.
—Me gustan.
—En algunas ni siquiera sabía que me estabas fotografiando.
La sonrisa de Daniel desapareció.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
—Vale.
Clara lo miró.
—¿Vale qué?
—Si te molesta, las borro.
—No hace falta.
—Sí hace falta si te incomoda.
Cogió el teléfono.
—¿Cuáles?
Clara se sintió ridícula.
—Déjalo.
—No.
—Daniel…
—En serio.
Ella suspiró.
—Solo avísame.
—Hecho.
Daniel levantó dos dedos.
—Palabra.
La camarera dejó otras dos cervezas.
Daniel miró el vaso de Clara.
—Esta es la primera.
Clara levantó lentamente la mirada.
Daniel se quedó quieto.
Durante un segundo ninguno habló.
Entonces él abrió mucho los ojos.
—Joder.
Clara no pudo evitar reírse.
—¿Qué?
—Tu madre.
—¿Mi madre?
—Me está poseyendo.
Clara empezó a reír.
—No tiene gracia.
—Sí la tiene.
—Prometiste no interrogarme.
—Y ahora estoy contando cervezas. Voy de maravilla.
—Muchísimo.
Daniel levantó su vaso.
—Puedes beberte quince.
—Gracias por el permiso.
Él hizo una mueca.
—Otra vez ha sonado fatal.
Clara chocó su vaso contra el suyo.
—Muchísimo.
Daniel la miró.
La sonrisa fue desapareciendo.
—No quiero convertirme en ese tipo de hombre.
Clara dejó el vaso.
—¿Qué tipo?
Daniel tardó en responder.
—El que cree que porque una mujer está con él puede decidir por ella.
Clara lo observó.
Había algo serio en sus ojos.
—No lo eres.
Daniel sonrió.
—Recuérdamelo si algún día se me olvida.
Clara levantó el vaso.
—Lo haré.
—Trato hecho.
La conversación cambió.
Hablaron de viajes.
Daniel quería conocer Japón.
Clara llevaba años diciendo que algún día iría a Nueva York.
—¿Nunca has estado?
—No.
—Trabajas en una multinacional.
—Eso no significa que me manden de vacaciones.
—Podrías ir conmigo.
Clara lo miró.
—¿Perdona?
Daniel sonrió.
—Algún día.
—Llevamos cuatro citas y ya estás organizando viajes.
—Cinco.
—¿Cinco?
—La cafetería cuenta.
—No cuenta.
—Para mí sí.
Clara negó con la cabeza.
Pero sonrió.
Horas después, ya en casa, recibió una fotografía.
Era la que Daniel había tomado aquella tarde.
Esta vez ella miraba a cámara.
Daniel: Esta sí tenía permiso.
Clara sonrió.
Clara: Aprobada.
Daniel: La voy a guardar.
Clara: Te dejo.
Daniel: ¿Solo para mí?
Clara dejó de escribir.
Miró la pregunta.
Daniel: Es broma.
Un segundo después llegó otro mensaje.
Daniel: Buenas noches, preciosa.
Clara: Buenas noches.
Dejó el móvil sobre la mesilla.
Pero antes de apagar la luz volvió a cogerlo.
Abrió la conversación.
Leyó otra vez.
¿Solo para mí?
Después apagó la pantalla.
A la mañana siguiente, Victoria de la Vega apareció en Vidal Global a las once y veinte.
Clara la vio atravesar la planta veintisiete como si el edificio también le perteneciera.
Quizá pronto lo haría.