El jueves, Alejandro no apareció a las ocho.
Ni a las ocho y cuarto.
Ni a las ocho y media.
Clara intentó convencerse de que no estaba mirando el reloj.
A las ocho y treinta y siete dejó de intentarlo.
—Está con su padre.
Marta habló sin levantar la vista del ordenador.
Clara la miró.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de mirar el ascensor.
—No estoy mirando el ascensor.
Marta levantó la cabeza.
—Lo has mirado siete veces.
—¿Las has contado?
—No.
Pausa.
—Nueve.
Clara negó con la cabeza.
—Su padre está bien.
—Me alegro.
—Fue una bajada de tensión.
—Entonces mejor.
Clara volvió a la pantalla.
Tenía un correo abierto desde hacía tres minutos y todavía no había leído la primera línea.
Marta la observó.
—¿Te escribió?
—¿Quién?
—Alejandro.
Clara suspiró.
—Sí.
—¿Anoche?
—Sí.
—¿Desde el hospital?
—Marta!.
—Pregunta objetiva.
—Su padre estaba bien. Me avisó.
—Eso es normal.
Clara la miró.
—Gracias.
—No he terminado.
—Pues termina sola.
Marta sonrió.
El móvil de Clara vibró.
Lo miró.
Daniel.
Daniel: Falta un día.
Clara: ¿Para qué?
Daniel: No me hagas esto.
Clara: ¿El viernes?
Daniel: Gracias.
Clara: Pensaba que hablabas del fin del mundo.
Daniel: Si cocino mal puede ser parecido.
Clara sonrió.
Daniel: He comprado vino.
Clara: Eso mejora tus posibilidades.
Daniel: Y Bruno se ha duchado.
Clara: Entonces voy por Bruno.
Daniel: Empiezo a arrepentirme de habértelo presentado.
Clara: Todavía no me lo has presentado.
Daniel: Mañana.
Clara dejó el teléfono.
—Esa es otra sonrisa —dijo Marta.
—Voy a solicitar formalmente que te cambien de mesa.
—¿Daniel?
—Sí.
—¿Mañana?
—Sí.
Marta apoyó los codos sobre la mesa.
—¿En su casa?
Clara dudó.
—Sí.
Marta levantó las cejas.
—Ah.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Ese ah.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
Marta sonrió.
—¿Vas a cenar a casa de un hombre que conoces desde hace una semana?
—Sí.
—Perfecto.
Clara frunció el ceño.
—¿Perfecto?
—Sí.
—Esperaba un interrogatorio.
—Te conozco. Si te lo hago, no me contestarás.
Clara volvió a mirar la pantalla.
—Correcto.
—Así que solo necesito una cosa.
—¿Qué?
—Su dirección.
Clara la miró.
—¿Perdón?
—Me mandas la dirección.
—Marta!.
—No para ir.
—Menos mal.
—Por seguridad.
Clara abrió la boca para protestar.
Marta se encogió de hombros.
—Primera vez que vas a su casa. Yo sabré dónde estás. Tú sabrás que yo lo sé. Y todos contentos.
Clara pensó unos segundos.
—Vale.
—Gracias.
—Pero no aparezcas.
—No prometo nada.
—Marta!.
—Era broma.
Clara volvió al ordenador.
—Creo.
—Marta!.
—Vale, vale.
A las nueve y doce se abrieron las puertas del ascensor.
Clara levantó la cabeza demasiado rápido.
Alejandro salió.
Sin chaqueta.
Camisa blanca.
La corbata ligeramente torcida.
Y aspecto de haber dormido poco.
Marta miró a Clara.
Clara la ignoró.
Alejandro se acercó.
—Buenos días.
—Buenos días.
Clara observó su cara.
—¿Tu padre?
—En casa.
—¿Ya?
—Le dieron el alta a las siete.
—¿Está bien?
—Sí. Tiene que hacerse algunas pruebas, pero parece que no hay nada preocupante.
Clara sonrió.
—Me alegro.
—Gracias.
Alejandro dejó una carpeta sobre la mesa.
—¿Qué tenemos?
Clara lo miró.
—Irte a casa.
—Clara!.
—Has pasado la noche en el hospital.
—He dormido.
—¿Dónde?
Alejandro dudó.
—En una silla.
Clara levantó las cejas.
—Eso no es dormir.
—Tengo una reunión a las diez.
—La cancelo.
—No.
—Sí.
—Soy tu jefe.
—Y yo tengo acceso a tu agenda.
Alejandro la observó.
—Eso empieza a parecer demasiado poder.
—Lo llevo diciendo cuatro años.
Él sonrió.
—La reunión sigue.
—Como quieras.
Alejandro empezó a caminar hacia su despacho.
—¿Victoria?
Se detuvo.
Clara no sabía por qué había preguntado.
—¿Qué?
—Ayer dijiste que estaba contigo.
—Sí.
—¿Está bien?
Alejandro tardó apenas un segundo.
—Sí.
Entró en el despacho.
Clara se quedó mirando la puerta.
Marta esperó exactamente cuatro segundos.
—Ese sí ha sido raro.
Clara giró la cabeza.
—No empieces.
—No he empezado.
—Pues no continúes.
Marta levantó las manos.
—Trabajo.
Y trabajó.
Durante casi once minutos.
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A las doce y diez, Alejandro salió del despacho.
—Clara!.
—¿Sí?
—¿Puedes entrar?
Ella cogió una libreta.
—Claro.
Entró.
Alejandro cerró la puerta.
—No necesitas eso.
Clara miró la libreta.
—Entonces ¿para qué me llamas?
Él se sentó.
—Quiero preguntarte algo.
—Eso suele ocurrir cuando alguien llama a otra persona.
Alejandro no sonrió.
Clara dejó la libreta.
—¿Qué pasa?
Alejandro miró hacia la ventana.
—Ayer Victoria y yo discutimos.
Clara permaneció inmóvil.
Aquello no se lo esperaba.
—Alejandro…
—No te estoy pidiendo consejo.
—Menos mal.
—Solo necesito saber una cosa.
Clara esperó.
—¿Llevo demasiado tiempo trabajando así?
—¿Así cómo?
—Como si todo lo demás pudiera esperar.
Clara lo miró.
—¿Quieres la respuesta de tu secretaria o la de Clara?
—La de Clara.
Ella respiró.
—Sí.