El mensaje llegó el lunes a las nueve y cuarenta y tres de la noche.
Clara estaba tumbada en el sofá, con los pies debajo de una manta y el portátil apoyado sobre las piernas.
Daniel: ¿Sigues trabajando?
Clara miró la pantalla.
Clara: Un poco.
Daniel: Son casi las diez.
Clara: Gracias por informarme de la hora.
Daniel: Lo digo porque mañana madrugas.
Clara sonrió.
Clara: Mamá, ¿eres tú?
Daniel: Muy graciosa.
Clara dejó el móvil a un lado.
Había tenido un día horrible.
Dos reuniones.
Tres informes urgentes.
Una llamada de Londres que había durado cuarenta minutos más de lo previsto.
Y Alejandro.
Sobre todo Alejandro.
Desde aquella conversación en el ascensor había mantenido exactamente la distancia que Clara llevaba semanas intentando imponer.
Profesional.
Correcto.
Impecable.
Aquello debería haberla tranquilizado.
No lo hacía.
Había descubierto que era mucho más sencillo resistirse a Alejandro cuando él parecía dispuesto a saltarse alguna de las reglas.
Cuando se acercaba demasiado.
Cuando la miraba más de la cuenta.
Cuando dejaba una frase sin terminar.
Ahora no hacía nada de aquello.
Y, de algún modo, resultaba peor.
El móvil vibró.
Daniel: ¿Con quién estabas cenando?
Clara frunció el ceño.
Clara: ¿Cenando?
Daniel: Antes me dijiste que salías tarde y por eso no vendrías a casa.
Clara: He cenado aquí.
Daniel: Ah.
Clara esperó.
Llegaron los tres puntos.
Desaparecieron.
Volvieron.
Daniel: Pensaba que quizá habías salido con alguien del trabajo.
Clara: No.
Daniel: Vale.
Otra pausa.
Daniel: Solo preguntaba.
Clara dejó el teléfono sobre el sofá.
No había nada raro en aquella pregunta.
Nada.
Daniel era curioso.
Eso era todo.
—¿Quién es?
Clara levantó la cabeza.
Su madre apareció desde el pasillo con una taza entre las manos.
—Daniel.
Elena se sentó en el sillón.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Parecía que estabas poniendo cara rara.
—¿Qué cara?
—La que pones cuando algo te molesta y todavía no has decidido si te molesta.
Clara soltó una carcajada.
—Tienes un catálogo de mis caras.
—Desde 1990.
—Impresionante.
Elena bebió un sorbo.
—¿Qué quería?
—Nada. Preguntaba con quién había cenado.
Elena no respondió inmediatamente.
Clara la miró.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Pero has puesto cara.
—También tengo caras.
Clara cerró el portátil.
—Solo estaba preguntando.
—Entonces perfecto.
—Mamá.
—Clara!.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Responder como si supieras algo que yo no sé.
Elena dejó la taza sobre la mesa.
—No sé nada.
Y era verdad.
No sabía nada.
Solo había observado.
Daniel había sido encantador durante la cena.
Educado.
Atento.
Divertido.
Había recogido los platos sin que nadie se lo pidiera.
Había preguntado por José.
Había escuchado las historias de Elena.
Y cuando se marchó incluso había prometido volver.
Pero Elena recordaba otras dos cosas.
Ya llevas dos.
¿Otra vez?
Dos frases pequeñas.
Tan pequeñas que resultaba absurdo mencionarlas.
Por eso no lo hizo.
—Me gusta Daniel —dijo.
Clara arqueó una ceja.
—Eso ha sonado sospechoso.
—Porque eres insoportable.
Clara sonrió.
El móvil vibró.
Daniel: ¿Te has dormido?
Clara: Han pasado cuatro minutos.
Daniel: Muchísimo tiempo.
Clara: Estaba hablando con mi madre.
Daniel: ¿De mí?
Clara se quedó mirando el mensaje.
Clara: Qué ego tienes.
Daniel: Eso no es un no.
Clara: Buenas noches, Daniel.
Daniel: Espera.
Clara: ¿Qué?
Daniel: Mañana te veo.
Clara sonrió.
Clara: ¿Eso es una pregunta?
Daniel: No.
Clara: Ah.
Daniel: A las ocho.
Clara: Tengo trabajo.
Daniel: A las ocho y media.
Clara: jajaja
Daniel: Negociación cerrada.
Clara dejó el teléfono.
—¿Vas a verlo mañana?
Clara levantó la mirada.
—¿Ahora tú también?
Elena sonrió.
—Solo preguntaba.
Clara le lanzó un cojín.
Elena lo atrapó.
—Buenas noches.
—Buenas noches, mamá.
Cuando Elena desapareció por el pasillo, Clara volvió a abrir el portátil.
Un correo nuevo apareció en la pantalla.
Remitente:
Alejandro Vidal.
Asunto:
Singapur.
Clara sintió esa reacción absurda que últimamente provocaba su nombre.
Nada importante.
Una pequeña tensión en el estómago.
Abrió el mensaje.
Necesito que mañana revisemos juntos la documentación antes del consejo.
¿Puedes subir a las 8:00?
Clara miró la hora.
Después miró el último mensaje de Daniel.
A las ocho.
Suspiró.
Escribió.
De acuerdo. Estaré allí.
Envió.
Después abrió WhatsApp.
Clara: Cambio de planes. Mañana no puedo a las ocho.
La respuesta fue inmediata.
Daniel: ¿Por qué?
Clara: Trabajo.
Daniel: ¿Con Vidal?
Clara se quedó inmóvil.
No recordaba haberle dicho que la reunión fuera con Alejandro.
Intentó reconstruir sus conversaciones.
Quizá sí.
Quizá en algún momento le había explicado que las reuniones importantes solían ser con él.
Era lógico.
Alejandro era su jefe.
Escribió lentamente.
Clara: Sí.
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Daniel: Vale.
Clara esperó.
Daniel: Entonces otro día.
Clara: ¿Te has enfadado?
Daniel: No.
Clara: ¿Seguro?
Daniel: Claro.
Pasaron unos segundos.
Daniel: Solo preguntaba.