Demasiado Lejos De Ti

Capítulo 12 - La fecha

El correo llegó el lunes a las diez y diecisiete de la mañana.

Clara lo abrió sin prestar demasiada atención.

Remitente: Comunicación Corporativa.

Asunto: Celebración Alejandro Vidal y Victoria de la Vega.

Su mano quedó inmóvil sobre el ratón.

No necesitó abrirlo.

Lo hizo.

La Dirección de Vidal Global se complace en comunicar que el próximo 18 de octubre tendrá lugar el enlace matrimonial entre don Alejandro Vidal y doña Victoria de la Vega…

Clara dejó de leer.

Dieciocho de octubre.

Una fecha.

Hasta entonces la boda había sido una idea.

Algo futuro.

Indefinido.

Ahora tenía día.

Miró el calendario que había junto a la pantalla.

Faltaban siete semanas.

—¿Lo has visto?

Marta apareció junto a ella.

Clara cerró el correo.

—Sí.

—Toda la empresa está hablando de ello.

—Normal.

—Dieciocho de octubre.

—Sé leer.

Marta guardó silencio.

Clara continuó trabajando.

O fingiendo hacerlo.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

—Clara…

Ella levantó la mirada.

—Se va a casar. Lo sabemos desde hace semanas. ¿Qué cambia porque ahora sepamos el día?

Marta no respondió.

Clara volvió a la pantalla.

Todo.

Cambiaba todo.

Pero no iba a decirlo.

A las once, Elena la llamó.

—Tenemos problemas.

Aquellas tres palabras consiguieron exactamente lo que Clara necesitaba.

Trabajo.

Durante las siguientes cuatro horas no pensó en bodas.

Ni en Victoria.

Ni en Alejandro.

Un proveedor había modificado las condiciones de un contrato y aquello afectaba a una parte importante del proyecto.

Clara hizo llamadas.

Revisó cifras.

Preparó alternativas.

Discutió con Operaciones.

Discutió con Finanzas.

Y finalmente discutió con Alejandro.

—No podemos aceptar esto —dijo ella.

—Podemos.

—Entonces perderemos seis semanas de trabajo.

—Cuatro.

—Seis.

—Elena calcula cuatro.

Clara miró a Elena.

—¿Cuatro?

—Cinco —respondió Elena.

Clara volvió hacia Alejandro.

—Gracias por el apoyo.

—De nada —dijo Elena.

Alejandro ocultó una sonrisa.

Clara lo vio.

—¿Te hace gracia?

—Un poco.

—Fantástico.

—Clara, siéntese.

—Estoy bien de pie.

—Lleva veinte minutos caminando alrededor de la mesa.

Clara miró hacia abajo.

Era verdad.

Se sentó.

Alejandro acercó un documento.

—Hay otra opción.

Clara comenzó a leer.

Cinco minutos después levantó la cabeza.

—Esto podría funcionar.

—Ya lo sé.

—No estés tan satisfecho.

—Me cuesta.

Elena miró alternativamente a uno y a otro.

—Voy a fingir que esta conversación es completamente profesional.

Clara se puso roja.

Alejandro volvió inmediatamente al documento.

—Lo es.

—Por supuesto —respondió Elena.

Nadie añadió nada.

La reunión terminó pasadas las cuatro.

Elena salió primero.

Clara guardó sus cosas.

Alejandro permaneció sentado.

—Clara.

—¿Sí?

—¿Ha recibido el correo?

No necesitó preguntar cuál.

—Sí.

Alejandro asintió.

—Bien.

Clara cerró el portátil.

—Enhorabuena.

Él levantó la mirada.

—Ya me felicitó.

—Ahora hay fecha.

—Sí.

—Dieciocho de octubre.

—Sí.

Silencio.

Clara se colgó el bolso.

—Será un día importante.

—Eso parece.

La respuesta la desconcertó.

—No pareces especialmente emocionado.

Alejandro la miró.

Clara comprendió que no debería haberlo dicho.

—Perdón.

—No pasa nada.

—No es asunto mío.

—Clara.

Ella esperó.

Alejandro parecía cansado.

No triste.

No arrepentido.

Simplemente cansado.

—Las bodas son complicadas.

Clara sonrió ligeramente.

—Eso dicen.

—Doscientos ochenta invitados.

—¿Doscientos ochenta?

—Victoria quería algo pequeño.

Clara soltó una carcajada.

—¿Eso es pequeño?

—En su familia, aparentemente sí.

La tensión desapareció un poco.

Alejandro sonrió.

—Mi madre quiere invitar a personas que no veo desde hace quince años.

—Es tu madre.

—Ese argumento utiliza ella.

—Porque funciona.

Alejandro negó con la cabeza.

Por unos segundos hablaron como dos personas normales.

No como jefe y empleada.

No como un hombre que iba a casarse y una mujer que llevaba años enamorada de él.

Simplemente dos personas.

Y quizá precisamente por eso Clara decidió terminar la conversación.

—Tengo que volver.

—Claro.

Caminó hacia la puerta.

—Clara.

Se giró.

Alejandro tenía algo en la mano.

Un sobre.

—Esto es para usted.

Clara regresó.

Lo cogió.

Era grueso.

Color marfil.

En el centro estaba escrito su nombre.

Clara Montes.

No necesitó abrirlo.

—¿La invitación?

—Sí.

Clara levantó los ojos.

—Pensaba que era una celebración familiar.

—También habrá algunas personas de la empresa.

—¿Elena?

—Sí.

—¿Marta?

Alejandro dudó.

—No lo sé.

Clara comprendió inmediatamente.

Aquello no era una invitación general.

—¿Por qué yo?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Alejandro sostuvo su mirada.

—Porque quiero que esté.

Silencio.

Clara sintió el corazón acelerarse.

Pero esta vez no permitió que aquella frase se convirtiera en otra cosa.

—Victoria sabe que me has invitado.

No fue una pregunta.

—Por supuesto.

Clara asintió.

Eso era importante.

Mucho.

—Entonces iré.

Alejandro pareció relajarse ligeramente.

—Bien.

Clara guardó el sobre en el bolso.




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