Demasiado Lejos De Ti

Capítulo 24 - La cena

Daniel llegó a las ocho y cincuenta y seis.

Clara miró el reloj.

—Cuatro minutos antes.

—He mejorado.

Llevaba una botella de vino en una mano.

Y flores en la otra.

Clara miró las flores.

—No.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué?

—Has traído flores.

—Sí.

—A mi madre.

—Sí.

—Eres un pelota.

—Absolutamente.

Elena apareció detrás.

—Déjalo entrar antes de insultarlo.

Daniel sonrió.

—Buenas noches.

—Tú debes de ser Daniel.

—Y usted Elena.

—De momento.

Daniel pareció desconcertado.

Clara se echó a reír.

—No intentes entenderla.

Daniel entregó las flores.

—Son para usted.

Elena las cogió.

—Gracias.

Miró la botella.

—¿Y eso?

—Clara dijo que le gustaba el Rioja.

Elena miró a su hija.

—¿Has estado dando información?

—Solo vino.

—Menos mal.

Daniel sonrió.

—También sé que hace una tortilla muy buena.

Elena entrecerró los ojos.

—¿Eso te ha dicho?

—Sí.

—Entonces quiere algo.

—Mamá.

—Pasa, Daniel.

La cena empezó bien.

Muy bien.

Demasiado bien, pensó Clara.

Daniel sabía conversar.

Escuchaba.

Preguntaba.

Hacía reír a Elena.

Le contó cómo había adoptado a Bruno.

Le habló de su trabajo.

De sus padres.

De un hermano que vivía en Valencia.

—¿Y tú qué haces exactamente? —preguntó Elena.

Daniel se lo explicó.

Clara observaba.

No sabía por qué estaba nerviosa.

Era ridículo.

No estaba presentando a un novio.

Ni siquiera sabía qué eran.

Pero quería que su madre lo aprobara.

Y eso la irritaba.

—¿Y Clara? —preguntó Elena.

Daniel la miró.

—¿Qué pasa con Clara?

—¿Qué te gusta de ella?

—Mamá.

—¿Qué?

—No.

Daniel sonrió.

—Puedo responder.

—No tienes que hacerlo.

—Quiero hacerlo.

Clara lo miró.

Daniel apoyó la copa.

—Me hace reír.

Elena asintió.

—Eso está bien.

—Y es lista.

—Eso ya lo sé.

—Mucho.

—También.

Clara cerró los ojos.

—Voy a irme.

Daniel sonrió.

—Y es difícil.

Elena levantó una ceja.

—¿Difícil?

—Sí.

Clara lo miró.

—Gracias.

—En el buen sentido.

—No sé si existe.

Daniel continuó.

—No hace lo que esperas que haga.

Elena dejó el tenedor.

—¿Y eso te gusta?

—Mucho.

Daniel miró a Clara.

—Me obliga a esforzarme.

Elena sostuvo su mirada unos segundos.

Después sonrió.

—Buena respuesta.

Clara respiró.

La conversación siguió.

Hasta que llegó el primer detalle.

Tan pequeño que Clara ni siquiera lo vio.

—¿Quieres más vino? —preguntó Elena.

Clara acercó la copa.

—Sí.

Daniel puso una mano sobre ella.

—No.

Clara lo miró.

Daniel sonrió.

—Luego tienes que madrugar.

—Mañana entro a las ocho.

—Precisamente.

Clara retiró la mano.

—Una copa más no va a matarme.

—Ya llevas dos.

Elena observó a Daniel.

Clara se rió.

—¿Las estás contando?

—Alguien tiene que hacerlo.

El tono era de broma.

Elena sirvió el vino.

—En mi casa las copas las cuento yo.

Daniel levantó las manos.

—Retiro lo dicho.

Todos rieron.

La conversación continuó.

Cinco minutos después nadie parecía recordar aquello.

Excepto Elena.

El segundo detalle llegó con el postre.

—El sábado podríamos ir a la exposición —dijo Daniel.

Clara negó con la cabeza.

—El sábado he quedado con Marta.

—¿Otra vez?

—¿Qué significa otra vez?

—Nada. Parece que estáis siempre juntas.

—Trabajamos juntas.

—Y quedáis fuera.

—Es mi amiga.

Daniel sonrió.

—Lo sé.

Clara cogió una cucharada de postre.

—Entonces?

—Nada.

—Has puesto cara.

—¿Qué cara?

Clara se echó a reír.

—Ahora resulta que todo el mundo tiene una cara.

—Yo no tengo ninguna.

Elena no dijo nada.

Daniel cambió de tema.

Después ayudó a recoger la mesa.

Insistió en llevar los platos.

Lavó incluso dos copas mientras Elena protestaba.

—Déjalo.

—No me cuesta nada.

—Eres invitado.

—Precisamente.

Clara apoyó la espalda contra la encimera.

—Mamá, creo que intenta que lo adoptes.

—Todavía no he decidido.

Daniel sonrió.

—Tengo referencias.

—¿De quién?

—Bruno.

Elena soltó una carcajada.

A las once y veinte, Daniel se puso la chaqueta.

—Me voy.

Elena lo acompañó a la puerta.

—Gracias por venir.

—Gracias por invitarme.

—La próxima trae al perro.

Daniel miró a Clara.

—¿Ves?

—No.

—Tu madre manda.

—En su casa.

Daniel sonrió.

—Buenas noches, Elena.

—Buenas noches.

Clara salió al rellano con él.

—¿Qué?

—¿Qué de qué?

—Mi madre.

—Me gusta.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Y tú a ella?

Daniel se acercó.

—Eso tendrás que preguntárselo.

—Cobarde.

—Mucho.

La besó.

Clara sonrió.

—Buenas noches.

Daniel la miró.

—¿Subes mañana a casa?

—Daniel.

—Pregunta inocente.

—Ya veremos.

—Eso me sirve.

Volvió a besarla.

Después bajó las escaleras.

Clara entró en casa.

Elena estaba recogiendo una copa.

—Bueno.

Clara cerró la puerta.

—Bueno qué.

—Nada.

—Mamá.

—Es agradable.

Clara sonrió.

—¿Solo agradable?

—Educado.

—¿Solo educado?

Elena dejó la copa.

—¿Quieres que te haga un informe?

—Sí.

—Me ha caído bien.

Clara sonrió.

—Vale.

Se dirigió hacia su habitación.




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