El viernes llegó demasiado rápido.
O demasiado despacio.
Clara no habría sabido decidir cuál de las dos cosas.
A las siete y veintitrés de la mañana estaba frente al espejo del baño con un pendiente en una mano y el otro ya puesto.
Se miró.
Se lo quitó.
Volvió a ponérselo.
—Es una cena.
Su reflejo no respondió.
—Una cena normal.
Nada.
—Con un amigo.
Aquello sonó todavía peor.
Se quitó los pendientes.
Los dejó sobre el lavabo.
Cinco segundos después volvió a cogerlos.
—Patética.
—¿Hablas conmigo?
La voz de su madre llegó desde el pasillo.
—No.
Elena apareció en la puerta todavía en bata.
La observó.
Después miró los pendientes.
Después volvió a mirarla.
—Ah.
Clara cerró los ojos.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Has dicho «ah».
—Es una vocal.
—En tu boca nunca es solo una vocal.
Elena sonrió y entró en el baño.
—¿Qué tienes esta noche?
—Una cena.
—Eso había deducido.
—Entonces ¿para qué preguntas?
—Porque soy tu madre.
—Argumento incontestable.
Elena se apoyó contra el marco de la puerta.
—¿Con quién?
Clara se colocó el segundo pendiente.
—Daniel.
Silencio.
Clara la miró a través del espejo.
—Puedes preguntar.
—¿Quién es Daniel?
—Un amigo.
—¿De dónde?
—Lo conocí hace poco.
—¿Es guapo?
Clara se giró.
—Mamá.
—¿Qué?
—Tengo treinta y cuatro años.
—Precisamente. Ya puedes responder preguntas difíciles.
Clara intentó contener la sonrisa.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Sí, es guapo.
Elena sonrió satisfecha.
—Bien.
—¿Bien?
—Prefiero que sea guapo.
—Eso es terriblemente superficial.
—Tengo sesenta años. Me he ganado el derecho.
Clara negó con la cabeza.
—No es una cita.
—Claro.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—Es mi cara.
—Pues cámbiala.
Elena se acercó y le colocó bien un mechón de pelo.
—¿Y él sabe que no es una cita?
Clara abrió la boca.
La cerró.
—Mamá.
—Pregunto.
—Buenos días.
—No me has respondido.
Clara salió del baño.
—Porque tengo que trabajar.
—Clara.
—Adiós.
—¡Ponte la blusa azul esta noche!
Clara se detuvo en mitad del pasillo.
—¿Qué blusa azul?
—La que sabes.
—No.
—Te queda muy bien.
—No.
—Entonces la negra.
—Me voy.
—¡Y perfume!
Clara cerró la puerta de casa riéndose.
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A las ocho y cuatro entró en Vidal Global.
Miguel estaba en recepción.
La vio acercarse.
—Viernes.
—Enhorabuena.
—Gracias.
Clara pasó la tarjeta.
—Hoy te vas temprano.
Se detuvo.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque es viernes.
—Otros viernes no me lo dices.
Miguel se encogió de hombros.
—Hoy tienes cara de irte temprano.
Clara lo señaló.
—Estáis todos muy raros.
—¿Todos quiénes?
—La humanidad.
Entró en el ascensor.
Esta vez estaba sola.
Perfecto.
Sacó el móvil.
Un mensaje de Daniel enviado hacía seis minutos.
Daniel:
Recordatorio contractual: esta noche está prohibido hablar de tu jefe.
Clara sonrió.
Clara:
Buenos días para ti también.
Daniel:
Eso no es una confirmación.
Clara:
Buenos días, Daniel.
Daniel:
Me preocupa tu capacidad para respetar acuerdos.
Clara:
Trabajo rodeada de abogados.
Daniel:
Eso explica muchas cosas.
Las puertas se abrieron.
Piso treinta y dos.
Clara guardó el móvil.
Marta ya estaba allí.
—Buenos días.
—Buenos días.
Marta levantó la vista.
La miró.
Volvió al ordenador.
Dos segundos.
Levantó otra vez la vista.
—¿Qué?
—Nada.
—Marta!.
—Estás muy mona.
Clara miró su ropa.
Pantalón negro.
Camisa blanca.
Americana.
Exactamente lo mismo que podía llevar cualquier otro día.
—Voy vestida como siempre.
—Ya.
—¿Entonces?
—Pendientes.
Clara se llevó automáticamente una mano a la oreja.
Marta sonrió.
—Te odio.
—¿Esta noche?
—No pienso hablar contigo.
—Daniel.
—Buenos días, Marta.
—Es Daniel.
Clara encendió el ordenador.
—Tengo correos.
—¿Dónde vais?
—No lo sé.
—¿A qué hora?
—Nueve.
—¿Te recoge?
—No.
—¿Vas a ir a casa antes?
Clara la miró.
—¿Quieres venir?
—Sí.
—Pues no.
Marta se echó a reír.
La puerta del despacho de Alejandro se abrió.
Las dos callaron.
Él apareció con una carpeta.
—Buenos días.
—Buenos días —respondieron.
Alejandro miró a Clara.
Solo un instante.
—¿Lisboa ha confirmado?
—Ayer a última hora.
—¿Y Londres?
—Once y media.
—Bien.
Dejó una carpeta sobre su mesa.
—Necesito esto antes de las doce.
—Lo tendrás.
Alejandro asintió.
Iba a entrar otra vez en el despacho cuando se detuvo.
—Ah, Clara.
—¿Sí?
—La cena de Jurídico finalmente será esta noche.
Ella frunció el ceño.
—Pensaba que ibas a cambiarla.
—No ha sido posible.
—Vale.
—No hace falta que vengas.
Clara lo miró.
—Ya te dije que no podía.
—Lo sé.
—Entonces perfecto.
Un segundo.
—Perfecto —repitió él.
Entró en su despacho.
Marta esperó exactamente tres segundos.
—¿Qué ha sido eso?
Clara siguió mirando la pantalla.
—Trabajo.