Demasiado Lejos De Ti

Capítulo 19 - El lunes después

El lunes, Clara llegó a Vidal Global a las siete y cincuenta y ocho.

Dos minutos antes de lo habitual.

Aquello la irritó.

Había pasado todo el domingo diciéndose que el viernes no había cambiado absolutamente nada.

Había cenado con Daniel.

Se lo había pasado bien.

Habían quedado en volver a verse.

Fin.

No había nada que analizar.

Nada que comparar.

Nada que llevar al piso treinta y dos el lunes por la mañana.

Y, sin embargo, llevaba despierta desde las seis.

—Buenos días.

Miguel levantó la vista desde recepción.

Clara pasó la tarjeta por el torno.

—Buenos días.

—¿Qué tal el viernes?

Se detuvo.

Giró lentamente la cabeza.

—¿Perdón?

Miguel sonrió.

—El viernes.

—¿Qué pasa con el viernes?

—Te dije que tenías cara de irte temprano.

—Miguel!.

—Clara!.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Tú sabes algo?

—¿Yo?

—Sí, tú.

—Trabajo en seguridad.

—Eso no responde.

—Precisamente.

Clara señaló hacia él.

—Algún día descubriré qué hacéis aquí abajo.

—Vigilar.

—Cotillear.

—También.

Clara negó con la cabeza y caminó hacia los ascensores.

—Buenos días.

—Ya lo has dicho.

Las puertas se cerraron.

Clara sonrió.

Sacó el móvil.

Tenía un mensaje de Daniel enviado a las siete y cuarenta y tres.

Daniel:

He sobrevivido al fin de semana.

Clara respondió.

Clara:

Enhorabuena.

La respuesta llegó inmediatamente.

Daniel:

Gracias. Ha sido duro.

Clara:

¿Algún síntoma preocupante?

Daniel:

Sí.

Clara esperó.

Daniel:

Quiero volver a verte.

Las puertas se abrieron.

Clara seguía mirando el teléfono.

—Buenos días.

Levantó la cabeza.

Alejandro estaba delante del ascensor.

Traje azul oscuro.

Corbata.

Carpeta en una mano.

Café en la otra.

Clara guardó el teléfono.

—Buenos días.

Él entró.

Ella salió.

Se cruzaron.

Nada más.

Pero justo antes de que las puertas se cerraran, Alejandro habló.

—Clara!.

Ella se giró.

Él mantuvo una mano entre las puertas.

—¿Tienes un minuto?

Clara miró el ascensor.

—Ahora mismo parece que tú tienes treinta y dos plantas.

Alejandro bajó la vista hacia el panel.

Como si acabara de recordar que estaba dentro de un ascensor.

—Cierto.

Clara sonrió.

—Cuando vuelvas.

Las puertas se cerraron.

Marta estaba observándola desde su mesa.

—No.

Clara dejó el bolso.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—¿Qué le pasa a mi cara?

—Que tienes una cara.

—Gran observación.

Marta se levantó.

—¿Cómo fue?

—¿El qué?

—Clara.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Solo bien?

Clara encendió el ordenador.

—Muy bien.

Marta abrió la boca.

—Hostia.

—¿Qué?

—Muy bien es mucho mejor que bien.

—Normalmente funciona así.

—¿Hubo beso?

Clara miró alrededor.

—¿Puedes bajar la voz?

—Eso significa que sí.

—No.

—¿No?

—No.

Marta pareció decepcionada.

—¿Entonces qué hicisteis hasta casi medianoche?

Clara dejó de escribir.

—¿Cómo sabes a qué hora terminó?

Marta se quedó quieta.

—Me lo dijiste.

—No.

—Seguro.

—No te he contado nada desde el viernes.

Marta pensó.

—Vale.

—Marta.

—Quizá hice una estimación.

—¿Basada en qué?

—En…

Marta miró hacia el techo.

—¿Alejandro?

Clara se giró completamente hacia ella.

—¿Qué tiene que ver Alejandro?

—Nada.

—Marta!.

—Vale. El viernes, cuando preguntó por ti, le dije que estabas cenando.

—Eso ya lo sé.

—Y después preguntó si sabía cuándo volverías a estar disponible.

Clara permaneció callada.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no tenía ni idea.

—¿Y?

—Nada.

—Marta!.

—Nada de verdad.

Clara la observó.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Entonces ¿de dónde has sacado lo de medianoche?

Marta sonrió.

—Instagram.

Clara parpadeó.

—¿Qué?

—Daniel subió una foto del restaurante.

—¿Sigues a Daniel?

—Desde el sábado.

Clara abrió la boca.

No encontró palabras.

—Eres una psicópata.

—Tengo curiosidad.

—¿Cómo has encontrado su Instagram?

—Sé cosas.

—Voy a pedir que te cambien de planta.

—No puedes vivir sin mí.

—Voy a intentarlo.

Marta volvió a sentarse.

—Por cierto, está bastante bueno.

Clara le lanzó un bolígrafo.

Marta lo esquivó riendo.

⸻

Alejandro regresó a las ocho y veintisiete.

Clara estaba revisando su agenda.

—Buenos días otra vez.

—Buenos días otra vez.

Él dejó la carpeta sobre su mesa.

—¿Tienes ese minuto?

—Cincuenta y ocho segundos.

Alejandro la miró.

—¿Por qué cincuenta y ocho?

—Has gastado dos preguntando.

Él sonrió.

—Ven.

Entraron en el despacho.

Alejandro cerró la puerta.

Clara se sentó frente a la mesa.

—¿Qué ocurre?

Él abrió una carpeta.

—Barcelona.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué pasa con Barcelona?

—Quieren adelantar la reunión del proyecto.

—¿A cuándo?

—Miércoles.

—Imposible.

—Eso he dicho.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Insisten.

Clara cogió la hoja que Alejandro le ofrecía.

—Tienes París el miércoles.

—Lo sé.

—Y la videoconferencia con Nueva York.

—También.

—Y Victoria.

Alejandro levantó la vista.

Clara señaló el calendario.




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