El Destino de la Estrella

Capítulo XL: El hilo del destino

Frente al espejo, Natalia ajustaba las correas de su armadura ligera. La superficie pulida le devolvía una figura erguida, firme, pero marcada por las huellas de un pasado que nunca terminaba de soltarla. Sus ojos se detuvieron en las cicatrices que surcaban su piel, algunas con bordes negros, recuerdos silenciosos de una batalla contra la oscuridad.

Por un instante, su reflejo pareció recordarle los ecos de un mundo al que había golpeado con su propia mano, pequeñas grietas de dolor que ella misma había abierto. No apartó la vista; se obligó a sostener su propio reflejo, buscando la fuerza para mirar de frente lo que estaba por venir.

Respiró hondo, bajó la mirada hacia la espada apoyada junto a ella y, con un gesto seco, se colocó el último broche de la armadura ligera. No era para pelear; era su coraza, la figura que mostraría al mundo y a Astrid: firme, impenetrable, cerrada.

Unas horas más tarde, apenas pasado el mediodía, Natalia descendía de nuevo a la mazmorra. El eco de sus pasos en la escalera de piedra marcaba el ritmo de su determinación. Su orgullo no toleraba la imagen de sí misma que había dejado escapar aquella mañana: vulnerable, casi quebrada. No. La Guardiana de la Sabiduría no lo sabía todo, y hoy se lo demostraría.

Al llegar, hizo un gesto seco para que los guardias se retiraran. Las bisagras del portón chirriaron y, cuando el silencio quedó dueño del lugar, Natalia se aproximó a la celda.

Astrid estaba sentada sobre el catre, con un trozo de pan en la mano y la boca llena. Alzó el rostro, y con un gesto exageradamente cortés, apretó labios y ojos, como si devolviera la burla antes de que Natalia la lanzara.

—Vaya… parece que ahora sí tienes hambre —dijo Natalia con un dejo burlón.

Astrid no contestó; su sonrisa hipócrita fue suficiente.

—Santo cielo… eres como una niña —añadió Natalia, arrastrando de nuevo la silla hacia el centro de la sala y sentándose. Se inclinó hacia adelante, dejando la capa caer por un costado—. ¿Qué edad tienes? ¿Quince? ¿Dieciséis?

La joven masticó despacio, sin mirarla, como si todo aquello no fuera digno de su atención. Natalia sintió una punzada de irritación. Tras tragar, Astrid respondió con una calma cortante:

—En unos días cumplo diecisiete. Eso… si no me lanzas al Pozo de la Luz antes.

Volvió a morder el pan sin darle importancia a la amenaza velada.

Natalia, midiendo sus palabras, habló con pausas venenosas:

—La Guardiana de la Sabiduría, Custodio del Conocimiento de Todos los Reinos, Protectora del Saber… y sin embargo, eres solo una niña en una celda diminuta.

Astrid siguió comiendo, como si cada bocado fuese más interesante que la voz de Natalia.

—¿Cómo es que una niña que apenas ha salido a ver el mundo se convierte en “Protectora del Saber de Todos los Reinos”?

Astrid se encogió levemente de hombros, se levantó del catre acercándose a la mesa y mojó un pedazo de pan en el tazón de gachas.

—Esto está muy bueno… debí probarlo antes, cuando aún estaba caliente —dijo sin mirarla.

Natalia arqueó una ceja, sorprendida por la falta de solemnidad.

—Qué bueno… que… te guste… —respondió, confusa.

—A veces —continuó Astrid, como si no hubiera escuchado—, somos lo que queremos ser. Otras… somos lo que el destino decide que seamos.

Tomó el tazón entre sus manos y olvidando cualquier resquicio de decoro elevo el tazón entre sus manos y sorbió la avena con lentitud insoportable, para luego levantar la vista hacia Natalia, atrapándola con la mirada.

—Tú, por ejemplo… tienes que salvar al mundo.

No había burla en su voz, ni ironía. Solo un tono tan firme que parecía sentencia. Natalia sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda al escuchar esas palabras. No sabía si aquello era una advertencia o una profecía.

—¿Salvar al mundo? —repitió Natalia, entornando los ojos—. ¿Qué sabes tú?

—¿No se trata de eso tu guerra? —respondió Astrid con voz serena—. ¿Acaso tu decreto de guerra contra las Sombras no es, en esencia, una promesa para salvar al mundo?

Natalia dio un trago seco sintiendo que su pulso se aceleraba. Astrid, sin apartar la vista, recitó palabra por palabra el último párrafo del decreto, con la cadencia de quien recita un juramento antiguo:

"Este decreto no nace del deseo de opresión, sino de la necesidad de preservar la vida, la paz y la integridad de nuestros pueblos. Cada acción tomada bajo su mandato busca proteger a los inocentes y mantener el equilibrio del mundo. Nada se hace por orgullo o por poder, sino por el bienestar de aquellos que aún pueden ser salvados."

Al terminar, dejó que las palabras flotaran en el aire, y repitió con suavidad:

—Proteger a los inocentes y mantener el equilibrio del mundo...

Natalia, sorprendida por la memoria de la joven, la interrumpió antes de que continuara:

—También dice que purgaremos la oscuridad con fuego y juicio. ¿No le temes al juicio del tribunal de Svet?



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En el texto hay: aventura, epico, elegidos

Editado: 20.09.2026

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